LITER@NET

*    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *
LA BESTIA DORMIDA

Fredric Brown

*    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *



 
 

Cuando dije que la clemencia se hallaba

dentro de los linderos del bosque,

me refería a la bestia compasiva, de garras

sanguinolentas y destructoras quijadas.

Lawrence P. Spingarn


 
 

CAPÍTULO PRIMERO - JOHN MEDLEY



Avanzada ya la mañana, hallé un hombre muerto en el patio interior de mi casa. Aunque me desperté a la hora acostumbrada, las ocho, no hice ese descubrimiento hasta unos minutos después de las once, porque no acerté a mirar por la ventana de atrás de la habitación hasta esa hora.

Mi casa, debiera quizá explicar, es pequeña. Es casi cuadrada y la habitación se extiende a lo largo de un lado de ella y tiene ventanas al frente y a la parte de atrás. Hay además una ventana que da a uno de los lados de la casa, pero no se utiliza y está cubierta con cortinas; las ventanas delanteras y las posteriores, son grandes y dan abundante luz. El otro lado de la casa tiene un cuarto de dormir en el frente, la cocina en la parte de atrás y un pequeño cuarto de baño entre las dos habitaciones.

La cocina, donde tomé el desayuno —un plato de cereales y varias tazas de café, bebidas lentamente mientras leía el Tucson Daily News—, tiene una puerta y una ventana que dan a la parte de atrás de la casa, pero la puerta no tiene cristales y la ventana es pequeña y está a cierta altura; y puesto que la mesa está junto a la pared y debajo de la ventana, nunca suelo mirar a través de esta última.

Abril es el mes más hermoso en Tucson. Un espléndido día de abril es algo maravilloso, y casi todos los días de abril son espléndidos. Después del desayuno me fui afuera y me coloqué junto a la puerta de entrada, aspirando el aire y el moderado calor, observando los blancos rastros de los grandes aviones de reacción, de seis motores, procedentes del campo Davis-Monthan. Dos de aquellas estelas estaban tan altas en el cielo que los aviones mismos eran casi invisibles. Otro avión, que acababa de despegar, volaba bajo mientras yo permanecía allí. Resultaba un espectáculo hermoso, aunque el rugido era considerable, y producía pavor cuando se pensaba en su significado.

No es que yo, verdaderamente, tema lo que eso significa.

¿O lo temo, acaso? Pero es que esos bruñidos monstruos me hacen sentir viejo, pues recuerdo otros tiempos, cuando era muchacho y el ruido de un avión nos hacía salir a todos corriendo de la casa para mirar hacia el cielo y contemplar aquella maravilla que era un aparato que desafiaba la ley de la gravedad: un pequeño biplano abierto, de gallera, con alas unidas por riostras y alambres, y precariamente propulsado por motor no mucho más potente que el de un coche.

Los que hacían volar aquellos aviones eran hombres para mi, entonces; los que hacen volar los aviones de reacción de nuestros días son muchachos, y eso me hace sentir aun más viejo, porque la diferencia no está en ellos sino en mí mismo. Los veo en un bar de Plumer Street al cual voy de cuando en cuando por las tardes; son buenos muchachos y son sociables, pero a los cincuenta y seis años debo parecerles un viejo decrépito.

Pero divago. El día era tan hermoso que resolví dejar el coche e irme andando la pequeña distancia que hay hasta Campbell, para hacer mis compras en el mercado Safeway de Broadway. No necesitaba comprar muchas cosas y podía llevarlas fácilmente. Era miércoles, y siempre hago las compras importantes el viernes, lo cual me permite. aprovechar las ventas especiales de fin de semana, y aún evitar las multitudes del sábado y el hacer cola en la caja.

Hice también algunas compras en la droguería, y regresé a casa aproximadamente a las diez. Después de eso..., pero estoy divagando de nuevo; baste decir que hice algunas tareas de la casa y que no acerté a mirar por la ventana posterior hasta las once o poco más. Luego vi al hombre que yacía allí.

Estaba tumbado de espaldas, con la cabeza ligeramente levantada, y reposaba sobre una de las gruesas raíces del olmo chino que está en el centro del patio. Yacía en posición natural; podía haber sido un vagabundo o un borracho que hubiera entrado en el patio quedándose dormido.

Pero cuando traspuse la puerta y me acerqué más, pude ver que estaba muerto. Tenía los ojos muy abiertos y miraba directamente el brillante sol de Arizona. No obstante, le desabroché la chaqueta y la camisa y metí la mano para asegurarme de que no le latía el corazón.

No tengo miedo a los cadáveres, al contrario de mucha gente a la cual les horrorizan. En otro tiempo, hace unos treinta años, trabajé con un empresario de pompas fúnebres y empecé a aprender el oficio. Sólo fueron unos meses, pero bastaron para vencer cuantos escrúpulos pudiera haber tenido al tratar con fríos restos mortales que en un tiempo fueron seres vivientes. Mi posterior decisión de escoger otra ocupación tuvo lugar cuando me di cuenta de que, si llegaba a ser empresario de pompas fúnebres con el tiempo, tendría que tratar con los afligidos deudos. Los muertos no sienten nada, pero me apenaba ver sufrir a aquellos que los lloraban.

No toqué más el cuerpo, ni siquiera para abotonar de nuevo la ropa. Aun cuando no había nada visible que indicara que la muerte no era natural, pensé que debía Informar a la policía, y sabía que a los guardianes del orden, si son como los de las novelas de misterio que ocasionalmente leo para distracción, no les gusta que se toquen los cuerpos sin vida hasta que ellos hayan tenido la oportunidad de examinarlos in situ.
 
 

No tengo teléfono, y por tanto no volví a entrar en mi casa. En vez de ello, atravesé los dos solares que separan mi propiedad de la de mi vecino más cercano, la señora Armstrong, una viuda que vive con su hija soltera. Aunque no hayamos llegado a ser amigos íntimos, vivimos en buena vecindad, y las pocas ocasiones en que he necesitado hacer alguna llamada me ha permitido usar su teléfono.

Sin duda estaba mirando por una ventana y debió haberme visto venir, pues abrió la puerta mientras me acercaba.

—Buenos días, señor Medley —exclamó. Era una mujer gruesa, con voz alegre y potente.

—Buenos días —dije—. ¿Puedo usar su teléfono un momento?

—Ciertamente —respondió ella, retrocediendo para dejarme entrar—. Y después tomará usted una taza de café conmigo, ¿verdad? Precisamente ahora estaba pensando en calentarlo para tomarme una taza.

—Gracias —dije—, pero me temo que debo regresar a casa tan pronto como haya terminado de hablar. Es para la policía, y querrán que yo esté allí aguardándoles cuando lleguen.

—Cuando lleguen... ¿Quiere usted decir que ha ocurrido algo grave, señor Medley?

—En cierto modo —dije, mientras buscaba el número de la policía entre los de urgencia de la primera página de la guía telefónica—. Si me perdona un momento, se lo explicaré cuando haya hecho la llamada.

Pero, por supuesto, cuando colgué el auricular, no tuve que explicar nada; ella oyó lo que había comunicado a la policía: que había un hombre muerto en el patio de mi casa; un desconocido al que acababa de encontrar allí. También di mi nombre y dirección, naturalmente. “Quédese en casa, señor Medley, por favor. Estaremos ahí inmediatamente. Y no toque nada”, me dijeron.

Cuando dejé el teléfono y me levanté, la señora Armstrong me miraba con ojos asombrados.

—¿Está usted seguro...?

—Por supuesto que lo estoy —dije secamente-... No creerá usted que pretendo burlarme de la policía, tratándose de semejante asunto. A ellos no les gustaría.

—Perdone..., no quería decir eso, señor Medley. ¿Dónde está el cuerpo?

—Tumbado bajo el árbol que está en el centro del patio interior: el olmo chino.

—Pero..., ¿cómo murió?

—No lo sé. El alcoholismo agudo pudo haber sido una de las causas. Eso explicarla que el hombre se hubiera desviado del camino habitual. Gracias por permitirme usar su teléfono, señora Armstrong. Más vale que regrese pronto; si pasan el aviso a un coche patrulla, pueden estar aquí en pocos minutos.

Ella salió detrás de mí y permaneció junto a la puerta mirando con atención hacia el árbol. Pero el cuerpo no era visible desde allí a causa del seto de alheñas que rodeaba el patio.

Regresé por el mismo camino que había tomado antes, cruzando los solares y atravesando la abertura del seto, pero no me aproximé nuevamente al cadáver. Entré en la casa, me dirigí a la ventana delantera y me dispuse a esperar.

Aún no habían transcurrido cinco minutos, cuando un coche se detenía en la orilla de la acera y dos hombres con uniforme salieron y avanzaron rápidamente hacia la puerta de entrada. Los recibí allí y dejé la puerta abierta.

—¿El señor Medley? ¿Ha telefoneado usted...?

—Ciertamente —dije—. Por aquí, señores: en el patio interior.

Los conduje a través del pasaje interior, pero esperé junto a la puerta trasera mientras se aproximaban al cuerpo inmóvil y se inclinaban sobre él. Uno de ellos repitió mi gesto y palpó el pecho para ver si el corazón latía aún.

—Está bien muerto, Hank. Creo que debiéramos telefonear en seguida, ¿no crees?

El más alto y que parecía ser el mayor de los dos se enderezó. Ambos eran muy jóvenes: no tenían aún treinta años.

—No importará si tardamos unos minutos —dijo—. Comprueba si lleva encima alguna tarjeta o documento, así podré informar cuando llamemos.

Mientras el más joven buscaba en los bolsillos, el otro se volvió hacia mí.

—¿Dijo usted por teléfono que no conoce a este hombre, señor?

—Es cierto —contesté.

—¿Tiene usted alguna idea de cómo llegó hasta aquí?

—Ninguna —repuse, y estaba a punto de explicar el motivo por el cual yo no había examinado el patio interior hasta poco antes de haber telefoneado, cuando el más joven manifestó:

—No lleva cartera, ni dinero, ni documentos; sólo un pañuelo, cigarrillos y cerillas, eso es todo.

—No te quedes ahí parado —dijo el otro—. Oye, Phil, no lo muevas; sólo levántale un poco la cabeza y palpa la parte de atrás de la misma. Si le robaron, tal vez le han golpeado —y se unió al otro-. Espera, te echaré una mano.

Sus cuerpos me impidieron ver nada, pero unos segundos después oí decir al que se llamaba Hank:

—¡Oh, mira esto! —Los dos se enderezaron.

—¿Le han golpeado? —pregunté.

—Un orificio de una bala —declaró Hank—. Y eso requiere que el asunto tenga que ser investigado por otros. ¿Puedo usar su teléfono?

Les expliqué que no lo tenía y que había usado el de una vecina, y señalé la casa, comprobando entonces que la señora Armstrong estaba todavía en la puerta, mirando con atención.

—Nuestro coche está más cerca —dijo Hank—. Vete tú, Phil. Yo me quedaré aquí.

El llamado Phil rodeó la casa, yendo hacia su coche.

El otro me indicó:

—Pase usted adentro, por favor. Debe permanecer aquí.

Puesto que no parecía haber nada más en lo que pudiera ayudar, pasé al interior de la casa. Era evidente que, ahora que aquello parecía ser un asesinato, los policías ya no tenían que hacerme más preguntas. Fueron enviados a raíz de mi llamada para comprobar que realmente había un cadáver en el patio de mi casa, pero ahora su misión había terminado. La investigación del asunto pasaría al departamento de homicidios, siempre que la ciudad de Tucson fuera lo suficiente importante como para tenerlo, o bien se encargaría de ello la policía secreta, como sucedió, en efecto.

Ya en mi cuarto me sentí lleno de confusión, preguntándome qué haría hasta que llegaran los agentes. Seguramente vendrían pronto y sin duda alguna iban a hacerme muchas más preguntas que los dos patrulleros.

Por lo general, a esa hora del día suelo ponerme cómodo y leo un rato o escucho música. Tengo una excelente colección de discos y una instalación fonográfica “high-fidelity”, con altavoces en los dos extremos de la habitación. No sentía deseos de leer y me preguntaba si, en aquellas circunstancias, estaría bien que pusiese un disco o dos. Resolví hacerlo aunque manteniendo bajo el volumen.

Pero no bien el disco había empezado a girar, cuando llegó un automóvil y salieron de él dos hombres que no tenían mucho aspecto de policías, aunque debían serlo, presumí yo. Fueron hacia el agente uniformado que estaba esperando en el coche y hablaron con él un momento; luego avanzaron hacia la casa.

Uno de ellos era de mediana estatura y moreno; parecía sudamericano o mejicano y llevaba un traje de gabardina color canela. El otro tenía aspecto de sajón y era más alto y más delgado. No vestía tan elegante como el otro, pero tampoco iba desaliñado, y aunque llevaba sombrero —los dos tenían sombrero de fieltro—, podía verse que su cabello era de color rojizo.

Desde la ventana me dirigí hacia la puerta de entrada para abrirla, pero cuando lo hice, ellos ya rodeaban la casa, dirigiéndose hacia la parte de atrás. Tal vez pensaban que yo estaba todavía en el patio, o quizá no les interesaba por ahora, y deseaban examinar primero el cuerpo. Pero yo sí tenía interés por hablar con ellos y comprobar de qué manera empezarían la investigación; por tanto, me dirigí a la puerta trasera y salí de nuevo al exterior.

Estaban hablando con el agente de uniforme junto al cuerpo inerte, y uno de ellos, el mejicano (visto de más cerca, comprobé que era de ascendencia mejicana y no sudamericana), ordenó al agente que se fuera y así lo hizo él. Cuando pasaba a mi lado me saludó con un movimiento de cabeza y dijo muy cortésmente: “Adiós, Medley”.

Eso hizo que los otros se volvieran y mirasen hacia mí; entonces me acerqué a ellos y me presenté:

—Soy John Medley. Hallé el cadáver y llamé por teléfono. Supongo que querrán hacerme algunas preguntas.

—Ciertamente, señor Medley —era el mejicano quien hablaba—. Pero no hay prisa..., necesitamos hacer algunas cosas por aquí antes de que llegue el forense, el cual está en camino ahora.

Luego se dirigió a su compañero:

—Más vale que saquemos algunas fotos antes de tocarlo, Red. ¿Quiere traer la cámara?

—En seguida. —Y el hombre al que había llamado Red se dirigió rápidamente hacia la calle.

—¿Prefiere usted que me retire —pregunté—, o no le importa que observe desde aquí?

—Está bien ahí, pero no se acerque más. A propósito, me llamo Ramos, Frank Ramos. Mi compañero es Fern Cahan. Fern es un nombre raro para una persona, pero no importa, porque todos lo llaman Red.

—Es lógico —afirmé.

—Señor Medley, usted dijo a los muchachos que desconocía a este hombre. ¿Está realmente seguro de eso? ¿Ha mirado usted de cerca, con la debida atención, este rostro?

—Desde luego —repuse, y expliqué cómo me había inclinado para palpar en el interior de la camisa del hombre, y asegurarme de que estaba muerto, aunque no había tocado nada más.

Red Cahan volvió con una cámara, una “Graflex” bastante grande, como las que usan los fotógrafos de los Periódicos, aunque aquélla era vieja, Retrocedí un poco más para no interponerme mientras sacaban media docena de instantáneas desde varios ángulos.

—Creo que es bastante, Red —dijo Ramos—. Parece que ahí llega el coche. —Escuchó un momento, y luego afirmó—: En efecto. Bien, creo que esas son todas las instantáneas que necesitamos. Vamos, Red, ponga la cámara dentro del coche mientras habla con el médico. Nos veremos dentro de unos minutos, señor Medley.

Rodearon la casa los dos juntos, y yo pasé adentro otra vez porque el sol resultaba ya muy molesto y no llevaba sombrero.

El disco que había puesto antes se había terminado y me perdí la mayor parte de él. Lo empecé nuevamente, pensando que ellos estarían ocupados durante un buen rato todavía.

Poco después, llamaron a la puerta de atrás y me dirigí a abrirla, dejando entrar a Frank Ramos.

—Red va a echar una mano a los muchachos —dijo— y luego inspeccionará el patio; vendrá pronto. Oiga, ese fonógrafo tiene un sonido magnífico ¿Es de “alta fidelidad”?

Asentí con la cabeza:

—Creí que ustedes tardarían más; lo desconectaré.

—No lo haga, por favor. Déjelo hasta que llegue Red. Me gusta.

—Es Berlioz —dije—. Héctor Berlioz, uno de los compositores más grandes, aunque poco comprendido Creo que la mayoría de la gente lo considera como moderno porque se adelantó mucho a su época. Cuando en 1830 compuso lo que estamos oyendo ahora, la Symphony Fantastique, Beethoven había muerto hacía sólo tres años, y Wagner no había cumplido los dieciocho. En cuanto a Richard Strauss, tenía sólo cinco años cuando murió Berlioz en 1859.

—Es una música deliciosa.

—¿Qué quiso usted dar a entender cuando dijo que su compañero estaba inspeccionando el patio?

—Que busca huellas, señales de tacones, cosas por el estilo. Red tiene más de guardabosques que yo; por tanto, dejo que él se ocupe de las cosas externas. El verá detalles que se me escaparían a mi... si es que hay algo que ver, que dudo que lo haya.

—El terreno está muy duro —dije-. No he regado desde hace cuatro..., no, cinco días.

—Aun cuando usted hubiera regado ayer, la tierra se seca tan aprisa aquí, que dudo que hubiera algo. Bien, he aquí a Red. Más vale que quite usted la música mientras hablamos Lo haré entrar.

Desconecté el fonógrafo.

—Nada, Frank —Red empezó a decir a su compañero—. La tierra está dura como el cemento, es terrible. Un poste de la valla que va a lo largo de la calle está roto, pero parece que ocurrió mucho antes de anoche.

—En efecto —confirmé— Yo mismo no sé cómo sucedió, pero lo noté anteayer. ¿Puedo ofrecerles café, caballeros? ¿O un vaso de vino, si no les parece demasiado temprano? Tengo jerez seco muy bueno.

—No, gracias —contestó Ramos—. Siéntese, por favor, y nosotros lo haremos también. Aunque, aparentemente esto no tiene nada que ver con el crimen, ¿le importaría darnos algunos datos sobre usted mismo, señor Medley? El tiempo que lleva usted viviendo aquí, sus ocupaciones, cosas por el estilo.

—Con mucho gusto —respondí. Hace seis..., no, seis años y medio, que estoy en Tucson, aquí, en esta casa, para más detalles; la compré un mes después de haber llegado.

—¿Trabaja usted en algo? ¿O está usted retirado?

—Estoy retirado —contesté—, aunque poseo algunas propiedades en los alrededores de la población y ocasionalmente compro o vendo otras.

—¿Estaba usted en el negocio de bienes inmuebles antes de venir aquí?

—En cierto modo; ejercía mis actividades independientemente, no como agente. También me he dedicado a otros asuntos.

—Y llegó usted aquí procedente de...

—Chicago. Tenía cincuenta años, entonces. Demasiado joven para retirarme, quizá, pero padecía de artritis, de la que, afortunadamente el clima de aquí me ha librado casi por completo. Y puesto que podía permitírmelo, siempre que viviera modestamente, como lo hago, me retiré de los negocios, con las excepciones señaladas.

—Comprendo. Creo que usted vive solo aquí. ¿Puedo preguntarle si es soltero o viudo.

—Soltero.

—¿Nació en Chicago?

—No, en Cincinnati. He vivido en varios lugares, sin embargo, pero siempre en el Oeste Medio, hasta que me vine aquí.

—Ya entiendo —asintió Ramos. Parecía hablar por los dos, por él y por su compañero... Bien, eso nos proporciona una descripción bastante buena de usted, señor Medley. Ahora veamos acerca de esta mañana. Usted halló el cuerpo aproximadamente a las once. ¿A qué hora se levantó?

—A las ocho. —Y expliqué lo que había hecho durante la mañana y cómo sucedió que no descubriera el cadáver más pronto. Mientras yo estaba hablando, Ramos se levantó y se dirigió a la puerta de la cocina, evidentemente para comprobar lo que yo acababa de decir acerca de la imposibilidad de ver el patio desde la ventana de dicha cocina.

Retrocedió, quedándose apoyado contra el marco de la puerta. Sonreía, y su rostro atezado resultaba agradable cuando sus blancos dientes brillaban.

—¿Y ayer por la tarde? —preguntó.

—Me quedé en casa. Pasé la tarde leyendo y escuchando música. Me acosté poco antes de la medianoche.

—¿Y durmió todo el tiempo? ¿No oyó nada?

—Dormí tan bien como de costumbre, profundamente, y no recuerdo haber oído nada fuera de lo corriente. Supongo que usted se refiere al ruido de un disparo; pues no, no recuerdo haber oído ninguno.

Ramos frunció el ceño.

—Seguramente usted se acordaría, de haberlo escuchado.

—Si me hubiera parecido un disparo, por supuesto; pero de haberlo considerado como el simple estampido de un motor, tal vez no le hubiera prestado atención. ¿Cree usted que lo mataron ahí en el patio, donde lo hallé?

—Es demasiado pronto para estar seguros de nada. Pero haga el favor, piense cuidadosamente ¿No vio ni oyó nada insólito ayer tarde o por la noche?

—Nada, señor Ramos; pero referente al disparo..., suponiendo que hubiera sido hecho ahí en el patio, hay un motivo por el cual yo pude no haberlo oído.

—¿Cuál?

—Los aviones de reacción. Cuando despegan del campo en esta dirección, vuelan bastante bajo al pasar sobre este lugar, y hacen mucho ruido. Si se hizo el disparo mientras uno de ellos pasaba justamente por encima..., pues, no creo que lo hubiera oído.

—Es posible. ¿Tiene usted armas de fuego, señor Medley?

—Un revólver —contesté—. Lo compré cuando vine a vivir aquí. Esta casa estaba mucho más aislada entonces de lo que está ahora... Usted sabe con qué rapidez se está edificando en Tucson, y no lejos se halla la vía del Southern Pacilla: pensé en los vagabundos.

—¿De qué calibre es el revólver?

—Creo que es un treinta y dos. No entiendo mucho de armas. Lo compré usado, en una de esas tiendas de artículos de segunda mano en Congress Street, en la parte baja de la ciudad.

—¿Podemos examinarlo?

—Ciertamente —afirmé. Me dirigí al escritorio y lo saqué del segundo cajón. Cahan, el pelirrojo, me había seguido a través de la habitación, de modo que se lo entregué a él. Es un pequeño revólver niquelado de un cañón relativamente corto.

Hizo girar expertamente el cilindro, echó las balas en la palma de la mano y luego las puso sobre el papel secante del escritorio; después se dirigió a la ventana delantera y levantó el arma para examinar el cañón.

—Si quiere llevárselo para revisarlo, puede hacerlo —dije—. Comprobará que no ha sido disparado recientemente. Hace cinco años que no lo uso, en realidad.

—Eso veo —dijo Cahan—. Está bastante oxidado, señor Medley. No, no necesitamos llevárnoslo. —Retrocedió y lo puso sobre el escritorio, junto a las balas—. Sugeriría que limpie bien el cañón, antes de cargarlo de nuevo; o mejor aún, llévelo a un armero y procure que le hagan un buen trabajo.

—Por lo que usted ha dicho, entiendo que disparó con él hace cinco años —dijo Ramos—. ¿Como simple ejercicio o tenía usted una necesidad de hacerlo?

—Me vi obligado a ello, siento decirlo —manifesté—. Entonces tenía yo un cachorro de seis meses, de perro pastor de Escocia, y alguien lo envenenó. Entonces fui corriendo todo el camino hasta Broadway, en busca de un teléfono, y llamé a un veterinario; pero cuando llegué a casa..., el pobre animal estaba en una agonía tan terrible, que...

Cahan hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Observé una pequeña cruz de madera, ya descolorida, en un ángulo del patio. ¿Lo enterró usted allí?

—Sí —afirmé—. Sentimentalismo, pero llegué a tomarle cariño al perro y no quería que fuese a parar a la basura. Es el único perro que tuve jamás y nunca tendré otro. Es posible que el envenenador sea alguien que vive por estos alrededores.

—Los que envenenan a los perros son ciertamente unos desalmados —observó Cahan, y luego, dirigiéndose a Ramos, dijo:

—Bien, Frank, ¿tiene usted que hacer más preguntas?

—Sólo una —declaró Ramos—. Señor Medley, ¿el nombre Stiffler significa algo para usted? Kurt Stiffler.

Moví la cabeza lentamente.

—No. Es decir, no conozco a nadie de ese nombre, pero me es vagamente familiar, como si lo hubiera visto u oído en alguna parte anteriormente..., y hace poco, me parece.

—Salió en los periódicos.

—Debo de haberlo leído, entonces —dije— Pero no recuerdo dónde.

—Bien, eso es todo, señor Medley. Es decir, por ahora. Me temo que uno de los dos tendrá que venir otra vez, para hacer muchas más preguntas cuando tengamos el informe del médico y se haya identificado el cuerpo.

—Vuelvan cuando gusten —respondí—, pero no esta noche. Es mi noche del club de ajedrez.

Les seguí hacia la puerta.

—Referente al perro —dije—, debiera haber añadido algo: El veterinario llegó aquí poco después y le hice examinar al perro para asegurarse de que había sido veneno, y no otra cosa. Dijo que, en efecto, le habían envenenado y que hice bien matándolo, porque él no hubiera podido salvarlo.

Ramos sonrió.

—No estábamos pensando en acusarle de asesinato, señor Medley. A propósito, usted se equivocó en una cosa.

—¿En qué?

—La fecha de la muerte de Berlioz Murió en el sesenta y nueve, no en el cincuenta y nueve, y Richard Strauss hubiera tenido cinco años entonces, porque nació en 1864.

Tuve que sonreír por la elegante manera con que me había devuelto la pelota por alardear de mis conocimientos de los compositores.

—Debe de tener una memoria eidográfica, señor Ramos. Y sin duda posee usted el mismo disco de la Fantastique que yo tengo, y donde se mencionan todas esas fechas.

—Ha acertarlo usted. Bien, no proyectará hacer ningún viaje fuera de la ciudad, ¿verdad, señor?

—No.

—Perfectamente Es probable que no le veamos entonces basta mañana; pero me temo que vengan periodistas aquí esta misma tarde.

Estreché la mano a los dos y permanecí observando hasta que entraron en su coche y se alejaron.

Luego vino la reacción y empecé a temblar. Cerré la puerta y me acerqué a una silla, dejándome caer en ella. Me cubrí el rostro con las manos y, cerrando los ojos, dejé que la oscuridad aplacara mi mente hasta que de nuevo pude pensar claramente.

Frecuentemente tengo reacciones parecidas. Pero en esta ocasión había sido diferente de las otras, porque por vez primera había tenido que descubrir yo mismo el cadáver y hacer frente a la policía, y sabiendo desde el mismo momento del asesinato que las cosas resultarían así, permanecí tranquilo.

Desde que me levanté por la mañana, había representado aquel papel en mi mente con tanta eficacia como represente mis actos. Había llegado a olvidar, casi por completo que el cadáver estaba allí, hasta que llegó la hora precisa en que yo mismo debía encontrarlo.

Todo permaneció en suspenso hasta aquel momento, en que la policía acababa de marcharse.

Ahora había llegado la hora del sufrimiento, y yo sufría.

Cuando estuve lo suficientemente tranquilo, recé. Una y otra vez pregunte a Dios por qué Él pedía tanto de mí. Yo no lo sabía. Él es justo y misericordioso. Exige mucho, pero algún día apartará de mí la marca de la bestia, y entonces seré libre. Y sobre mí descenderá su misericordia.
 
 
 
 

CAPÍTULO II - FERN CAHAN
 
 

—¿Qué le parece el viejo pájaro? —pregunté a Frank mientras él empuñaba el volante y nos dirigíamos rápidamente hacia Broadway.

—No me fiaría de él ni un pelo, Red. ¿Qué opina usted?

—Creo que es sincero. Un poco raro, quizá... ¿O raro no es la palabra adecuada? ¿Cuál será?

—¿Excéntrico?

—Eso es, enciclopedia ambulante. Un tipo de la edad de él, soltero... Bien, creo que tiene derecho a ser un poco excéntrico.

—¿Qué le hace creer que es soltero?—preguntó Frank.

—¡Cómo! Usted le preguntó si era viudo o soltero, ¿no es así? Y él se lo dijo.

—¿Cree usted todo lo que le dicen, Red?

—Tonterías —dije—. ¿Por qué se habría molestado en mentir sobre una cosa así?

—Quizá asesinó a su esposa. ¿Cree usted que todos los solteros son excéntricos, Red?

El pensaba que me había chasqueado, porque soy soltero.

—Tengo lo mío —repliqué—. Oiga, ¿qué era ese galimatías sobre Berli...? ¿Cómo se llamaba? No lo entendí. ¿Me perdí algo bueno?

—No mucho. El puso un disco mientras usted estaba echando una mano al médico junto al cadáver, y él alardeé un poco. Yo le devolví la pelota, eso fue todo.

—¿Qué es una memoria eidográfica Frank?

—Aproximadamente la clase de memoria que yo tengo.

—¡Váyase al diablo, erudito bastardo! —exclamé.

—Cállese, no me llame erudito bastardo.

—Pero lo es.

—Indudablemente lo soy, pero le sienta a usted mal, condenado vaquero de Texas, usar una palabra como erudito, porque no está en su vocabulario. Sin duda, oyó a alguien llamarme eso, se le pegó y ni siquiera está seguro de lo que significa. Llámeme ingenioso bastardo, si quiere.

—Está bien, lo llamaré así. Oiga, Frank, había muchísimas preguntas que usted pudo hacerle y no lo hizo. ¿A qué se debe?

—¿Por qué hacerlas cuando sabemos tan poco? Esperemos a que el médico forense haga su informe y se haya averiguado la identidad. Y si es Stiffler, veremos si se puede averiguar algo acerca de lo que hizo ayer tarde o por la noche. Luego estaremos preparados para contender otra vez con Medley. Y duramente.

—Al diablo —dije—... Medley no tiene nada que ver en ello. ¿Por qué iba a dejar al tipo en su propio patio cuando tiene coche?

—No lo sé —replicó Frank.

—¿Y qué posible relación hay entre él y Kurt Stiffler?

—Tampoco lo sé —dijo Frank—.. Ya se lo he explicado, Red, no estoy seguro de que sea Stiffler. Lo vi sólo una vez, apenas unos minutos, y de lejos. Ese va a ser nuestro primer trabajo, conseguir una identificación digna de crédito.

—¿Ahora?

—¡Al diablo! Vamos a comer primero. Es más de la una. ¿Le apetece la pizza?

—Desde luego —afirmé. Eso es una cosa que debo a Frank Ramos; él me hizo conocer la pizza. Nunca había oído hablar de ello hasta que me junté con él.

Íbamos avanzando hacia Broadway acercándonos al parque. Yo conocía ya el sitio: estaba justamente en la esquina. Él situó el coche en la zona de aparcamiento. Entramos y cogimos una mesa. Vino la camarera y pedimos dos pizzas, una de anchoas y otra de salchichas. Siempre pedimos clases diferentes y luego lo repartimos.

La camarera se fue y yo observé pensativo el lugar.

—Vuelva de su ensimismamiento Red—dijo Frank—. Uno de nosotros deberá telefonear al médico mientras esperamos.

—Telefonee usted —repliqué—. Así no tendré que volver a reconcentrarme luego. Mi pensamiento estaba perfectamente donde estaba.

—Tonterías Lo echaremos a cara o cruz —dijo él. Sacó una moneda y la lanzó. Yo dije cara y salió cruz.

Fui al teléfono y marcó el numero del doctor Raeburn.

—Soy Red Cahan, doctor —dije— ¿Qué ha averiguado?

—Poca cosa. Acabo de llegar del depósito de cadáveres. He examinado el cuerpo exteriormente, pero no puedo efectuar la autopsia hasta que no se obtenga la orden correspondiente.

—Si se la conseguimos en seguida, ¿puede usted hacerlo hoy?

—Desde luego. Pero escuche, Red, Sugiero que procedan antes a identificarlo, si es posible. Pues cuando explore el cráneo en busca de la bala, tendré que separar una buena extensión de hueso. Va a ser mucho más fácil si ustedes logran primero identificarlo.

—Está bien, doctor. Tal vez podamos conseguir rápidamente la identificación, si Frank no se equivoca; cree conocer al individuo Pero, en caso contrario, ¿qué puede usted comunicarnos ahora?

—¿Quieren ustedes una descripción, estatura, peso, edad y demás?

—Eso bastará hasta que sepamos si Frank tiene razón o no. ¿Que me puede decir acerca de la hora en que se produjo la muerte?

—De un modo muy aproximado yo diría que murió no antes de las doce, ni después de las seis.

—Eso situaría el crimen entre la medianoche y las seis de la mañana. Es poco preciso.

—Ciertamente. Para saberlo con mayor exactitud, hay que averiguar el grado de digestión del contenido del estómago, es decir efectuar la autopsia. ¿Alguna otra cosa?

—¿No hay ninguna duda sobre la causa de la muerte?

—El orificio de bala es la única señal que hay en el cuerpo. Yo diría que era un proyectil de pequeño calibre, probablemente un veintidós. La bala fue disparada de cerca..., a una distancia de sólo unas pulgadas del cuerpo. Y el revólver era pequeño.

—¿Por qué un revólver pequeño?

—No traspasó el cuerpo. Una pistola o revólver potentes lo habrían atravesado, incluso con una bala de pequeño calibre. Hasta una bala de rifle, del veintidós, disparada por un cañón de seis pulgadas, pudo hacerlo.

—¿Y usted sigue creyendo, doctor, como dijo en el patio, que lo mataron donde fue hallado y que permanecía tendido en la misma posición en que quedó al caer?

—No hable por mí,. Red. Yo no dije eso. Sólo afirmé que pudo haber sido de ese modo. No había mucha sangre sobre la raíz, debajo de la cabeza, pero algo había, y una herida así no suele sangrar mucho. Por otra parte, el hombre bien pudo haber caído del modo en que yacía.

—Perfectamente doctor —y afirmé festivamente—: Vigílelo y no deje que se le escape.

Cuando regresé a la mesa nuestras pizzas acababan de llegar; por tanto, dije sólo:

—Nada de particular —y empecé a comer.

Luego, durante el café, detallé a Frank lo que el doctor Raeburn me había comunicado

—Bien —indicó—, necesitamos el resultado de esa autopsia; por tanto, trataremos de conseguir rápidamente la identificación. Pero el jefe querrá saber lo que estamos haciendo, así que más vale que le telefoneemos. Yo lo haré.

—¿Tenemos tiempo para otra taza de café?

—Creo que sí. Probablemente estaremos trabajando toda la tarde, pero hay que pedirlo en seguida. Ocúpese de eso mientras telefoneo.

Lo hice y discutí un poco con la camarera, pero logré que lo trajera sin tardanza.

—Perfectamente —dijo Frank cuando volvió—. Tenemos que investigar lo de Stiffler, y hasta vamos a tener ayuda. Jay no estaba haciendo nada; por tanto, el jefe ha dicho que lo pondría a trabajar; se encargará de obtener informes sobre Medley.

Me limité a hacer una señal afirmativa con la cabeza. Frank agitó su café durante un minuto y luego me miró.

—Red, ¿echó usted un vistazo en el sitio donde Medley dijo que había enterrado el perro?

—En efecto; examiné todo el patio. ¿Por qué?

—Se me ocurre algo: Si yo quisiera enterrar un revólver y hubiese leído a Poe, pondría una pequeña cruz blanca en el sitio donde lo enterrase, así nadie intentaría excavar allí.

—No creo que Medley haya hecho eso —manifesté —. Esa fosa ha sido cavada hace mucho tiempo. Frank, creo se equívoca respecto a ese viejo pájaro.

—Puede ser. ¿Pero usted se figura que él no tiene bastante valor como para transportar un cadáver desde su casa hasta el patio?

—Creo que sí. Pero en tal caso, me parece más lógico que lo hubiera llevado en su coche abandonándole en las vías del ferrocarril o en cualquier otra parte, y no dejarlo en el patio de su propia casa. ¿Por qué iba hacer eso?

El no me contestó. Pagamos la cuenta y nos dirigimos al coche. Siempre conducimos por turno y ahora era el mío; por lo tanto, pregunté:

—¿A dónde, Frank?

—East Burke Street, cuarenta y cuatro. No sé si Stiffler seguirá viviendo allí, pero esa era la dirección de la familia cuando ocurrió el accidente.

—¿Se la dio el jefe?

—Estaba en el periódico.

—Increíble, Frank —afirmó—. ¿Quiere usted decir que leyó la noticia de un accidente hace dos semanas, y aun recuerda la calle y el número?

—No tengo tan buena memoria, Red. Acerté a recordarla por un motivo: Hace poco más de un año, antes de que empezáramos a actuar juntos, trabajé en un caso de homicidio, muy sucio, en East Burke, cuarenta y tres. Recordaba esa dirección; bien sabe Dios que la recuerdo, y cuando estaba leyendo la información sobre el asunto de Stiffler, comprobé que ellos viven justamente al otro lado de la calle.

Una cosa diré de Frank: inteligente y dinámico como es, nunca acepta alabanzas que él no cree merecer. Solemos llevarnos muy bien.

Llegué a Burke Street en sólo ocho minutos.

Es una barriada muy antigua; no precisamente un barrio bajo, pero tampoco le falta demasiado para llegar a serlo.

El cuarenta y cuatro era una casa de madera, de dos pisos, sin jardín. Hay una destartalada tienda de comestibles en frente. Tiene una entrada lateral que conduce a los apartamentos superiores.

Había una docena de buzones en el oscuro y sucio pasillo; algunos llevaban nombres y el del buzón numero seis era Stiffler.

Subimos la desvencijada escalera y buscamos la puerta numero seis. Llamé y permanecimos allí esperando.

No contestaron. Pero si Frank estaba en lo cierto, era lógico que no contestaran. Resultaba penoso considerar que hacia sólo dos semanas cinco personas vivían tras esa puerta y ahora por lo menos cuatro de ellas habían muerto. Las cinco, si Kurt había dejado de existir, también ninguna volverla nunca a aquella casa.

—¿Qué edad tenía Kurt Stiffler, Frank? —pregunté—. Si es que aún lo recuerda.

—Lo recuerdo perfectamente —dijo él—. Era un año más joven que yo, precisamente de su misma edad.

Yo tengo treinta y tres años. Es triste, pero sólo el destino puede volverse de repente contra un hombre y aplastarlo de un golpe.

—Bien —dije—, ¿probamos algunas puertas más? Por lo menos podemos averiguar si vive aún ahí. Pudo haberse marchado sin molestarse en quitar su nombre del buzón.

Frank asintió con un movimiento de cabeza; fue hacia la puerta que estaba a nuestra derecha, y yo le seguí. Esta vez llamó él, y tuvimos más suerte. Abrió una gruesa mejicana con un pañolón gris sobre los hombros y nos miró de hito en hito, con evidente suspicacia

—Buenas tardes —dijo Frank en español, quitándose el sombrero.. No está en casa el señor Stiffler, pero...

Pude seguir la conversación hasta ahí, luego el español se hizo inteligible para mí y sonaba como jerga, excepto una frase ocasional: lo siento mucho. Lo cual me dejó fuera de la conversación, aunque comprendía que valía más así. La mujer probablemente hablaba inglés, quizá un inglés perfecto, pero él sacaría mucho más de la mujer hablándole en el idioma que a ella le resultaba más fácil.

Hablaron durante unos diez minutos. Ella parecía recelosa, al principio, y daba sólo breves respuestas, pero gradualmente fue haciéndose más amistosa y entrando cada vez más en la conversación. Frank es admirable para tratar con las mujeres de edad. Creo que yo me desenvuelvo mejor con las jóvenes.

Finalmente, con un “Mil gracias”, de Frank, y un “De nada, hijo mío”, de ella, se puso fin a la conversación, y la puerta se cerró.

Nos alejamos un poco de la puerta, yendo hacia la escalera.

—Vive todavía ahí, según parece —dijo Frank—. Ella lo vio la última vez ayer por la mañana y le habló brevemente.

—¿Necesitó diez minutos para decirle a usted eso?

—El resto fue sólo conversación general sobre los Stiffler y el accidente. Puede no significar nada, pero ya se lo contaré más tarde, después de la identificación.

—¡Eh! —exclamé—. ¿Qué hay sobre la identificación? Esa señora lo conocía. ¿Por qué no la llevamos al depósito de cadáveres para que eche un vistazo?

—Porque ella me dijo algo que nos da una pista mejor. La persona que lo conoce mejor es el padre Trent, de la iglesia de San Mateo. Probablemente nadie sabe más sobre Stiffler que él. Y yo lo conozco, aunque no mucho. Preferiría que él hiciera la identificación.

—Está bien —dije—. Busquémosle y terminemos con esto.

Bonito papel haríamos si el cadáver resulta ser de algún individuo que se parecía a Stiffler. Pero Frank recuerda admirablemente los rostros de las personas, lo mismo que otras cosas, y yo no me preocupaba demasiado.

En verdad me sentía bastante cambiado, y cuando entramos en el coche dije:

—Frank, ¿quiere referirme algo sobre ese condenado accidente? Lo leí casualmente, pero no recuerdo todos los detalles. Fue una cosa horrible.

—Kurt Stiffler conducía un viejo coche que había comprado por cincuenta dólares la semana anterior. Era el primer coche que tenía, pero eso no quiere decir que no fuera un buen conductor, porque había manejado un taxi en la Ciudad de Méjico.

—Conducen como locos allá abajo —manifesté—. Pero continúe.

—Su esposa, que era una muchacha mejicana, y sus tres hijos, iban en el coche con él. Eran dos niños y una niña, todos menores de diez años, pero no recuerdo las edades exactas. Habían estado en una boda mejicana allá en Nogales. No al otro lado de la frontera, sino en Arizona, de este lado. Salieron alrededor de las diez y hacia la medianoche estaban llegando a Tucson, a unas cuantas millas al sur del aeropuerto.

—Entonces —dije—, no se dieron mucha prisa: Casi dos horas para recorrer sesenta millas.

—Y con una carretera tan llana y recta, que incluso conducir a sesenta millas por hora no es correr..., aunque pudiera serlo para tal vehículo. Pero un coche venía en dirección contraria y de repente el automóvil de Stiffler se desvió hacia él atravesando el centro de la carretera. Las huellas de los neumáticos demostraban eso. Los coches no chocaron de frente, pero fue un fuerte encontronazo de lado y ambos automóviles se salieron de la carretera. El otro coche destrozó una valla y quedó en posición vertical, mientras que el de Kurt dio dos volteretas.

Frank llevaba el coche hacia un lugar de aparcamiento. La iglesia de San Mateo estaba cerca y ya habíamos llegado.

—Espere un momento, por favor. Termine antes de que entremos —sugerí.

—Perfectamente. Kurt salió ileso; ni siquiera se hizo un rasguño. Su esposa y uno de los niños murieron instantáneamente. Otro hijo falleció en la ambulancia, camino del hospital, y el tercero un par de horas después de haber ingresado allí. El conductor del otro coche era la única persona que iba en él, y murió al día siguiente. Se hundió el pecho contra el volante. Era un viajante de Phoenix. La causa fue probablemente un reventón, pero Stiffler aseguró no haber oído ningún estallido, sino que el volante se le escapó de las manos.

Frank encendió un cigarrillo.

—Luego —continuó—, Kurt confesó que había bebido. La acusación era clara: conducir embriagado y homicidio casual.

—Pobre muchacho —comenté.

—Así es. El examen de testigos fue al día siguiente. Casualmente yo pasaba ante la sala y me asomé; esa fue la única vez que vi a Stiffler. Parecía un muerto y creo que él mismo deseaba estarlo. No pude oír mucho porque tenía prisa y estuve allí sólo un momento, pero, por sus respuestas parecía echarse toda la culpa sobre si y daba la impresión de querer terminar cuanto antes. Pero alguien le consiguió un abogado, y ahora que sé que el padre Trent era amigo de Kurt, comprendo quién lo hizo. El abogado logró que el juez aplazara el examen hasta el día siguiente, y para entonces había reunido media docena de testigos que estuvieron en la boda de Nogales. Todos ellos declararon que Kurt estaba sereno cuando salió de allí. Había tomado algunas copas de vino, no más de tres, por la tarde. Pero a las ocho sirvieron una gran cena y Kurt no bebió nada. Por lo tanto, tomó aquellas pocas copas de vino ligero más de cuatro horas antes del accidente, y después de haber comido tanto, y luego de dos horas de estar al volante, no es posible que todavía sintiera los efectos del alcohol. Resultó absuelto, excepto en lo referente al pleito civil.

—¿Pleito civil? No leí nada de eso, Frank. Debí haberlo pasado por alto.

—La esposa del viajante que murió en el otro coche entabló pleito contra él, exigiendo una cifra fantástica, pues pensaba que él podría pagarla, pero el seguro no pagó nada a Stiffler, como es natural.

—El tribunal habrá disminuido la cantidad exigida—comenté.

—Indudablemente, pero resultaba todavía una cifra considerable. Varios miles, aunque no sé exactamente cuántos. Como comprenderá, Stiffler era responsable sin duda. Aun cuando un accidente se deba a un desperfecto del coche, como un reventón de un neumático, uno es legalmente responsable de los daños ocasionados. No criminalmente responsable, pero si el conductor del otro coche va por su dirección y usted atraviesa la línea central y choca contra él, usted carga con toda responsabilidad, hermano. Es responsable de los daños que ocasiones al otro, sea realmente culpa suya o no.

—Me considero informado —dije—. Vayamos a ver al padre..., ¿cómo dijo que se llamaba?

—Trent. Deje que yo lleve la conversación

—¿Cuando me he opuesto?

Y unos minutos después estábamos sentados ante el escritorio del padre; Frank me había presentado y nos habíamos puesto cómodos. El padre parecía ser más joven que Frank y yo; diríase que tenía treinta años o un año o dos menos.

—¿Visita amistosa, Frank? —preguntó—. ¿O malas noticias sobre uno de mis feligreses?

—No estoy seguro, padre.—dijo Frank—. No tenemos todavía la identificación. Desearíamos que usted examinara un cadáver, si quiere, y nos dijera si efectivamente es uno de sus feligreses.

El sacerdote lentamente, asintió con un movimiento de cabeza.

—Por supuesto..., pero deben tener algún motivo para creerlo. ¿Puedo preguntar quién creen que es?

—No estamos seguros. Puede ser Kurt Stiffler.

El inclinó la cabeza un momento y cerró los ojos; sus labios no se movían, pero podía haber estado rezando.

—Si es Kurt, no es lo que usted probablemente ha temido —dijo Frank—. La herida que le causó la muerte no pudo haber sido hecha por él mismo. No se suicidó.

El sacerdote mantuvo los ojos cerrados un segundo más; luego los abrió y se levantó.

—¿Quieren llevarme allá en seguida? Sé que ustedes tendrán que hacer muchas preguntas, si es él.

—Por supuesto —dijo Frank—. Usaremos nuestro coche, padre. Y lo traeremos de vuelta aquí después.

Fuimos allá. El sacerdote identificó el cadáver: era Stiffler. Yo telefoneé y dije al jefe que la identificación había sido efectuada, antes que saliéramos del depósito de cadáveres. El dijo que estaba bien, que pasaría en seguida a Reaburn una orden de examen postmortem y que nosotros permaneciéramos con el padre Trent y oyésemos su historia antes de informar. De paso, podíamos llevarlo de vuelta a la iglesia de San Mateo.

Era toda una historia.
 
 
 
 

CAPÍTULO III - FRANK RAMOS
 
 

La noche se apretaba contra el parabrisas. Yo conducía y estaba cansado. Metí el coche en el garaje de la policía y lo paré, apagué las luces y cerré el mecanismo de ignición.

—¿Qué hora es, Red? —pregunté.

—Cerca de las nueve. Bien, pienso que podríamos tomar una cerveza. ¿Qué le parece?

—Otra bebida podría hacerme bien —dije—. Pero no una cerveza.

—Perfectamente pasemos a mi coche, pues. Pararemos junto al bar “El Presidio” y lo llevaré en coche a su casa, si podemos salir al mismo tiempo.

Red vive a la salida de Orable Roady, va y viene en el coche de la Policía; mi casa está sólo a siete manzanas de la parte baja de la ciudad y es menos molestia dejar mi coche en el garaje y andar. Pero estaba tan cansado esa noche que el ofrecimiento de una ayuda para ir a casa parecía más tentador que la bebida.

Nos dirigimos a la zona de aparcamiento y buscamos el coche de Red. Es mejor que el mío, porque siendo soltero puede permitirse tener uno mejor. Red conduce un bruñido “Buick” negro, convertible; tiene cuatro años, pero él lo mantiene reluciente y afinado, pareciendo casi nuevo. Tiene todo el aspecto de un gran coche, y lo es.

—Deliciosa noche —dijo Red, mientras entrábamos en el “Buick”.

Lo era, pero yo no tenía ganas de hablar; por tanto, asentí con un gruñido. No estaba tampoco en mejor posición de ánimo para pensar, particularmente en el caso sobre el cual estábamos trabajando, pero no podía remediar eso.

La cosa no me gustaba, e iba a gustarme aún menos. Llámese a eso presentimiento, si se quiere; no creo en los presentimientos pero he tenido algunos y éste era, además, muy fuerte.

Nada en que yo pudiera poner la mano. No teníamos un solo dato que pareciera significar algo, pero no era eso; los casos a menudo empiezan de ese modo. Luego de repente se descubre algo y uno se adueña de la situación. Mas en éste, todo era desconcertante.

Tómese a John Medley. Un ciudadano sensato. Jay Byrne hizo una tarde una buena relación sobre él y todo lo que había sacado concordaba con lo que Medley nos había dicho, hasta seis años y medio atrás. Eso era cuando había comprado la casa de Campbell Street, como nos había dicho, y aproximadamente por el mismo tiempo, había abierto una cuenta en el Cowmen’s Bank con una letra por una cantidad bastante grande, sobre un Banco de Chicago. Las operaciones ocasionales y considerables dijo el jefe del departamento a Jay, eran siempre cheques de compañías que hacían transacciones sobre bienes inmuebles. Aproximadamente una vez al mes sacaba cien dólares en metálico y los otros cheques que llenaba eran de rutina, para cuentas de grandes almacenes, cédulas de utilidad y otras cosas por el estilo. Los cheques por negocios de bienes inmuebles daban un total considerablemente mayor en el lado de los depósitos que en el lado de los pagos; su cuenta, durante varios años, había permanecido casi al mismo nivel, a pesar del numerario y otros cheques de rutina girados contra él. Obviamente su especulación de bienes inmuebles, como él la llamara, le proporcionaba un modo de ganarse la vida. La valoración de su crédito era excelente y el Banco y las compañías con las cuales trataba lo tenían en alto concepto. Jay no pudo hallar nada contra él, ni siquiera una factura sin pagar. Ciertamente, un ciudadano muy sensato.

Tómese en cambio a Kurt Stiffler. Ni siquiera ciudadano, sensato o de otro modo. El padre Trent nos había descrito su pasado. Kurt había nacido en Alemania en tiempos muy agitados hacia 1920. Llevó una existencia muy desgraciada pues su bisabuela era judía. Eso hacía a su padre, Reinharé Stiffler, judío, a pesar de que era católico y había educado a Kurt como tal. La madre de Kurt murió al nacer él; era hijo único, y enfermizo. Tenía diez años cuando Hitler subió al poder y comenzaron los pogroms. Dos años después, cuando Kurt tenía doce, su padre tuvo ocasión para huir de Alemania y había aprovechado la oportunidad a pesar de que no podía llevar a su hijo consigo. Dejó a Kurt con unos tíos; la tía era hermana de la madre de Kurt y no había mancha de judería en la familia; por tanto, Kurt pudo haber estado seguro con ellos. Pero no lo estuvo. Transcurridos unos meses su tío fue acusado y convicto de oposición a los nazis, y la Investigación había sacado a luz el linaje de Kurt. Lo que les ocurrió a la tía y al tío, ni Kurt ni su padre lo supieron jamás, pero Kurt, señalado entonces no sólo como judío, sino como de familia de traidores, fue reducido en un campo de concentración a la edad de doce años. Milagrosamente sobrevivió diez años allí, y llegó a la edad viril tras el alambre de púas. Pero aquello quebrantó completamente su salud; nunca volvió a ser fuerte, sino casi un inválido toda su vida.

Mientras tanto Reinhard Stiffler había llegado a Méjico y después de trabajar allí para otro alemán durante unos años, había aprendido suficientemente el idioma y las posibilidades de su esfera de acción y había llegado a tener dinero como para abrir una pequeña mercería en la Ciudad de Méjico. Después de la guerra, pudo descubrir el lugar donde estaba Kurt y enviarlo a buscar.

Kurt tenía veintidós años cuando se unió a su padre en Méjico. Por algún tiempo no pudo hacer más que descansar, procurando recobrar la salud y, con ayuda de su padre y un amigo de éste que era maestro, ocuparse en la tarea de perfeccionar su escasa instrucción y aprender un nuevo idioma. Por algún tiempo las cosas fueron bien; adquirió suficiente energía para ser de alguna ayuda a su padre en la tienda, y parecía ponerse más fuerte. A los veinticuatro años se casó con una muchacha mejicana; tuvieron tres hijos en los cinco años siguientes y todos los niños, al menos, eran fuertes y sanos. Luego, cuatro años después, cuando tenía veintinueve, las cosas cambiaron otra vez. Su padre murió y, repentinamente, la tienda quebró, y él quedó arruinado. Se esforzó por hallar un modo de ganarse la vida, probando una cosa tras otra, la mayor parte de ellas demasiado penosas para él. Pronto se halló él y su familia viviendo casi al borde de la miseria, y eso que la subsistencia en Méjico puede ser mucho más mísera de lo que creen los norteamericanos.

Un sacerdote amigo suyo consideraba que él podía tener mejores oportunidades en los Estados Unidos; otro amigo ofreció prestarle dinero para el viaje. El sacerdote era amigo del padre Trent; con la ayuda de Trent, Stiffler había entrado en los Estados Unidos con un visado provisorio que podía ser renovado. Habían llegado a Tucson hacía cuatro meses. El padre Trent le había ayudado a conseguir ocupación como cronometrista en una construcción y había adelantado mucho. La mayoría de los trabajadores eran de habla española y él sabía ya bastante inglés para entender a los otros. El jefe hablaba alemán y era un refugiado que huyó de los nazis veinte años atrás. La salud de Kurt, nos dijo el padre Trent, no era peor, por lo menos. Trent y el jefe de Kurt habían estado actuando en favor de él y parecía haber pocas dudas de que, cuando los seis meses de su visado hubieran acabado, podría obtener una prórroga y con el tiempo hacerse ciudadano norteamericano. No había ninguna duda de que le gustaba vivir allí. Había devuelto ya casi todo el dinero que el amigo de su padre le prestara para el billete en autocar de la ciudad de Méjico a Tucson. Y había comprado, a plazos, el viejo coche que era el primero que tuviera y con el cual hizo su primer viaje de sesenta y tantas millas a Nogales para asistir a una boda.

¿Qué relación podía haber entre John Medley y Kurt Stiffler? Por lógica, ninguna. Hasta la fecha, nadie a quien preguntamos y que conociera a Kurt, había oído hablar jamás de Medley; ninguno de los que conocían a Medley conocía a Kurt, excepto por haber leído la noticia de su trágico accidente en los periódicos.

Tal vez me equivocaba.

—Bien, ¿va a dormirse ahí? —me preguntó Red. Me di cuenta de que estábamos aparcados en frente de “El Presidio” y que él había ya salido del coche y cerrado la portezuela. Yo salí, igualmente, y entré en el bar.

Nos sentamos en unos taburetes. Red pidió cerveza. (Cerveza, música de vaqueros, historias del Oeste, baile de verdad; eso le gusta a Red. Llevaría un “Stetson” y seis pistolas de dos cañones si le dejaran, y también una guitarra.) Generalmente tomo grandes vasos de whisky con soda, pero esta vez necesitaba un tónico fuerte, por eso me tomé de un sorbo un whisky doble puro, y luego pedí un whisky con soda grande para beberlo con sosiego. Red estaba echando monedas en la. caja de música. No sé por qué lo hace; nunca parece escuchar los discos; habla y habla sin atender a otra cosa.

Volvió a mi lado.

—Mire —dijo —, pudo haber sido de este modo. El tal Stiffler y algún otro proyectan un robo y escoge esa casa. En el patio interior se traban en lucha y el otro tipo dispara sobre Stiffler.

—Todo eso —dije—, son tonterías.

—¿Por qué, sólo porque Trent dice que Stiffler en un joven admirable? Pues que lo fuera, pero puede que el perder de repente a toda su familia, de lo cual se culparía a sí mismo, lo desquiciara.

—Pudo haber sido, Red. Pero no de ese modo.

—Está bien, pues, amigo. ¿Qué ocurrió realmente?

—No lo sé —dije—. No tengo la menor idea. Olvidémoslo por esta noche.

—Perfectamente ¿Qué haremos mañana?

—Trabajar —repuse—. Y hacer todo lo que el jefe nos diga. ¿Qué más?

—Vamos, despéjese la cabeza. ¿Le gustaría jugar una partida de bolos?

—Con cabezas humanas podría ser interesante. No de otro modo. Pero echaremos a suertes a ver quién paga una bebida.

Lanzamos los dados y yo perdí, como de costumbre; pedí otra bebida para mí y pagué a Red una cerveza y un paquete de cigarrillos. Cuando echamos los dados para las bebidas siempre lo hacemos de ese modo, puesto que él siempre bebe cerveza y yo nunca lo hago.

Red metió otra moneda en la caja de música y luego entró en una discusión sobre béisbol con el hombre que estaba sentado en el inmediato taburete; yo permanecía en mi asiento y me contemplé en el espejo que estaba detrás del mostrador hasta que hube terminado mi bebida; luego toqué con el codo a Red y le pregunté sí quería que echase otra vez los dados.

El lo consideró.

—No, Frank. Creo que me está entrando sueño. Vamos al coche.

—Usted se va, Red —dije—. Yo no tengo sueño y no estoy demasiado cansado para irme a casa. Voy a tomar dos vasos más. — Le hice una seña al mozo del mostrador para que me sirviera.

Red terminó su cerveza y luego se volvió para irse, poniéndome una mano sobre el hombro. Creo que como soy mejicano —por ascendencia no por nacionalidad— eso le hace sentirse democrático, excepto cuando se trata de los negros: él no pondría su amistosa mano sobre el hombro de un negro.

—Buenas noches, Frank —dijo, y añadió—: Cuidado, muchacho; no se convierta en un alcoholizado.

—No se preocupe —afirmé.

Podría haber dicho mucho más que eso. Podría haberle dicho que no había ningún peligro de que me convirtiera en un alcoholizado porque no tenía recursos para ello. Con uno en la familia ya es bastante.

Nunca he invitado a venir a mi casa a Red ni a ninguno de los otros muchachos. No es que eso no me gustara, pero nunca sé cuándo sería conveniente y cuándo sería inoportuno.

Esa noche no habría sido oportuno si hubiera dejado que Red me llevara a casa en coche y luego le hubiera pedido que entrara. Yo había telefoneado a Alicia esa tarde para hacerle saber que estaría trabajando hasta muy tarde. El sonido de su voz por el teléfono me reveló que ya había estado bebiendo mucho y que no habría cena preparada para mí cuando llegara a casa.

Entonces, estaba seguro, ella habría salido. Lo esperaba.

Pero eso es asunto mío y diré en atención a ella que no provoca escándalos y nadie en la central tiene conocimiento de ello. Diré más que eso en consideración a ella. Es extraña, pero a pesar de eso la quiero. Después de las cosas que han ocurrido supongo que no debiera hacerlo, pero la comprendo, aunque de cierto modo confuso. ¿Pero acaso no comprendemos confusamente a todos?

A veces me pregunto por qué hay gente que no se emborracha.

Yo tengo que permanecer sobrio. Como dice Joe Friday en la televisión, soy un agente de policía. Quizá no sienta la misma devoción por ello que siente Joe, pero procuro hacer un buen trabajo, pese a lo desagradable de hacer que es a veces nuestra tarea. Como policía uno ve todas las cosas malas, toda la suciedad que la gente hace de sus propias vidas y de las de otros.

Pero es un trabajo, y alguien tiene que hacerlo. Es un trabajo como cualquier otro, y llevo ya doce años en él. No conozco ninguna ocupación para la cual sea más apto. Tengo una instrucción bastante buena, pero una instrucción general, no especializada. Me gustan los buenos libros y la buena música, pero nadie le paga a uno por leer o escuchar o mirar. Tuve que salir del Colegio después de dos años, a los diecinueve, e ir a trabajar, y los trabajos que tuve los primeros tres años hicieron parecer un adelanto notable mi ingreso como agente de policía, y quizá lo fuera. Estaba bien, de cualquier modo, y era una ocupación fija. Tenía treinta años cuando abandoné el uniforme, pero muchos agentes de policía no lo abandonan nunca.

Levanté la vista hacia el reloj de pared y observé que eran las diez y tres minutos. Es decir, aproximadamente. Siempre pienso que nadie puede decir la hora sino aproximadamente si uno se dice “las diez y tres minutos”, el mismo acto de pensarlo toma tiempo, que se pierde en alguna parte, y uno no sabe exactamente dónde. Al sonar las campanadas serán exactamente... ¿Exactamente? Lo eran, luego uno oyó el sonido una fracción de segundo más tarde, se necesitó otra fracción de segundo para que ese sonido se registrara y se transformase en pensamiento en su mente. El tiempo nunca se estanca para poder fijarlo. Ya era las diez y cuatro minutos. Es decir, aproximadamente.

Jerry, el mozo del mostrador, debió haberme visto mirar el reloj, pues se acercó y me preguntó:

—¿Tiene tiempo para otro trago?

—Se lo advertiré dentro de un momento —le dije, y me dirigí al teléfono. Si Alicia estaba en casa, y todavía despierta, probablemente más valía que fuera para allá. Marqué mi número y conté doce llamadas, pero no contestaron.

Me retiré y pedí la bebida. Pero tendría que ser la última por esta noche, lo sabía. Si pedía uno sólo más, era muy posible que pidiera otros diez. Y mañana iba a ser un gran día.

O debiera serlo. No habíamos llegado a ninguna parte hoy, excepto por la identificación y una pequeña descripción general. Aún no se había hecho la autopsia, y yo consideraba que no llegaríamos al fondo de este asunto sin ella. El doctor Raeburn había prometido firmemente, sin embargo que ese sería su primer trabajo por la mañana. Aún no habíamos encontrado a nadie que hubiera visto a Stiffler desde que abandonara la tarea a las cinco, lo cual era por lo menos siete horas antes de que lo mataran, posiblemente hasta once horas antes. Nadie de los que habíamos hablado, incluyendo al padre Trent, pudo indicar algún motivo por el cual alguien pudiera haber deseado la muerte a Kurt Stiffler. La mayoría de las personas a las que preguntamos, era del parecer de que Stiffler se había suicidado. Dios sabe que muchos suicidas tenían menos motivos que él.

Pero Stiffler no pudo hacerlo sin un cómplice. Y nadie se suicida con un cómplice a menos que sea un pacto suicida, lo cual no se ajusta a este caso.

No sabemos todavía todos los hechos, me dije. Acaso cuando tengamos todos los sucesos la cosa empezará a tener sentido. Quizá caerá pronto un regalo del cielo. Tal vez la clara visión del asunto está allá arriba.

Fui andando a casa. El aire frío de la noche era agradable, pero mi disposición de ánimo no lo era.

Se oyó un zumbido arriba en el cielo y levanté la vista. Vi una luna grande, redonda y amarilla, cerca del cenit y mientras yo la observaba un bombardero de reacción cruzó por delante dibujando su silueta sobre ella, por un fugaz segundo. Cosa rara, pensé, y luego me hube de preguntar por qué; cualquier avión en una noche clara de luna tiene que estar entre ésta y algún punto de la tierra. Pero nunca antes había visto tal fenómeno.

Mientras me acercaba a mi casa —mía si sigo pagando otros catorce años o cosa así— vi que la luz de la cocina estaba encendida. Eso no significaba necesariamente que Alicia estaba en la cocina, o siquiera en casa. Habría ido a alguna parte, probablemente a una de las dos tabernas de la vecindad, a poca distancia de allí, terminada la etapa de beber sola, y buscando compañía. Pero sólo para hablar con otros; estaba seguro de eso. No había cogido el coche, por supuesto: no sabia conducir. Durante el primer año de nuestro matrimonio, hacía siete años, traté de persuadirla para que aprendiera a conducir, pero tenía miedo, no a ir en coche, sino a conducir ella misma. Ahora me alegraba de eso, por supuesto. Si no fuera por esas condenadas fobias suyas, su afición a beber no habría aumentado invariablemente durante los cinco años; hasta entonces había bebido normalmente, menos aún que yo. Me he preguntado a menudo en qué medida era culpa mía. No lo era enteramente, lo sé; las causas habían estado allí a lo largo del tiempo. Pero tampoco era yo completamente libre de culpa: había cosas que debiera haber hecho y no hice, y cosas que no debiera haber hecho e hice.

No obstante, miré en el garaje y en el coche. Una noche, hace casi un año, volviendo a casa después de trabajar hasta muy tarde, como ahora, había pasado dos horas infames inquietándome por ella, pues era más de la una, cuando las tabernas cierran. Había luchado con la idea de telefonear a la jefatura, pero llamé a los hospitales. A las tres de la madrugada resolví ir con el coche a la jefatura, más bien que telefonear, para ver si estaba allí o si tenían alguna noticia sobre ella. Y la había encontrado encogida y profundamente dormida en el asiento posterior del coche. Después, ella no recordaba que hubiera ido allí y no había podido explicarme por qué lo hizo, pero indudablemente había sido el deseo, con la bebida, de que me inquietara por ella. Y lo había logrado.

Pero esta noche no estaba allí. La Vieja Yegua Gris, como llamábamos a nuestro Plymouth, estaba vacía y solitaria. Entré de nuevo en la casa y miré atentamente haciendo de detective; de este modo podía juzgar, por lo que había ocurrido, en qué dura situación me hallaba esta vez.

El cuarto de dormir estaba sucio (Alicia es una excelente casera cuando no bebe); en la cama habían dormido, por un regular espacio de tiempo. Eso era malo porque si ella hubiera dormido unas horas y se hubiese levantado precipitadamente, probablemente no habría vuelto a tener sueño durante largo rato. Y yo no dormiría, lo sabía, hasta que ello lo hiciera y con toda probabilidad me esperaba una noche de insomnio.

La cocina estaba regular. Había acabado con una botella de whisky y cinco botellas de cerveza. Pero no había salido para hacer nueva provisión porque quedaba un tercio aproximadamente de otra botella de whisky, y había todavía varias de cerveza en la nevera. Ninguna señal se notaba de que hubiera comido algo desde el desayuno; en el cubo de la basura había aún migajas de tostada del desayuno que tomamos juntos por la mañana, y los platos estaban todavía sin lavar. Había un almuerzo perfectamente normal. No habíamos discutido y ella se había conducido muy bien; nada indicaba que estuviera a punto de empezar a beber, y quizá ella misma no lo supiera entonces. El único modo por el cual yo podía haberlo adivinado era porque habían transcurrido varios días desde que había bebido algo, y corrientemente rara vez dejaba de hacerlo por un lapso mayor que ese. Tres días era aproximadamente lo corriente y casi siempre empezaba por la mañana temprano. Tampoco vi ninguna señal de que hubiera comido, pero había empezado a cocinar algo sin llegar a ponerlo en el hornillo. Sin embargo, había harina en el suelo y en el sumidero, y una cacerola con pasta dentro. El libro de cocina estaba abierto sobre la mesa. El mundo estaba al revés para Alicia. Quizá ella esperaba a que apareciera el Conejo Blanco y se sacase un reloj de oro del bolsillo, lo mirara, y luego le mostrase a ella el camino hacia la madriguera..., y hacia la esquizofrenia.

Quizá entonces, bajo tratamiento, podría hacerse algo por ella, pero no antes; Alicia caía en terribles arrebatos de cólera si yo mencionaba siquiera la psiquiatría. O se ponía ceñuda si yo intentaba tratar con ella el asunto de la bebida, aunque fuera sosegadamente y como si tratase de un problema mío, que por supuesto no lo es. Todos los problemas forman un nexo continuo y ninguno está aislado.

Arreglé un poco las cosas y metí la comida en la nevera. Mañana sin duda le sorprendería encontrarla allí, pero ella podría resolver entonces si debía tirarla o terminar de cocerla.

Alicia, ¿dónde estaría? A la una menos nueve minutos debía de estar en una de las dos tabernas relativamente cercanas, pero aliviaría un poco mi ánimo saberlo con seguridad. No podía dirigirme allí, eso habría originado en seguida una discusión con ella; probablemente la habría hecho adoptar una actitud tan hostil como cuando en otra ocasión había tomado un taxi y se había internado en el campo. Pero yo conocía a los dueños de los dos establecimientos y podía telefonear. La taberna de Harry era, de los dos, el sitio donde había más probabilidades de encontrarla por tanto, probé éste primero.

El propio Harry contestó.

—Harry, le habla Ramos. ¿Está ahí Alicia? No le diga que he llamado si está.

Ella debía de estar cerca del teléfono, porque él contestó:

—Sí, Bill.

—Bueno —dije—. ¿Cómo está?

—Bien, bastante serena.

—Perfectamente, Harry. Llámeme por teléfono si me necesita. Permaneceré en casa. Estaré ahí a la una, si usted no me llama antes. Y gracias.

Ella podría quizá ofenderse por ir a recogerla a la hora de cerrar, pero prefería correr ese riesgo antes que dejar que regresara a pie a casa, sola, a esa hora, aun cuando los alrededores no ofrezcan peligro. En el peor de los casos, supuesto que se negara a entrar en el coche e insistiera en ir a pie, podría tenerla a la vista en el camino. Eso le proporcionaría un motivo para discutir después de llegar a casa, pero si estaba de ese mal talante, hallaría otra cosa para iniciar una discusión.

Me estiré y miré el reloj de pared. Casi las once y media. Podía poner el despertador a las doce y cuarenta y cinco y procurar dormir una hora o más. Sólo que, cansado como estaba, no tenía sueño ahora; me habría tendido allí y me hubiera puesto a pensar, y no quería pensar.

Ni beber, ni leer, ni escuchar música. Quizá alguna música ligera ayudaría a que el tiempo pasara más aprisa.

La mayor parte de la música ligera que tengo es en discos “Long Playing”, de diez pulgadas; por tanto, conecté el fonógrafo para que se calentara y empecé a buscar en la pila de discos. Medley, from South Pacific.

Nada de Medleys, gracias. Uno al día era suficiente.

Song by Tom Lehrer. Eso estaría bien, y no había escuchado esas canciones desde hacía dos meses. Macabras como un osario y divertidas como un demonio. Puse el disco.

La balada irlandesa comenzó:
 
 
 

Sobre una doncella cantaré una canción:

No tuvo, a su familia por mucho tiempo,

No sólo les hizo daño,

Destruyó a todos ellos.


 

A su madre nunca pudo soportar,

Cantemos...
 

A su madre nunca pudo soportar,

Y así una copa de cianuro preparó.

La madre murió con una cuchara en la mano,

Y en su rostro había una horrible mueca,

En su rostro había una horrible mueca.
 

Muy hermoso. Empecé a calmarme lo bastante para darme cuenta de lo cansado y tenso que había estado.
 
 

Pegó fuego al cabello de su hermana,

Cantemos...
 

Pegó fuego al cabello de su hermana,

Y mientras el humo y la llama subían muy alto,

Danzaba alrededor de la pira funeraria,

Tocando un violín,

Tocando un violín.


 

Me sentía ahora bastante reposado para beberme una botella de cerveza, por lo que aumenté el volumen del sonido lo suficiente para oírlo mientras me dirigía a la cocina.
 
 

Abatió a su hermano con piedras,

Cantemos...
 

Y lo envió a Davy Janes.

Todo lo que hallaron fueron algunos huesos,

Y algunos pedazos de piel,

Algunos pedazos de piel.


 

Me reía un poco, entre dientes, para mí mismo.
 
 

Un día cuando no tenía nada que hacer,

Cantemos...
 

Un día cuando no tenía nada que hacer,

Cortó a su hermanito en dos pedazos,

Y lo sirvió como un guisado irlandés,

E invitó a los vecinos,

Invitó a los vecinos.


 

Y justamente entonces pensé en una palabra que rimaba con Medley. Deadly (Destructivo, mortal). Pero, ¿por qué? ¿Y por qué no podía yo aceptar a John Medley tal como era, como hacían todos los demás? La gente no mata sin motivo —excepto los maniacos homicidas, y Medley no lo era— y qué motivo podía haber tenido para matar, de entre todas las personas, a Kurt Stiffler? ¿Y por qué no podía yo dejar de pensar en ello ahora, en mi propia casa? Atrás, John Medley. Déjame solo, al menos hasta que empiece a trabajar mañana.

Por algún tiempo conseguí no pensar, escuchando solamente. Oía The Hunting Song, sobre el cazador que capturó dos guardabosques, siete caballos y una vaca; My Home Town, ensalzando, entre otros toscos personajes, al boticario de la esquina que mató a su suegra y la trituró, “And Sprinkled just a bit, Over each banana split”, y ahora el cantor iniciaba mi canción favorita:
 
 

Tengo tu mano en la mía, querida,
 

La acerco a mis labios
 
 

Y más adelante:
 
 

La noche en que tu moriste la aparté,

Realmente no sé por qué,

Pues ahora cada vez que la beso,

Aparecen manchas de sangre en mi corbata...


 

Después de las canciones de Lehrer los otros discos me parecían insípidos pero puse algunos y finalmente empecé a adormecerme, pero era demasiado tarde ahora para entregarme al sueño; era la una menos veinticinco minutos Y el teléfono sonaba. Desconecté el tocadiscos y me dirigí allá.

Era Harry.

—Lo siento, Frank, pero creo que más vale que venga a buscar a Alicia.

—Muy bien —dije—.. ¿Ha perdido el conocimiento?

—No, nada de eso. Pero se esta poniendo...; bien, temo que empiece a exaltarse y se pelee con una pareja; se está haciendo algo molesta. Ha vuelto ahora mismo a beber, y creí que debía llamarlo.

—Estaré ahí inmediatamente —dije-. Gracias Harry.

Me puse de nuevo la chaqueta y salí, volviendo al garaje. Abrí la puerta, pero antes de entrar para meterme en el coche había levantado la vista y miraba de nuevo a la luna. La misma luna, pero ahora bastante por debajo del cenit, parecía aún mayor y más redonda.

Ningún avión la cruzaba esta vez, ni un pterodáctilo ni un gorrión. Pero ¿por qué me hacia pensar en el rostro redondo y blando de John Medley? ¿Estoy bajo una obsesión?

 

CAPÍTULO IV - JOHN MEDLEY
 
 

Como siempre en mis sueños, parte de mi mente sabía que yo estaba soñando. Pero era horrible saberlo, porque me esfuerzo por pasar al estado de vigilia, y no puedo. El sueño me retiene y no me suelta. Acaso sea sólo por un momento, pero es un momento espantoso que parece una eternidad. ¿Por cuántas eternidades puede pasar un hombre?

Dierdre, Dierdre querida. Es siempre Dierdre.

Dios mío, imploro, ella está en paz. Está contigo. ¿No quieres dejar en esa paz, también a mí mente y mis sueños? ¿No te he servido, actuado como tu instrumento, bastantes veces? Por mi mediación, eres misericordioso con otros. ¿Cuánto tiempo aún, oh, Dios mío, antes de que envíes a mí esa misericordia? Si no dejar que muera, por lo menos quitar estos sueños, estas pesadillas infernales que me aterran durante la noche. Sé que tú no las envías, pero ¿no quieres detener a quien lo hace, libertar de esa servidumbre a la parte de mi alma que él retiene y atormenta durante la noche?

¿Cuántas veces le permitirás que me obligue a matar de nuevo a Dierdre, y de cuántas maneras?

Esta vez es la pistola, y la mantengo firme en la parte de atrás de su cabeza mientras ella, sin sospechar nada, mira desde la ventana, Y luego aprieto el gatillo. El disparo produce una detonación ensordecedora en la habitación y veo la menuda señal por donde se introdujo la bala. Pero ella no cae desplomada.

Se vuelve hacia mí y su rostro es un óvalo rojo, sanguinolento, en el cual un ojo me mira de hito en hito y el otro ojo se bambolea horriblemente. Su boca sin labios está abierta y grita, vocifera.

Siempre. Aun cuando sé que sueño, aun cuando sé que esto no es real, es horrible siempre.

Pero gracias, Señor, que sólo lo pareciera. Ya pasó. Ella se ha ido.

Mientras permanezco acostado, bien despierto ahora, oigo dar la hora en el reloj de pared de la habitación. Una sola campanada ¿Qué hora es? La media, ¿pero de qué hora? ¿Por qué deseo saberlo? ¿Qué me importa? Pudiera ser la una, por supuesto, pero no lo creo; me acosté a la medianoche y siento que debo haber dormido más de una hora antes de que ese ensueño me despertara.

¡Esas campanadas de la media hora! A menudo las he oído durante la noche y he pensado en adquirir un reloj diferente, uno que no dé la media hora, o uno que dé primero una tonada y luego, tras una pausa, el toque único que indica la media. De día, por supuesto, no importa: uno sigue de un modo aproximado el curso del tiempo y puede juzgar. Pero por la noche un solo toque excita la curiosidad y no la satisface.

No debiera importar, pero importa. Quiero saber cuantas horas de la noche han transcurrido y cuantas faltan y el que no haya un motivo no reprime ese deseo.

Ahora debo encender una luz o permanecer aquí acostado hasta que el reloj de pared dé la hora siguiente. Y esta noche no quiero encender la luz porque la policía, aun cuando parezca que no sospecha nada, pudiera estar vigilando la casa, y sabiendo que yo había despertado y encendido la luz, podrían pensar que yacía insomne a causa de la culpa y el miedo. Y tendrían razón, aun cuando no acertaran; no me siento culpable de la muerte de Kurt Stiffler y no temo las consecuencias. Mi culpa es por un crimen real, y si de algo tengo miedo, es de los sueños. No tengo miedo de que la policía llegue a creer seriamente que maté a ese muchacho, pero no quiero que sospeche, porque entonces se harían muy molestos. Por tanto, no encenderé la luz.

Mentalmente más para pasar el tiempo que porque estuviera preocupado revisé de nuevo las cosas que hice el martes por la noche.

No incurrí en ningún error, no dejé ningún rastro por el cual pudieran descubrirme. Excepto, desde luego, dejar el cadáver en el patio de mi propia casa. Y eso que me acusaron sin otros indicios que no puede sino hacerme aparecer inocente, en vez de culpable. ¿Para qué —se deben haber preguntado— un asesino dejaría el cuerpo de su víctima en su propia casa cuando podía fácilmente haberlo trasladado a otra parte, y más teniendo toda la noche para hacerlo? Realmente, ¿por qué lo dejó allí? ¿Era ese mi razonamiento cuando cambié mi plan original de meterlo en el coche y dejarlo junto a las vías del ferrocarril? Es extraño, pero mi mente se oscurece un poco sobre ese punto y no puedo ahora estar seguro. Sin embargo, debió haber sido de ese modo. Todos los otros puntos están bien claros en mi memoria.

Nadie me vio entrar en esa vieja casa donde él vivía; por lo menos, nadie reparó en mí. No encontré a nadie en el pasillo ni en la escalera, nadie me vio cuando llamé a su puerta. Nadie más que Stiffler me vio entrar. Nadie nos oyó hablar, ni nos vio salir juntos unos minutos después. Y en ese sórdido y reducido lugar, que era demasiado pequeño para que lo hubieran habitado cinco personas, no dejé ninguna señal de que había estado allí. Ni siquiera una huella dactilar. No toqué nada allí, excepto la mano de Stiffler, cuando me la ofreció mientras yo me presentaba. Nadie nos vio a nuestra salida y estoy seguro de que nosotros, o por lo menos yo, salvamos la corta distancia hasta el lugar en donde había aparcado mi coche sin ser observados. Si alguien había reconocido a Stiffler de lejos, no podrían describirme o identificarme a mí.

Tampoco fuimos vistos en el otro extremo de la calle. Cuando me acercaba a mi barrio mi primer pensamiento fue mirar a la casa de las Armstrong, y estaba todavía envuelta en la oscuridad, como cuando yo había salido. La señora Armstrong y su hija —una muchacha muy guapa, pelirroja— habían ido al teatro. Y eran los únicos vecinos suficientemente cerca para que pudieran observar mi salida o mi regreso. Si otro vecino lo habla notado no habría podido ver, en la oscuridad, que yo llevaba a otra persona conmigo, porque metí en seguida el coche en el garaje y bajamos allí, entrando en la casa por la puerta que conduce directamente desde el garaje. Ciertamente, si mi coche hubiera sido visto al salir o al regresar, habría corrido un riesgo diciendo a los policías que no había salido de la casa. Pero seria fácil decir que se me habían acabado los cigarrillos y había ido con el coche hasta la droguería de Broadway para conseguir algunos. Había hecho tal parada cuando, en efecto, me puse en camino para ir a buscar a Stiffler, y el droguero me apoyaría si se acordaba.

Y dentro de mi casa había tenido cuidado, mucho cuidado, de observar todo lo que él tocara. De igual modo que no había huellas mías en su casa, no quería las de él en mi casa.

Esperé media hora o un poco más, antes de matarlo. Pensé esperar más tiempo, cuando pasara un avión o un camión y apagase el sonido del disparo. Pero una mirada desde la ventana lateral me indicó que las Armstrong estaban todavía fuera, y mis otros vecinos viven relativamente tan lejos que no había la más ligera posibilidad de que lo oyeran, o por lo menos de que identificaran el ruido y la dirección de donde venía.

Un trozo de tela quitó las pocas manchas de sangre que cayeron. Inmediatamente saqué el cuerpo al patio. Mientras lo estaba colocando allí, las Armstrong regresaron a su casa, pero yo estaba oculto por la densa sombra del olmo y estuve esperando allí a que ellas entraran en su casa antes que hacerlo yo en la mía.

El resto fue fácil. Froté toda superficie que él pudiese haber tocado para que su aspecto limpio y pulido no infundiera sospechas. Hice un pequeño fuego en el hogar y quemé allí la cartera de Stiffler con su escaso contenido y el trozo de tela con el cual había quitado la sangre. Después limpié bien el hogar y eché las cenizas en el retrete, no dejando señal alguna de que recientemente se hubiera hecho un fuego allí.

Las otras dos cosas tenían que hacerse fuera de la casa y las hice mucho más tarde. Apagué la luz a medianoche, en parte para tenerla apagada a la hora acostumbrada y también para estar en la oscuridad por algún tiempo y dejar que mis ojos se habituaran a ella, de suerte que pudiera ver allá fuera. Estuve sentado hasta que el reloj de pared dio la media hora y luego me dirigí al garaje y me cuidé de las posibles huellas dactilares dejadas en el coche.

De allí pasé a la calle y recorrí unos cincuenta metros, metiendo la pistola en el cubo de la basura de algún vecino. Un medio completamente seguro de deshacerse de ella, pues la basura de nuestra calle es recogida de madrugada, los miércoles, y se la habrían llevado antes de que yo hallara el cadáver e informase de ello. Y aun cuando encontraran la pistola —al descargarla en el vaciadero— no había manera de que la policía pudiera relacionarla con mi persona. Cualquiera podía haberla metido en el cubo de la basura.

Al volver de la calle, cometí una ligera imprudencia, pero tenía que hacerse: usé por breve tiempo una linterna, para asegurarme de que el cadáver yacía en posición natural y de que no había ninguna señal de que hubiera sido arrastrado hasta allí, especialmente desde la casa. Sus pies fueron arrastrando; yo me había arreglado para transportarle. Pero la tierra estaba muy dura y no había quedado ninguna señal.

Cuando hube entrado de nuevo en la casa, me acosté a oscuras y permanecí allí tendido repasando mentalmente todos los detalles, asegurándome de que no había dejado nada sin hacer y diciéndome que así era en efecto.

Esta noche, veinticuatro horas después, permanecí de nuevo despierto en la cama, pensando las mismas cosas y con los mismos resultados. Estaba completamente seguro, ahora, todavía más seguro de lo que había estado entonces. Ningún detalle había fallado, nada había salido mal.

Y eso era prueba de que había interpretado correctamente la voluntad de Dios, aun cuando la señal que Él me había dado esta vez no fuera tan directa y clara como las otras.

El reloj sonó de nuevo, dio dos toques. Las dos. Lo sabía ahora y podía entregarme al sueño.

Pero no dormí en seguida. Oí el toque de la media y luego otros tres toques antes de que pudiera dormirme.
 
 
 
 

CAPÍTULO V - WALTER PETTIJOHN
 
 

Siempre llego a la jefatura temprano, pero esta mañana, la mañana del jueves, llegué todavía más temprano de lo acostumbrado. El caso Stiffler parecía malo; los muchachos no habían sacado nada que remotamente se pareciese a una pista. Y quería revisar sus informes y todo lo demás sobre el caso, de modo que pudiera ponerlos sobre un buen comienzo.

Cuando pasé el cuadro de distribución, Carmody dijo:

“Buenos días, jefe”, como siempre, a menos que esté demasiado ocupado con las llamadas, y me paré un momento.

—¿Algo nuevo, sargento? —le pregunté.

—Cuchilladas en el South Side poco después de la medianoche. Solucionado: hemos cogido al tipo que lo hizo. Dos robos con escala en la salida este de Speedway. Parecen ser los mismos muchachos que han estado operando en Stone. No consiguieron mucho. Eso es todo fuera de dos casos de asalto y agresión en Meyer Street.

Los casos de asalto y agresión en Meyer Street no son raros; unas pocas manzanas en esa zona constituyen la parte más desagradable de Tucson, frecuentada mayormente por mejicanos, y negros.

—¿Nada nuevo sobre el caso Stiffler?

Carmody movió la cabeza y luego, mientras el cuadro de distribución zumbaba, empezó a hablar en el micrófono.

Yo no esperaba que hubiera nada, por supuesto. Excepto en circunstancias especiales, una investigación no continúa por la noche. Pero había siempre la posibilidad de que algo que ocurriera pudiese tener que ver.

Lo primero que vi sobre mi escritorio era una breve nota del teniente Schroeder diciendo que el coche número ocho, a cargo de ese distrito, había vigilado la casa de Medley a intervalos durante toda la noche; que la casa estaba a oscuras y el coche había salido a las nueve y veinte; que el coche estaba en el garaje y la casa iluminada a las once y diez; que en todas las inspecciones posteriores, a las doce cuarenta, y tres veces después durante la noche, el coche estaba todavía allí y la casa estaba a oscuras. Eso concordaba; Medley había explicado a Frank y a Red que iba a ir a un club de ajedrez. En verdad, yo me preguntaba por qué había cedido a la sugerencia de Frank de que hiciera que los muchachos del coche de patrulla vigilasen el lugar. Ciertamente, por todo lo que había sabido, John Medley parecía estar fuera de toda sospecha. Pero Frank tiene ideas extrañas a veces.

El informe de Frank venía a continuación; lo había estado escribiendo a máquina ayer tarde cuando salí. Me lo dijo verbalmente, pero ahora lo leí con atención. Nada había allí; no habían descubierto nada. Estaba también el informe de Jay sobre John Medley, pero ya lo había examinado.

Faltaban sólo unos minutos para que llegaran los muchachos y, aunque había otras cosas sobre el escritorio, ninguna de ellas concernía a Stiffler y las miré de prisa. El caso Stiffler venia el primero hoy. Cogí el. teléfono y dije a Carmody que hiciera pasar a Frank y a Red a mi despacho cuando llegasen. Los interrogaría antes de distribuir el trabajo. Pensé un poco e hice unas anotaciones.

Red Cahan entró primero Es un buen muchacho, no brillante pero muy trabajador, práctico. Preferiría tener uno solo como él antes que tres hombres caprichosos como Ramos. No me gusta Frank. No es que tenga ningún prejuicio contra los mejicanos y eso que es bueno tener unos cuantos prejuicios en el cuerpo porque Tucson tiene un regular tanto por ciento de población de ascendencia mejicana y pueden ser manejados mejor por los de su propio linaje. Tampoco pongo objeción a que un policía tenga más instrucción de la que necesita para su trabajo. Quizá sea la combinación de las dos cosas, ser mejicano y tener una instrucción “de fantasía”, y además mostrarlo.

Hice una seña a Red y le dije que se sentara. Unas cuantas anotaciones más y luego lo miré.

—Bien, Red —dije.—, antes de que Frank esté aquí, ¿cuál es su punto de vista sobre esto?

—¿Qué quiere usted decir, mi capitán?

—Acabo de leer el informe de Frank. De ustedes dos, sin duda, pero él hizo la minuciosa relación. ¿Concuerda usted con todo ello?

—Sí, con todos los hechos expuestos en él. Pero creo que Frank rebasa un poco el justo límite, preocupándose tanto por Medley.

—Soy de su misma opinión —le dije—. ¿Cual fue su impresión respecto de Medley?

—Un viejo bastante amable. Un poco aprensivo, pero no hay ninguna relación entre él y Stiffler. Del modo que me figuro, quienquiera que matase a Stiffler... bien, creo que lo mataron dentro de un coche. Tenían que ponerlo en alguna parte y escogieron el patio de Medley casualmente. Me figuro que lo entraron allí desde la calle.

Asentí con un movimiento de cabeza.

—Posiblemente. ¿Por qué, sin embargo lo llevaron tan adentro del patio?

—Quizá porque pensaron que así no lo hallarían tan pronto. Si lo hubieran dejado en la calle, o arrimado al otro lado del seto, probablemente lo habrían visto mucho más pronto.

Golpeé ligeramente el informe.

—No hay nada aquí que indique un motivo. ¿Alguna idea?

Red encendió una cerilla con la uña de su pulgar y la acercó al cigarrillo que acabara de ponerse en la boca.

—Eso no puedo expresarlo, mi capitán. Por lo que conseguimos hasta ahora difícilmente pudo haber uno. Creo que debió haber sido sólo un robo ordinario, efectuado por alguien que ni siquiera sabía quién era Stiffler. Digamos que salió a dar un paseo. Quizá se detuvo en una taberna y...

—El padre Trent —interrumpí dice que no habla bebido desde el accidente, y que no era muy bebedor, ni siquiera antes de eso.

—¿De modo que su sacerdote sabría si él cambió de opinión y resolvió tomar una cerveza mientras estaba paseando? Pero el asesino pudo haberle recogido en otra parte, o quizá le ofreció ayuda. Ciertamente, no debía llevar mucho dinero encima, pero iba bastante bien vestido. De cualquier modo, no puedo imaginar ningún móvil, fuera del robo. Y hemos tenido muchos asesinatos por robo, antes. ¿Por qué buscar algo fantástico en éste?

—Disparar en la cabeza, por detrás, es un poco raro sin embargo, Red.

—Pudiera ocurrir. Supongamos que yo quiero parar a un tipo en el camino para robarlo. Le apunto con la pistola y luego le ordeno que se vuelva de modo que yo pueda rodearlo con el brazo para palparlo y registrarlo bien. Apoyo la pistola en la parte de atrás de su cabeza o del cuello, donde él la sienta, y le registro. Si entonces me coge la mano para hacerme una llave de judo, yo aprieto el gatillo, o tal vez oprima un poco más fuerte de lo que quisiera, mientras estoy palpando, y dispare.

—Prefiero esta última posibilidad. Por lo que usted ha investigado sobre Stiffler, éste no era muy fuerte. No puedo imaginarlo oponiendo resistencia.

—Si, pero por la manera como se sentía, eso no le importaba. Quería morir, supongo. Mas como era católico, no podía suicidarse. No le dejarían entrar en el Cielo o algo semejante.

Fruncí el ceño. Red no es un incrédulo como Ramos, pero a veces es algo impertinente con las cosas sagradas. No argumento en favor del catolicismo; yo mismo soy protestante y antiguo miembro de nuestra iglesia, pero sobre el importante punto del suicidio la doctrina católica es tan sólida como la nuestra. El don divino de la vida no ha de ser desechado por el hombre por su propio impulso.

Red debió haber adivinado lo que yo estaba pensando, pues dijo:

—Lo siento, capitán —y cambió de tema. Miró el reloj—. Oiga, son más de las diez. ¿No telefoneó Frank diciendo que llegaría tarde o algo parecido, verdad?

Le estaba dando una respuesta negativa, cuando entró Frank.

—Buenos días, capitán —dijo—. Siento llegar un poco tarde.

Lo miré. Sin duda, no había dormido mucho; parecía soñoliento y su rostro estaba alterado Por lo menos así lo creí; es difícil de decir con los rostros mejicanos. Pero estaba seguro de que había señales de disipación, como si hubiera estado bebiendo mucho y no se hubiese acostado hasta muy tarde.

Vi que Red lo miraba también, y me pregunté si sabía que Frank había ido a beber después de que dejaron de trabajar.

Probablemente debiera haberle reprendido, pero no dije nada.

—Hemos estado discutiendo el caso Stiffler —hice notar—. Los dos convenimos en que usted está perdiendo el tiempo sospechando que Medley está complicado. Creo que se equívoca.

Frank se encogió de hombros.

—Puede que me equivoque. Otras veces me he equivocado. No tenemos realmente una pista todavía, hacia Medley ni ningún otro. ¿Qué hay del examen post mortem? Raeburn continuó dándonos el esquinazo ayer y lo necesitamos urgentemente.

—Ayer tarde dijo él que seria la primera cosa que iba a hacer hoy. Lo llamaré ahora y veré si va a hacerlo.—Cogí el teléfono e hice la llamada. Dejé luego el auricular y manifesté—: Está trabajando sobre Stiffler ahora, ha dicho su secretaria. Por tanto, sabremos algo pronto.

—Bien, es admirable el doctor Raeburn —dijo Frank.

—Nada de sarcasmos —dije fríamente—. El doctor Raeburn es un hombre atareado. Bueno, tengo unas notas aquí, pero primero, ¿cuáles son sus planes para hoy?

—Antes que lleguemos a eso —dijo Frank—, permítame preguntar si hemos considerado la posibilidad de que esto empezara en Méjico, hace más de cuatro meses. Stiffler pudiera haber tenido allá enemigos que podrían haber venido aquí para acabar con él.

Hice una señal afirmativa con la cabeza, en dirección a las notas que habla estado haciendo.

—Estoy atendiendo a eso, es improbable, pero posible. No lo descuidaremos.

—¿Y qué me dice usted de Medley? Creo que está aquí desde hace seis años y medio como afirma, pero ¿no vamos a vigilarlo más? Pudiera estar fichado.

—Ridículo, Frank —dije—. Aun cuando estuviera fichado, ¿qué indicaría eso? No tenía ningún motivo para matar a Stiffler.

Frank se encogió de hombros.

—Tampoco lo tiene ningún otro de los que hemos considerado. Pero está bien, quizá sería ir demasiado lejos investigar de nuevo sobre él hasta ese punto.

—Ciertamente lo sería —afirmé—, a menos que consigamos algo que lo relacione con Stiffler, algo que demuestre que al menos lo conocía. ¿Piensa volverlo a ver hoy?

—Queremos visitarlo de nuevo, en efecto. Cuando volvamos a enfrentarnos con él necesitamos saber todo lo que Raeburn pueda decirnos.

Asentí con un movimiento de cabeza.

—Debiéramos tener alguna noticia al mediodía, diría. Si ustedes no vienen para entonces, telefoneen y les transmitiré el informe sobre el examen post mortem. ¿Piensan ir esta mañana a la oficina de la obra en construcción?

—Justamente —dijo Frank—. Esa debiera ser nuestra primera tarea. Ayer tarde hablé a Hoffman, el jefe, por teléfono. Dijo que estaría hoy allí trabajando en un proyecto (dirige varios de ellos) hasta las diez o cosa así, y que después de esa hora se iría. Por tanto, queremos pillarlo.

Como de costumbre, Frank tenía una parte preponderante en la conversación y yo no quería que se imaginara ser jefe del equipo, por lo cual me dirigí a Red Cahan, para preguntar:

—¿Cuánto tiempo cree que les llevará su gestión allí?

—Depende de los hombres que le conocían, y en qué medida. Si bastantes de ellos efectivamente le conocían, pudiera llevarnos toda la mañana, o todo el día. Frank, ¿cuántos hombres dijo Hoffman que trabajaban allí?

—De cuarenta a cincuenta corrientemente. Pero la mayoría de ellos son obreros y él no habría tenido mucho contacto con ellos, supuesto que tuviera alguno. Stiffler trabajaba en la oficina y no los conocería a menos que trabara amistad con uno o dos durante la hora del almuerzo.

—¿No recogía él las tarjetas de entrada y salida?—pregunté.

—No, Hoffman tenía un muchacho para eso. Sin duda para hacer el trabajo lo más descansado posible para Kurt. Sea porque éste era un compatriota en mala situación o porque el padre Trent le hubiera dado la idea, Hoffmann estaba dando a Kurt las mayores facilidades posibles. De cualquier modo, la mayor parte de los contactos de Kurt habrían sido con las pocas personas que trabajaban en la oficina. Diría que vamos a terminar tranquilamente esta. mañana allá afuera.

—¿Y luego? —pregunté, pensando que podía también tenerlos trabajando todo el día, si era posible.

—Si conseguimos alguna pista que merezca la pena telefonearemos y examinaremos la cosa con usted. Pero recuérdelo, telefonearemos de cualquier modo para saber el resultado de la autopsia. Si no conseguimos ninguna pista en la obra, creo que podríamos también investigar en la casa donde vivía, y en la vecindad. No tuvimos tiempo más que para ir a los parajes altos ayer, y mucha gente no estaba en casa cuando llegamos.

Fruncí el ceño, dándome cuenta de que Frank había quitado de nuevo la palabra a Red. Muchas veces me he preguntado si debiera tratar de juntar a Frank con algún otro, alguno que no sea tan indolente como Red, para poder tener a aquél un poco a raya. Quizá estaba hablando un poco más fuerte de lo acostumbrado esta mañana para tratar de ocultar el estado en que se hallaba.

—Perfectamente —observé—. Eso bastará.

Se levantaron y salieron, Frank primero. En la puerta Red se volvió y me hizo un guiño. Pero antes que tuviera tiempo de saber lo que quiso dar a entender con ello, supuesto que hubiera querido dar a entender algo, ya se había ido.

Cogí el teléfono para que hicieran pasar a la siguiente pareja de agentes, pero en el momento en que lo tuve en la oreja oí la voz de mi esposa:

—¿Walter?

Debí de haberlo cogido justamente, pues, de otro modo, habría empezado a sonar.

—Sí, querida —dije—. ¿Cómo está Carol?

—Está bien. No he llamado para eso, Walter. ¿Recuerdas que anoche...?

—Un segundo —dije—. Creí que quizá Carol estaba peor. Pero si es otra cosa, ¿puede esperar un rato?

—Ciertamente. ¿Quieres que vuelva a llamar más tarde?

—Yo te llamaré, querida, tan pronto como termine de distribuir el trabajo. No quiero tener a los muchachos esperando.

Cuando oí el golpe seco que me reveló que había cortado la comunicación, marqué el número de Carmody y le dije que hiciera entrar a Harry y Paul. Habría de hacerse una investigación en Campbell Street, pues Red y Frank sólo habían tenido tiempo de inspeccionar las casas adyacentes a la de Medley, y debería hacerse en seguida, mientras el recuerdo de lo ocurrido anteanoche estaba todavía fresco en la mente de las personas del vecindario.

—¿Saben algo sobre el caso Stiffler? —les pregunté cuando se hubieron sentado al otro lado del escritorio, frente a mí.

—Sólo lo que traía el Star de esta mañana —dijo Paul Geissler.

Harry White asintió con un movimiento de cabeza y dijo:

—Lo mismo que yo.

—Aquí está el legajo de él al día —indiqué, empujando el pliego hacia ellos—Léanlo..., no ahora, pero antes de que salgan de aquí. Lo que quiero que ustedes hagan, muchachos, es investigar aquella vecindad. Los dos lados de la calle y los dos lados del callejón que está detrás de Medley, una manzana completa en cada calle.

—No hay nada en el lado este de Campbel —dijo Paul—. Me refiero a residencias. Creo que hay un puesto para reparación de coches y un taller donde hacen toldos. Pero no están abiertos por la noche.

—Prueben, de cualquier modo —dije—, si están dentro de la manzana. Alguno pudo haber estado trabajando hasta más tarde, o quizá tengan un vigilante. Por supuesto, las casas serán lo más seguro. Ustedes pregunten acerca de la tarde y la noche del martes. Quiero saber si alguien vio personas sospechosas en la vecindad, algún coche que se detuviera o si alguien oyó un disparo, y en ese caso a qué hora. Traten de hacerles recordar si oyeron algo como un tiro, aun cuando creyeran que era una explosión de un motor u otra cosa similar.

—Perfectamente. ¿Algo más, capitán? —Paul cogió el legajo y lo puso en su regazo.

—Comprueben si alguien de la vecindad conocía a Kurt Stiffler o si lo habían visto alguna vez por allí antes. Muestren esta foto.

Abrí el cajón de mi escritorio y saqué de él una pequeña fotografía, que entregué a Paul.

—Eso es una reproducción de la foto de su pasaporte; la única que pudimos encontrar, pero es mejor que una del cadáver.

—¿Qué le parece si se añadiera a esto una descripción? —preguntó Harry—. Especialmente de cómo iba vestido en la. tarde del martes.

—Está en el legajo. ¿Más preguntas?

—Sobre ese tipo en cuyo patio fue hallado: Melody. ¿Hacemos preguntas sobre él?

—Medley —corregí—, John Medley. Podrían ustedes también averiguar lo que sus vecinos piensan de él. Y... ah, sí, otra cosa. El pretende haber permanecido en su casa toda la tarde del martes y dice que apagó las luces y se acostó alrededor de la medianoche. Traten de encontrar a alguien que pueda confirmar eso —y añadí como una reflexión tardía—: O desmentirlo.

Harry empezó a levantarse y luego se dejó caer de nuevo en la silla.

—Quizá esto esté en el informe, pero por si acaso no está, permita que lo pregunte mientras nos hallamos aquí. ¿Alguien ha examinado los cubos de la basura de esa manzana para ver si el asesino pudo haberse deshecho de la pistola metiéndola en alguno de ellos?

—Encontrarán una nota mía ahí —dije—. Llamé al Departamento de Sanidad ayer tarde. La basura de esa calle fue recogida ayer por la mañana y ha sido ya echada en el vaciadero y aplanada para llenar con ella muchos camiones. Se necesitaría una docena de hombres durante una semana para azadonarla toda y críbarla.

—Pudiera compensar.

—Y si encontráramos la pistola, ¿qué probabilidades hay de que pudiésemos seguir la pista? Si fuera un arma que pudiese ser identificada fácilmente, el asesino no se habría deshecho de ella de ese modo.

Lo cual era sensato, pero no contesté, porque eso no atañía a Harry. Me había asegurado sobre ese mismo punto examinándolo con el jefe y recibiendo su conformidad en esto: que la probabilidad de encontrar la pistola y poder seguir la pista no compensaba el considerable gasto de hacer una investigación tan difícil.

Cuidé de los otros destinos, ninguno de ellos sobre el caso Stiffler, hablé brevemente a los que yo seguiría manteniendo cerca para cualquier necesidad urgente, y luego me pregunté si debía redactar la carta a la policía de la ciudad de Méjico o llamar a mi esposa. Pensé que la carta tendría que ser bastante larga y complicada y determiné hacer la llamada telefónica primero. Por tanto, me puse en comunicación con mi mujer.

—¿Estás segura de que Carol está bien? —fue lo primero que le pregunté.

Nuestra hija de doce años se había quejado de dolor de garganta durante el desayuno; Ethel había decidido que no fuera al colegio y se quedase en casa sólo para aplazar la decisión de llamar o no al médico hasta que viera si la garganta parecía mejorar o empeorar durante la mañana.

—Carol está admirablemente —dijo Ethel—. Entre nosotros, Walter, no creo que realmente le doliera mucho la garganta. Me he acordado que se estuvo atormentando por un duro examen que tiene hoy en el colegio. Ella así lo ha reconocido.

—Entonces, ¿por qué no la mandas allá? Que lleve una excusa por llegar tarde, naturalmente.

—Transijamos. Dejaré que se quede en casa si pasa la mayor parte del día estudiando. Tendrá que hacer ese examen mañana si lo pierde hoy, y tú quieres que saque buenas notas, ¿verdad?

No estaba de acuerdo con ese modo de pensar, pero sabia que era inútil discutir si Ethel había tomado una decisión. Dijo simplemente que había hecho un convenio con Carol y, ¿acaso yo mismo no pactaba con criminales? ¿No era eso peor?

Pero ella no comprendería si le dijera que la clase de convenios que a veces hacíamos con un criminal, tal como avenirse a aceptar una declaración de culpabilidad por un delito menor antes que tener un litigio difícil para probar otro más grave, era necesario para hacer cumplir eficazmente la Ley. Si los departamentos de policía no transigieran y siguieran un litigio en todos los delitos, necesitaríamos diez veces más fiscales, jueces y tribunales. Tendrían que cuadruplicarse los impuestos para cubrir los gastos. Uno debe estar dispuesto a transigir, dentro de ciertos límites, en nombre de la razón.

—Está bien, Ethel —repuse—. Pero, ¿para qué llamaste?

—Oh, casi lo olvidé. ¿Recuerdas que anoche te dije que habíamos visto el nombre Medley antes? Bien, tenía razón. Recordé dónde, lo busqué con cuidado y estaba allí.

—¿Dónde estaba?

—En uno de los papeles de tu carpeta. Compramos nuestra casa a Medley.

—Estás loca, Ethel —exclamé—. Construimos nuestra casa; no la compramos a nadie.

—Quiero decir el terreno que compramos para edificar en él. Hace cuatro años, cuando decidimos construirla. Lo compraste por mediación de ese amigo tuyo que trafica en bienes inmuebles, ¿cómo se llama?, pero el nombre de John Medley figura ahí como dueño. Sabía que lo había visto en alguna parte.

—Qué estúpido —dije—. Dejé que Jerry se ocupara de todo ello y nunca vi al vendedor. Si vi u oí su nombre, no quedó grabado en mi memoria. Gracias, querida, por advertírmelo.

Después de colgar el teléfono, estuve pensando un momento que lo extraño de las coincidencias es que realmente se dan a veces.

Esto hacia que deseara conocer a Medley, especialmente porque no lo había visto en el tiempo en que le compré el solar, hacía cuatro años. Seria interesante poder decírselo.

¿Y por qué no debiera hacerlo hoy? Siempre ayuda ver el lugar de los hechos, y no sólo leer las descripciones de él. Sí, me gustaría mantener una conversación con John Medley y echar un vistazo al vecindario. Y si esperaba hasta después de recibir el informe del doctor Raeburn sobre el examen post mortem y hasta después de que Red o Frank hubieran telefoneado aquí desde la obra para que pudiera transmitírselo, podría matar dos pájaros de un tiro llamando a Paul y Harry. Podía entregarles el informe de Raeburn y los detalles sobre la hora y el género de muerte, para ayudarles en su investigación.

Sí, haría eso, y vería a Medley.
 
 
 
 

CAPITULO VI - FRANK RAMOS
 
 

Cuando nos acercábamos al garaje, Red preguntó:

—¿Quiere que haga el primer turno de conducir?

—Hizo el primer turno ayer. Yo conduciré.

—Necesitamos media hora para llegar allá. Usted podría dormitar un poco, Frank. Realmente debió haber estado deseando echarse un rato anoche.

—Yo conduciré —repuse.

Caramba, pensé, si tengo tan mal aspecto, el capitán Pettijohn debió haberlo notado también. En tal caso, fue una suerte que no me acusara de estar bajo los efectos de una pasada borrachera, porque eso habría significado decirle la verdad. Y la verdad, en este caso, no es nada que incumba a él, ni tampoco a Red.

Por suerte, Alicia no se halla a menudo en semejante estado.

Hice avanzar el coche en dirección a Stone, y luego nos dirigimos a South Sixth Avenue, siguiendo hacia el sur. Habíamos permanecido callados desde que yo insistí en conducir.

Finalmente, Red dijo:

—Paremos para tomar una taza de café. Quizá le haría bien.

—Tonterías, estoy bien.—dije—. Déjeme tranquilo.

—Si se pone tan provocativo, Frank, quizá debiéramos parar en un callejón y arreglar esto. Si una taza de café no lo sosiega, tal vez un golpe en las narices lo consiga.

Tuve que reírme.

—Tal vez —repliqué—, pero no estoy de humor para eso. Usted gana, Red; me siento irritable y provocativo, pero no tengo ningún motivo para tomarla con usted. Lo siento.

—Debiera haberla tomado con el jefe. Ese mojigato atontado.

—Sí, pero aprecio el sustento.

—Bien, ahora que se muestra más razonable, ¿qué le parece si paramos para tomar café? Yo quiero tomarlo, si usted no quiere.

—Me doy por vencido —dije—. Yo pago.

Tomé una taza de café fuerte. El café puro y muy caliente no es una panacea cuando se está fatigado en exceso y se ha dormido sólo un par de horas, pero ayuda ciertamente, y en esta ocasión me ayudó también.

Cuando nos pusimos de nuevo en marcha, no pude siquiera discutir sobre la cuestión de impedir que Red condujera, porque habíamos hecho una parada y era su turno. Pero nos quedaban sólo otros quince minutos o cosa así de trayecto y era inútil que yo probara siquiera a dormitar un poco. Especialmente mientras continuaba pensando en la noche pasada y seguía preguntándome si había algún modo por el cual pude haber evitado aquella discusión. Creo que no. Cuando mi mujer se halla en ese estado no se puede hacer nada más, a no ser abandonarla o dejarla fuera de cómbate. Pero esto último nunca lo haría yo. Abandonarla sería más fácil y vendría a ser lo mismo al fin y al cabo, porque si alguna vez le pongo la mano encima, ella me abandonará.

Algunas mujeres no lo harían, pero Alicia sí. Es de esa clase de personas. Dios sabe que cuando yo era un guardia uniformado en Meyer Street, topé con bastantes casos de esposas maltratadas, y a veces, estaba realmente justificado y posiblemente hacía algún bien. He visto que aquello podía enderezar a una mujer e incluso conservar un matrimonio.

Pero no era nuestro caso. La diferencia de nuestras razas se ha convertido gradualmente en una barrera entre nosotros dos. Ni siquiera me atrevería a amagar violencia porque ello significaría terminarlo todo. Quizá si tuviera un marido de ascendencia sajona él podría pegarla con impunidad, pero si yo lo hiciera sería porque soy mejicano, y los mejicanos son crueles, o los sajones creen que lo son. Es extraño; en el ardor de una fuerte reyerta, como la de anoche, pienso que, a veces, Alicia quiere que la abofetee. Pero hay algo en ella también, y estoy seguro de esto, que la impulsaría a odiarme después, si le pegara siquiera una vez.

—Ya estamos llegando —dijo Red—. Escuche, Frank, pasamos por delante de otro bar, y si cree que una rápida bebida le repararía... Si tomara ginebra o vodka nadie podría notarlo en su aliento.

—Gracias, Red —contesté—, pero puedo pasarme sin ella. Me siento mejor ahora.

La obra en construcción era una escuela superior. Parecía estar medio terminada y daba la impresión de que iba a ser un hermoso edificio. Sig Hoffman —probablemente se llamaba Sigmund o Siegfried o algo parecido, pero firmaba Sig desde que llegó procedente de Alemania— siempre levanta edificios bien construidos y que tienen un magnifico aspecto. Se sabe que rehúsa tratar acerca de un trabajo si no le gustan los planos y las descripciones.

Una barraca en un ángulo del solar era la oficina principal, y Red aparcó junto a ella. Nos apeamos, nos dirigimos allá y entramos. No había tabiques y parecía más espaciosa dentro de lo que uno hubiera creído viéndola desde el exterior. Evidentemente había más espacio del que se necesitaba, por lo menos en esa etapa de la construcción. Había cuatro escritorios bastante separados. En uno de ellos trabajaba una taquígrafa, en otra un muchacho rubio de unos diecisiete años y la tercera estaba vacía. En la mesa más alejada estaba el señor Hoffman, examinando un plano. Un ventilador hacía un ruido infernal y nadie nos oyó entrar. Fuimos directamente hacia la mesa del señor Hoffman.

Red y yo lo conocíamos; le habíamos hablado media docena de veces hacía poco más de un año, cuando hubo un robo en su oficina de la parte baja de la ciudad. Se habían llevado una pequeña caja de caudales que contenía poco más de dos mil dólares. Dos días después la caja vacía había sido hallada en el descampado cerca de Picacho, pero no se recuperó el dinero ni se detuvo a los ladrones. Nosotros habíamos averiguado quiénes eran, o por lo menos los nombres que usaron durante los cuatro días que habían permanecido en un hotel de Oracle Road, pero a la sazón hacia tres días que se habían marchado. Enviamos una descripción de ellos, por supuesto, y de su coche. Pero no se sacó nada en limpio. El señor Hoffman se había mostrado muy amable; no nos censuró por no haber recuperado su dinero, como hace mucha gente en parecidas circunstancias.

Levantó la vista mientras nos situábamos frente a su mesa. Es bajo —no mide más de un metro sesenta y cinco centímetros—, pero grueso y robusto, con un cuerpo parecido a un barril. Tiene sólo una orla de pelo alrededor de una calva lisa y reluciente, pero sus espesas cejas, que sobresalen casi dos centímetros, hacen que sus ojos parezcan feroces y repulsivos. Pero realmente es tan feroz como Santa Claus; un infeliz para todo lo que no sea un proyecto de obra.

—Hola, muchachos —dijo, y movió un pulgar en dirección a unas sillas junto a la pared—. Siéntense. Lo lamento, he olvidado sus nombres.

Se los dijimos.

—Desearíamos hablar a todos los que conocían a Kurt, señor Hoffman, pero puesto que tiene que salir pronto, supongo querrá que empecemos por usted.

—Perfectamente. Iba a salir ahora; terminé antes de lo que pensaba, pero me quedaré todo el tiempo que me necesiten. Empiecen.

—Gracias —repuse—. En primer lugar, si entendí bien, usted me dijo por teléfono que la última vez que vio a Kurt fue cuando él salió de aquí, el martes a las cinco.

—A las cinco o unos minutos después. El martes llegué casi a la hora de salir No me habría molestado en venir si no hubiera sido porque necesitaba unos papeles. Pero una vez aquí resolví que podía también examinar los informes y las listas de las horas de entrada; por tanto, me quedé aproximadamente otra media hora, hasta las cinco y media.

—¿Todos los demás salieron a las cinco, cuando se fue Kurt?

El asintió con un movimiento de cabeza.

—Se estaban preparando para salir cuando entré. Les dije que se fueran, que no necesitaba ayuda y que cerraría yo cuando me marchase.

—Luego, ¿la última vez que vio a Kurt fue cuando él traspuso esa puerta?

—No, lo vi unos minutos después. Me dirigía a ese archivo, eché casualmente una mirada por la ventana y lo vi allá fuera, esperando en la parada del autobús.

—¿Solo, o había alguien más esperando?

—Cuatro o cinco más. La mayoría de la gente que trabaja aquí usa sus propios coches, pero aproximadamente una docena usan el autobús.

—¿Por qué no habría una docena de personas esperando entonces? —preguntó de repente Red.

Hoffman se volvió hacia él.

—Algunos de los trabajadores emplean más tiempo que otros para asearse. No todos salen en el mismo momento.

Había sido una paciente respuesta a una pregunta necia; por lo tanto, tomé de nuevo la batuta en la conversación.

—¿Reconoció usted a algunos de los otros?

El se detuvo.

—No. Fue sólo un vistazo. Casualmente reparé en Kurt porque él se mantenía apartado, fuera del grupo que formaban los demás.

—¿Era eso característico en él, señor Hoffman? —pregunté—. Quiero decir, ¿obraba generalmente de ese modo?

—Desde el accidente en el cual había perecido su familia, sí —nos manifestó el señor Hoffman—. Era como un cadáver viviente, evitaba a la gente tanto como podía. Hasta comía separado de los otros; no mantenía ninguna conversación más allá de lo que le era necesario para su trabajo. No era grosero con nadie; era sólo frío, apático: quería que lo dejaran solo. Traté de hablarle unas cuantas veces y luego desistí. Todo lo que podía hacerse por Kurt era dejar que luchara y venciese él solo su desesperación; esperar a que gradualmente se librara de ella y volviese a ser el mismo. Hasta entonces nada podía hacerse por él.

Al parecer, antes del accidente, Kurt era introvertido y tímido, pero amistoso. Tenía poco contacto con los obreros, pero se llevaba muy bien con sus compañeros de la oficina, aunque según creía el señor Hoffman, no se había relacionado con ninguno de los empleados de la obra hasta el punto de extender su amistad más allá de las horas de trabajo. Ninguno de ellos, que supiera el señor Hoffman, había estado nunca en casa de Kurt ni conocía a su familia.

—¿Hay alguna probabilidad de que se avergonzara de tener una mujer mejicana? —pregunté.

El me miró con ceño.

—¿Por qué debiera avergonzarse?

Cambié de tema.

—¿Va usted á tomar a otro para que ocupe su lugar?

—No sé... No he pensado en ello.

—Si necesitara mucho a otra persona, hubiera pensado en ello —dije—. A lo que voy es a esto: ¿Hasta qué punto creó usted un empleo para Kurt Stiffler por compasión, porque él estaba en mala situación, era compatriota suyo y miembro de la misma iglesia?

—¿La misma iglesia? Yo soy luterano, pero amigo del padre Trent, y él dijo que Kurt necesitaba un contrato de trabajo antes de que pudiera conseguir un visado. Por tanto, pensé que podría emplearlo de algún modo.

—Creo que ha contestado a mi pregunta perfectamente —dije. Y me preguntaba por qué la había hecho. No veía cómo podía afectar a nuestra investigación el saber con seguridad que el empleo de Kurt no había sido indispensable y que su jefe era más que generoso al crear un empleo para Kurt antes que proporcionarle uno. Kurt podía quizás haberse suicidado si llega a darse cuenta de que le estaban dando limosna, en vez de una verdadera ocupación; pero ya que Kurt no se había matado, ese punto parecía desatinado.
 

El señor Hoffman había tratado de impedir que viéramos cómo consultaba su reloj de pulsera, pero yo no había dejado de advertirlo y comprendía que lo estábamos entreteniendo, por lo cual me volví y pregunté a Red si quería hacer otras preguntas; dijo que no, y dejamos que el señor Hoffman se fuera. Cuando salíamos de la oficina con el señor Hoffman, nos preguntó si deseábamos que nos presentara a los empleados. Le dijimos que no sería necesario; todos ellos se habían enterado del asesinato y estarían esperando que los interrogaran; por tanto, podíamos presentarnos nosotros mismos.

Pregunté a Red si creía que debíamos empezar por los obreros o entrar de nuevo en la oficina y hablar con las das personas que había allí.

—Probemos primero en la oficina, Frank —dijo—. Mientras estamos allí, podemos conseguir una lista de los obreros y estudiarla a fondo.

Eso tenía sentido; alguna vez Red tiene, ciertamente, una buena idea. La taquígrafa estaba más cerca de la puerta; por tanto, la abordamos primero. Acercamos unas sillas a su mesa y entramos en detalles tan pronto como nos hubimos presentado.

Se llamaba Rhoda Stern, nos dijo. No era una sirena y nunca lo había sido. Tenía por lo menos seis años sobre los treinta y era baja y regordeta; llevaba gruesas gafas cuya montura de concha, en ella, no parecía decorativa. y estaba molesta por el calor, a pesar de que no había más de treinta grados fuera, y dentro del local el ruidoso ventilador lo reducía a unos diez grados menos de eso. Un día caluroso para el mes de abril, ¿pero, qué haría ella cuando el termómetro marcara cerca de cuarenta en julio y agosto? A veces la temperatura. no desciende a mucho más de eso, si es que baja, en plena noche.

Pero era simpática; me agradaba. Le pregunté cuánto hacía que estaba en Tucson y nos dijo que seis meses; había llegado aquí en noviembre, de Minneapolis. Pero, ¿cómo podíamos soportar la chaqueta con un calor semejante? Podía haberle dicho entonces que más valía que empezara a ahorrar para largarse porque dentro de dos meses tendría que hacerlo; hay personas que no pueden aguantar el calor y ella era una de ésas. Si ella pasaba su primer verano aquí todo iría bien, y podía hacer eso si cambiaba de empleo y entraba en un edificio de oficinas, con aire acondicionado, en la parte baja de la ciudad, en vez de tener que trabajar en una casucha, que siempre parece más calurosa de lo que realmente es.

¿Kurt Stiffler? Le agradaba, pero era tan callado y tímido, tan difícil de llegar a conocer. Creía que quizá fuera porque su inglés no era perfecto.

—El martes, ¿se fue a su casa en autobús, o tiene usted coche? —preguntó Red.

—Ninguna de las dos cosas. No tengo coche, pero el señor Vaughn, el capataz, vive cerca de donde me alojo, y generalmente me lleva a casa, cuando salimos al mismo tiempo. A veces tiene que quedarse hasta más tarde, y entonces cojo el autobús; pero el martes me llevó él.

—¿Salió usted el martes de esta oficina antes o después de Kurt?

—Salimos juntos de aquí, pero una vez fuera, él fue en una dirección, hacia la parada del ómnibus, y yo fui en la otra dirección. Esa fue la última vez que lo vi.

—¿Fue usted a ver si se iba el capataz?

—No, fui a donde aparca su coche y entré en él para esperarle dentro. Cuando va a trabajar hasta más tarde de las cinco, siempre me lo advierte; si no, le espero en su automóvil. Siempre estoy lista primero, porque él tiene que lavarse y cambiarse la ropa.

—¿Y el autobús se había ido ya con Kurt cuando usted y el capataz salieron a la calle?

—No lo sé. El señor Vaughn atraviesa el solar y sale al otro lado, en Beekman Street. Por lo tanto, no pasa más por la parada del autobús.

No veía a dónde quería llegar Red con eso, y no creo que él lo supiera tampoco. Probablemente deseaba sólo entrar en conversación. Ella nos había dicho ya que la última vez que vio a Kurt fue cuando salió con él de la oficina.

—¿Tiene usted una lista de todos los obreros empleados aquí? —le pregunté—Necesitaremos hablar con cada uno de ellos por lo menos durante un minuto o dos, y nos ayudará si tenemos una lista para poder revisar y marcar los nombres.

Pensó un momento, y luego dijo:

—Ciertamente puedo darles la hoja de control de horarios del martes, que hizo Kurt. Recién la pasé a máquina.

Se agachó sobre el cesto de los papeles situado junto a su mesa y sacó un impreso con el nombre de los trabajadores y el número de horas que tenía cada uno, anotadas con lápiz, con una escritura de tipo claramente alemán.

—Aquí está.

—Gracias —dije, y la metí en el bolsillo—. Supongo que no es necesario que se la devuelva.

—No, tenemos ya la hoja escrita a máquina. Kurt las llenaba conforme a lo anotado en las tiras de papel y luego yo las escribo a máquina por triplicado, una hoja para los archivos de aquí, otra para el departamento de nómina y otra para la oficina principal.

—¿Y el joven que esta detrás de usted hace ahora las anotaciones en las hojas?

—Oh, no. Ahora las lleno yo. Las escribo directamente a máquina según lo anotado en las tiras de papel.

—Parece sencillo, pero, ¿no significaría eso que esta hoja en lápiz no era necesaria?

De nuevo se secó el sudor de la frente.

—Este calor es horrible. Claro, por supuesto que no era necesaria. Todos saben que el señor Hoffman creó esa ocupación porque tenía compasión de Kurt. Algunas de las cosas que hacia tenían que revisarse, pero Jorge y yo podemos entre los dos atender a ellas fácilmente.

—¿Jorge es el chico que está detrás de usted?

—Sí. Jorge Wicks.

—Señorita Stern, ¿cree que Kurt sabía que su ocupación aquí era..., bien, algo así como una limosna?

—Si no se daba cuenta de ello, debía ser bastante tonto.

Había algo en el modo con que lo dijo que me hizo preguntar:

—Dijo antes, señorita Stern, que le agradaba Kurt. ¿Realmente? Sea sincera.

—Bien, verdaderamente no veo que eso tenga importancia, señor Ramos.

—En efecto —convine—. No queremos insinuar que usted le tuviera tanta aversión como para eliminarlo de un balazo, señorita Stern. Pero es parte de nuestro trabajo averiguar todo lo que podamos sobre él, bueno o malo. Hasta las características que otras personas descubrieran en él.

—Bien, comprendo lo que usted quiere decir. Creo que, como evitaba tanto el trato social —y estoy hablando ahora de antes del accidente—, daba la impresión de creerse superior al resto de nosotros. Pero supongo que las personas como él suelen ser de ese modo, a menos que tiendan hacia el extremo opuesto y sean demasiado agresivas.

—¿Qué quiere decir con eso de las personas como él?

—Los judíos. Eso es otro asunto; nunca dijo a nadie que era judío, hasta que su historia se hizo pública en la crónica del periódico sobre el accidente. Creo que fue por ayudar a uno de su raza, por lo que el señor Hoffman le dio una ocupación. Es extraño, nunca pensé que el señor Hoffman fuera judío, pero creo que debe serlo también, puesto que salió de Alemania cuando Hitler subía al poder.

Me levanté.

—Gracias señorita Stern —dije, y me dirigí a la puerta—. Le deseo un verano muy agradable; espero que el calor no la moleste demasiado.

Red me alcanzó afuera.

—¡Eh! ¿No vamos a hablar con el chico también?—exclamó.

—Necesito aire fresco —contesté—. Ya le interrogaremos más tarde.

—Usted es muy susceptible sobre ese asunto de las razas, Frank. De modo que a ella no le agradan los judíos. Probablemente fue educada de esa manera; no puede remediarlo.

—Está bien, está bien —dije—. Busquemos al capataz.

Encontramos al capataz, Vaughn. No perdimos tiempo en preguntar cuál era su primer nombre. Le dije quiénes éramos y lo que estábamos haciendo, y luego le mostré la hoja de control de tiempo que nos había dado Rhoda Stern y le pregunté si estaba completa o si había habido ausencias aquel día. Pensó un momento.

—¿El martes? No; ni hoy tampoco. Podrán hablar con todos. Espero que no los entretendrán demasiado, sin embargo. Estamos un poco atrasados.

—Sólo unos minutos a cada uno —le prometí—. A no ser que demos con alguno que efectivamente conociera a Kurt o supiese algo sobre él.

—No lo encontrarán. Dudo que alguno de ellos lo conociera. Kurt nunca venia aquí y ellos no entran en la oficina. Todos conocen su nombre y saben quién era por las noticias del periódico de hace dos semanas y por la de esta mañana, de que fue asesinado. Diga, ¿estén ustedes seguros de que lo mataron?

—Sí. ¿Por qué?

—Bien, pudiera ser suicidio. Yo diría que lo fue. Nunca vi a un tipo obrar con más apatía que él.

—¿Lo conocía usted bien?

—No mucho. Entro y salgo de la oficina una docena de veces al día. Sin embargo, nunca logré un acercamiento a él.

—¿Probó usted?

—Sí, hasta cierto punto. Pero vi que a él no le complacía. Era un tipo extraño.

—¿Cuándo fue la última vez que lo vio usted el martes?

—Poco antes de las cinco. Vi subir el coche de Hoffman y cuando él entró en la oficina yo fui también, y le pregunté si necesitaba algo. Dijo que no, y me fui, como de costumbre.

—¿Y llevó en coche a Rhoda Stern hasta su casa?

El suspiró.

—Sí. Esa señora me está fastidiando, pero empecé a hacerlo y ahora no hay salida. Vive cerca de mi casa.

—¡Animo! —repliqué—. No continuará durante el verano.

—Espero que tenga usted razón. Me canso de oírla quejarse del calor. Y en abril, además.

—Gracias —le dije—. Bien, creo que...

—Eh! Esperen un momento. ¿Cuándo es el entierro?

—No se ha determinado todavía. El padre Trent, de la iglesia de San Mateo, va a atender a eso. Pero puede mirar los periódicos. Se anunciará por lo menos un día antes.

Vimos a la totalidad de los trabajadores, revisando y marcando los nombres después de haber hablado con cada uno. No supimos nada nuevo sobre Kurt; ninguno de ellos lo conocía mucho, aunque unos pocos le habían hablado cuando viajaban en el autobús con él.

Dimos con cuatro que fueron en el mismo autobús que Kurt el martes por la tarde. Dos de ellos vieron a Kurt apearse en la parada en que acostumbraba hacerlo, unas seis manzanas antes del final del trayecto, en la parte baja de la ciudad. Eso fue aproximadamente a las seis menos veinte. Teníamos ahora información hasta esa hora.

Comprobamos la exactitud de los informes que dieron sobre la ropa que llevaba, y que parecía ser la misma que vestía cuando lo vimos en el patio de la casa de Medley, excepto que iba en mangas de camisa al salir del trabajo y nosotros lo habíamos visto con la chaqueta puesta. Así, había ido a su casa desde la parada del autobús, poco después de anochecer.

Varios de los trabajadores, igualmente, preguntaron cuándo sería el entierro.

—Bien —dijo Red—, con esto terminamos; sólo falta el chico de la oficina. Jorge...

—Jorge Wicks —repuse—. Vámonos allá.

Sonaban las sirenas del mediodía y vimos que el chico salía de la oficina. Nos apresuramos, quizá se fuera a comer a su casa y se nos escapara. En efecto, así era, pero lo detuvimos cuando estaba a punto de partir en una bicicleta que yo había visto arrimada a un lado de la casucha. Le preguntamos si le importaría hablarnos antes de irse.

—Muy bien —dijo—, si no tardamos mucho.

No empleamos demasiado tiempo porque no obtuvimos nada nuevo de él.

—Bien —me preguntó Red—, ¿ahorramos diez pavos y telefoneamos desde aquí?

Por la ventana de la oficina pude ver a Rhoda Stern desenvolviendo un paquete de comida. Aun cuando la hubiese hallado agradable, no hubiera hecho la llamada desde allí, pues no quería que me oyera.

—Pagaré los diez centavos —dije—. Me toca conducir.

Entramos en el coche y nos dirigimos a South Avenue, hacia la droguería más cercana.

 El jefe no se había ido todavía a comer y pude hablar con él.

—Hemos terminado en la obra —le informé—. No hemos averiguado mucho fuera de que Kurt tomó el autobús para ir a su casa después del trabajo y se apeó en Burke Street, solo, aproximadamente a las cinco cuarenta.

El capitán gruñó:

—No es mucho para una mañana de trabajo. Bien, tengo el informe sobre la autopsia. La bala era de un veintidós corto, disparada de cerca, pero apenas con contacto; fue diagonalmente hacia arriba y terminó justamente detrás de la parte superior de la frente. Eso fue la causa de su muerte, que debió ser instantánea.

—Desgraciado caso, de cualquier modo —comenté.

—Sí. Y el doctor Raebum rectifica el cálculo que hizo sobre la hora en que murió; dice que fue más tarde de lo que él se figuraba; unas cuatro horas después.

—Eso lo situaría entre las ocho de la mañana y las dos de la tarde —dije.

—Justamente. Y si Kurt comió a la hora acostumbrada, probablemente murió más cerca de la primera de esas dos horas. De cualquier modo, la última vez que comió fue aproximadamente a las tres; probablemente emparedados: pan, salchichas y queso.

—Luego las ocho es la hora situada a la mayor distancia posible del momento de su muerte, ya que no comió a las cinco. Si fue directamente a su casa desde la parada del autobús, y preparó él mismo los emparedados y se los comió en seguida, habrían sido las seis antes de que hubiese empezado a comer. Por lo tanto, no pudieron haberle matado antes de las nueve. Más probable, a las nueve y media, si se tomó algún tiempo preparando los bocadillos y no los tragó sin mascar. ¿Nada más? ¿Ni siquiera un trago?

—Nada de alcohol, desde luego.

—Extraño —dije—. Esperaba que hubiese tomado jerez.

—¿Jerez? ¿Por qué?

—Medley nos lo ofreció a Red y a mí cuando le hablábamos. Un jerez seco y muy bueno —suspiré—. Bien, lo tomamos, y suponía que Kurt lo hubiera hecho también.

El capitán resopló.

—Pierde usted el tiempo sospechando de John Medley.

—No es el tiempo —dije—. Pierdo una pista, tal vez ¿Se ha averiguado algo más con la autopsia, capitán?

—Nada que guarde relación directa con el asesinato. Su estado de salud y su constitución física eran deplorables. Raeburn dice que debiera haber estado en un hospital; es un prodigio cómo podía andar por ahí.

—¿Que estaba enfermo?

—Mucho. Tenía el corazón dilatado; anemia..., un número extremadamente bajo de glóbulos rojos. Los dos pulmones casi calcificados, aunque el bacilo tubérculos no parecía estar activo. Los riñones y el hígado en muy mal estado. No voy a citar los detalles y palabras técnicas. Usted mismo puede leer el informe cuando venga.

—Perfectamente —asentí—. Bien, ¿volvemos allá para investigar por la vecindad y ver si podemos conseguir algo más?

—Sí, podrían hacerlo. Alguien tuvo que haberle visto.

—Está bien, capitán. Le veré luego.

Cuando me hube apartado del teléfono dije a Red:

—Nada de particular. Se lo revelaré en el coche ¿Quiere comer en algún sitio determinado?

Resolvimos el problema de la comida mientras volvíamos al coche y cuando nos metimos en la sexta avenida pasé a Red la información que el capitán Pettijohn me había dado por teléfono.

—Esto lo facilita más, en cierto modo —dijo Red.

Le pregunté por qué.

—Así sabemos más acerca de la forma en que empleó su tiempo. Pero alguien tuvo que haberle visto después de que se apeara del autobús.

Alguien en efecto le había visto, según averiguamos, pero eso no nos ayudó mucho. Era un tal Juan Romero, el dueño de la pequeña tienda de comestibles, en el piso inferior de la misma casa donde habla vivido Kurt. Fue nuestra primera parada de hoy, pues estaba cerrada anoche cuando empezamos nuestra investigación.

—Sí —dijo Juan Romero—, conocía a Kurt Stiffler. Es decir, como cliente.

—¿Cuándo fue la última vez que lo vio?

—La tarde en que lo mataron. Se detuvo aquí al regresar a su casa.

—¿Sabe usted a qué hora fue eso?

—Antes de las seis; las seis menos cuarto, quizá. La hora acostumbrada. Casi siempre se detenía aquí al regresar a su casa después del trabajo.

—¿Recuerda usted lo que compró?

—Una hogaza de pan de centeno. Espere..., no. Compró queso; cien gramos de queso de bola.

—¿Salchichas de alguna clase?

—No, entonces. Pero compraba salchichas algunas veces.

Continué indagando y conseguí un poco más, no mucho. Kurt no había obrado fuera de lo normal. No hubo más que la necesaria conversación para la compra del pan y el queso. Cuando Kurt salió había ido en dirección hacia la puerta que conducía a los apartamientos de arriba, pero Romero no lo vio entrar, realmente. Estaba en el fondo de la tienda y no pudo verle cuando entraba, si así había sido.

Pregunté si era Kurt un cliente regular.

Lo había sido durante las dos últimas semanas, desde que murió su familia. Generalmente hacía sus compras al regresar a su casa después del trabajo, aproximadamente a la misma hora todos los días. Comúnmente adquiría pan y algo para hacer bocadillos. A veces, pero con menos frecuencia, latas de conservas, especialmente habas y sopas, y de cuando en cuando tortas de maíz.

A Romero le parecía que Kurt prescindía del desayuno o lo tomaba en un restaurante, camino del trabajo, pero se hacía la comida que llevaba al trabajo y preparaba casi siempre sus comidas de la noche.

¿No habían sido los Stifflers clientes regulares, antes del accidente? No; como tenía que comprar para cinco personas, la señora Stiffler hacía sus compras importantes en un supermercado a unas cuantas manzanas de distancia. Romero no le reprochaba aquello; una pequeña tienda de barrio como la suya no podía competir con los precios del supermercado. Por supuesto, compraba a veces, cuando se quedaba sin algún artículo, o los alimentos que se estropean pronto. Los precios de los comestibles aquí, y especialmente los precios de la carne, son mucho más altos que en Méjico, y hasta los precios de los supermercados horrorizan a las amas de casa mejicanas cuando llegan al país.

Pero Kurt hacía todas sus compras a Romero. No eran importantes, por lo que respecta al precio. Y además, apuntaba Romero, los hombres odian los supermercados. No les gusta recorrer docenas de pasillos buscando lo que necesitan y les repugna permanecer en fila esperando turno para pagarlo.

Quizá él tuviera razón en eso. Yo mismo nunca voy a un supermercado si puedo evitarlo. Y cuando el sábado, que es el día que tengo libre, Alicia me acosa para que la lleve en coche a un mercado para hacer las compras de la semana, lo hago, pero a disgusto.

Eso era todo lo que sacamos de Romero.

Pero aquello cambió un poco lo que sabíamos de Kurt Stiffler, en el tiempo y en el espacio. En el tiempo aquello lo situó a las seis, de un modo aproximado, ya que habría empleado unos diez minutos en ir allí desde la parada del autobús, y probablemente otros cinco para hacer sus compras y pagarlas. En espacio, lo llevaba a la zona residencial. Parecía muy improbable que se hubiera detenido para comprar comestibles en una tienda del mismo edificio donde habitaba, para dirigirse luego a otra parte, en vez de subir a su apartamiento.

—Bien —pregunté a Red—, ¿continuamos con la investigación, o damos primero una ojeada al piso de Stiffler?
 
 
 
 

CAPÍTULO VII - FERN CAHAN
 
 

El pobre viejo Frank estuvo de un humor de perros toda la mañana. Se hallaba bajo los desagradables efectos de una borrachera, en el peor estado en que yo lo he visto jamás, y en cierto modo me culpo a mi mismo por no haberle hablado con más energía, llevándolo luego en coche a su casa desde el bar, en vez de dejarlo allí para que continuara bebiendo. Y whisky, además. Yo sigo fiel a la excelente y antigua cerveza.

Y el modo con que habló a Rhoda Stern en la escuela superior era significativo. Ciertamente que el prejuicio de raza es su punto flaco y puedo comprender eso, pero se puede llevar el odio al prejuicio hasta el punto de tener uno mismo prejuicios, es decir: prejuicios contra todos los que tienen prejuicios. Y eso les sucede a todos. Algunos lo ocultan, nada más.

Pero se había recobrado ahora, y tenía además mejor aspecto. No hay nada como un buen almuerzo para remediar los penosos efectos de una borrachera, y habíamos hecho uno excelente, en “La joya”.

Al salir de la tienda de comestibles, Frank me preguntó si íbamos a subir para dar otro vistazo al piso de Stiffler. “¿Para qué?”, le dije. La noche pasada habíamos estado allí, lo habíamos examinado todo y pusimos un candado en la puerta para que nadie la forzara, aunque poco había allí para robar. Pero eran órdenes del jefe; siempre se inquieta por la posibilidad de que alguien eche a perder las pruebas, aun cuando no haya ninguna.

Pero Frank demuestra bien a veces lo que se propone y así lo hizo esta vez.

—Debiéramos dar otro vistazo a la nevera, Red —dijo—, ahora que sabemos lo que compró y comió, y cuándo lo hizo. Registraremos el lugar para ver si hay papeles o cartas o algo por el estilo.

Eso tenía sentido; por lo tanto, le dije que me parecía muy bien.

Subimos, saqué la llave, abrimos la cerradura y pasamos adentro. Mientras yo cerraba la puerta, Frank se dirigió a la nevera y la abrió. Era una de esas neveras anticuadas; estaba funcionando y era muy ruidosa. Sacó una hogaza de pan de centeno, de esa clase que viene empaquetada y ya cortada. El paquete había sido abierto y faltaba algo de pan, no mucho.

—Bien —dijo Frank—. Esto es una prueba palpable de que él volvió aquí. Este debe ser el pan que compró.

Siguió hurgando dentro.

—Y aquí está..., sí, éste es el queso de bola; ha sido abierto también. Y aquí hay algunas salchichas, de dos clases. Bastante para preparar con ello un almuerzo para llevárselo al trabajo el miércoles.

Me uní a él y le ayudé a examinar el resto de la nevera. No había mucho en ella, fuera de las cosas que habíamos encontrado. Un bote de escabeche, margarina, una lechuga marchita, pocas cosas más. Frank cerró la nevera y se incorporó.

—Bien, ¿algo más mientras estamos aquí?

Moví la cabeza. Habíamos examinado ayer tarde las dos habitaciones de que constaba el piso, y fue descorazonador.

Los vestidos de la mujer y la ropa de los tres niños estaban todavía allí, en el armario y en la cómoda; aparentemente él no se había desprendido de nada. Había cinco cepillos de dientes en una repisa, sobre la pila de la cocina. El piso no tenía cuarto de baño, aun cuando había un cuarto de aseo de reducidas dimensiones. Buscamos principalmente papeles y cartas, y habíamos encontrado poca cosa, nada que nos revelara algo que no supiéramos ya.

—Este lugar me desconcierta, Frank —dije—. Salgamos... aunque, espere un momento. Tenemos aquí quietud y es un buen sitio para hablar sobre algo que me ha estado preocupando.

Frank separó una silla de la mesa y se sentó en ella, cruzando los brazos por detrás, sobre el respaldo.

—Diga lo que tenga que decir —indicó.

—Quizá yo esté loco —expuse—, pero no estoy enteramente convencido de que el tipo no se suicidara. Confieso que no veo cómo pudiera realizarlo, pero dejemos eso por un momento. Consideremos los motivos que tenía. Dígame, Frank, de todos los casos de suicidio que hemos examinado, ¿cuántos tenían tantos motivos para hacerlo como Stiffler lo tuvo? Pierde de repente todo lo que tiene en el mundo, junto con sus seres queridos..., y se culpa a sI mismo de ello. Con una salud quebrantada que probablemente nunca iba a mejorar, ¿para qué tenía que vivir?

—Para nada —dijo Frank—. Estoy con lo que usted me dice. Continúe. De diez casos de suicidio que hemos examinado, no más de uno mostraba mejores motivos.

—Y a casi todos los que hemos hablado, de los que lo conocían, parece haberles extrañado que no lo hiciera. Además, lo que dijeron sobre su forma de actuar... tres de ellos señalaron que parecía un alma en pena. ¿Tengo razón?

—Creo que quería quitarse la vida —dijo Frank—, y lo único que se lo impedía, tal vez, era su religión. Los cristianos, en general, y los católicos en particular, lo consideran un pecado mortal. Yo opino como Schopenhauer.

—¿Quién es? —pregunté.

—Un alemán. Dijo que el suicidio es un derecho inalienable de todo hombre, acaso el más inalienable, ya que no pidió nacer y, por lo tanto, no está obligado a soportar su existencia más tiempo del que él desea.

—Yo diría que eso es ir un poco lejos, pero..., volvamos a Stiffler.

—Iba usted a explicar cómo se suicidó.

—Quisiera poder explicarlo. Lo que quiero decir es esto, Frank. Sólo porque recibió un tiro en la parte posterior de la cabeza y no apareció ninguna pistola junto al cuerpo, no hemos de desechar completamente la posibilidad del suicidio. Tenía motivos de sobra para ello y, por lo que podemos adivinar, nadie tenía ninguna razón para matarle. Apenas podría haber explicaciones para esas dos cosas.

Frank me miraba con ceño fruncido. No dijo nada durante casi un minuto y luego habló.

—Red, a veces me asombra —dijo—. Usa usted esa cabeza de zanahoria para algo más que para aprender canciones de vaqueros. Ciertamente, he estado pasando por alto la posibilidad del suicidio, y no tengo ningún derecho a ello, con un motivo tan poderoso como tenía Kurt. Bien, consideremos el asunto. Tomémoslo punto a punto. Supongamos que pienso en voz alta; cada vez que usted tenga que hacer una indicación me interrumpe. ¿Estamos?

—De acuerdo.

—Ensayemos lo del suicidio primero y hagamos la demostración. Luego retrocederemos al principio.

Se levantó y sacó el revólver de su pistolera. Frank lleva un “S&W.” especial del treinta y ocho con cañón de cuatro pulgadas. Hizo girar el cilindro, expulsó las balas y las puso sobre la mesa de la cocina junto a él.

—Observe. —Se volvió de espaldas a mí, extendió el brazo rodeando por detrás de él y apuntó con la pistola hacia arriba. La boca del arma tocaba la parte posterior de su cuello, un poco más arriba del cuello de la camisa, y subió unos dos centímetros cuando se esforzó más.

Inclinó la cabeza hacia atrás tanto como podía; la boca del arma estaba ahora contra la nuca.

—Bien —dije—. Ese es aproximadamente el punto por donde penetró la bala. A una distancia de un centímetro.

—Pase a un lado —dijo él— y considere el ángulo. ¿Por dónde saldría si me atravesara?

Di unos pasos alrededor y examiné la posición.

—Justamente por la línea del pelo. Y usted dijo que en Stiffler se halló exactamente detrás de la parte superior de la frente. Eso es bastante aproximado, Frank. Especialmente si consideramos que tenía el cuello flaco y que era probablemente un poco más flexible que el suyo.

—Esto daría una herida con contacto, y en la suya no hubo un contacto real; la boca del arma estuvo a pocos milímetros de la piel. Pero creo que si apretara el gatillo haría recular la pistola esa distancia. Esté atento.

Oprimió el gatillo y vi que tenía razón.

—La ha hecho recular aproximadamente dos centímetros —observé.

Frank parecía pensativo mientras reponía las balas en la pistola y la enfundaba de nuevo.

—Perfectamente —dijo-. Por lo que nos muestra la herida misma, bien pudo haberse suicidado. Pero es una manera absurda de hacerlo. Nunca he sabido de un suicidio en que se intentara ese ángulo. Suele hacerse en la sien, o a través del paladar.

—A menos que lo hiciera de ese modo porque quisiese dar la impresión de que no fue un suicidio.

—Eso ocurre a veces —dijo Frank—, pero casi siempre es porque el suicida tiene una póliza de seguros y quiere que su familia cobre el dinero. Eso no podría aplicarse aquí. No sólo Kurt no tenía familia de la cual debiera preocuparse, sino que no tenía ningún seguro.

—En realidad, no encontramos ninguna póliza, pero, ¿y si hubiera dejado una al hombre al cual pidió dinero prestado en Ciudad de Méjico, como garantía? Así hubiera recuperado su dinero.

—No pudo haber tenido seguro alguno. Según el informe de la autopsia, no podría haber pasado un examen si un médico lo hubiera reconocido. Pero omitamos ese punto. Sólo estamos tratando de determinar si el suicidio fue posible. Admito que Kurt pudiera haber tenido algún motivo absurdo para no querer que la gente supiera que se había quitado la vida. Quizá no quería que el padre Trent supiera que había flaqueado. Trent debió haber estado dándole ánimos.

—Eso explicaría también por qué no se mato aquí, en su propio apartamiento —señalé—. ¿Pero por qué escoger el patio interior de la casa de Medley?

Frank se encogió de hombros, y se sentó de nuevo en la silla.

—¿Por qué tenía que escoger algún lugar? Digamos que salió a pasear, a la ventura, con la pistola en el bolsillo, hasta que bajo una fuerte excitación nerviosa decidió usarla. Estaba paseando por Campbell, quizá al sur, hacia los carriles de la vía férrea. Decidió quitarse la vida y creyó que allí, junto a las vías, sería un buen lugar para que el caso fuera considerado como robo con asesinato. Por el camino, ha echado la cartera y el dinero, si tenía alguno, en una alcantarilla, para que pareciera que el supuesto asesino se lo llevó.

—Frente a la casa de Medley cobra ánimos y no quiere esperar más. Pero quiere un sitio retirado para eso, no piensa hacerlo justamente fuera, en la acera; por tanto, se va detrás de la casa... Diablos, casi empieza a tener sentido.

Esa había sido mi idea, pero me hallé a mi mismo argumentando contra ella.

—Pero Medley estaba en casa y la luz estaría encendida —dije.

—Y quizá el tocadiscos a pleno funcionamiento. No pensamos en preguntar a Medley si lo había estado haciendo funcionar y lo había puesto muy alto, porque creíamos, cuando le hablamos, que Kurt había muerto después de la medianoche y Medley nos dijo que se acostó entonces. Pero si el tocadiscos fue puesto muy alto eso explicaría que Medley no hubiera oído el disparo, como ocurrió. Porque, en efecto, le preguntamos si había oído un tiro en algún momento, al anochecer o durante la noche.

—Pero el fonógrafo tuvo que haber sido puesto excesivamente alto, Frank —dije—, para que Stiffler hubiera pensado que Medley no lo oiría.

Frank hizo un gesto de impaciencia.

—Quizá no le importara que oyeran el disparo, O tal vez quería morir con música. ¿Quién sabe cómo funciona la mente de un hombre cuando está bastante desesperado como para quitarse la vida?

Se rió de repente.

—Nos figuramos todo excepto a dónde fue a parar la pistola, y nos atenemos a esa breve noticia del periódico. ¿Qué pudo ser de la pistola, Red?

—Una vez leí una novela de misterio —dije—. He olvidado de quién era, pero trataba sobre un individuo que quería quitarse la vida y no deseaba que la cosa pareciera un suicidio, ¿comprende? Entonces disparó sobre si mismo con un revólver pequeño y ligero, quizá fuera un veintidós, justamente junto a una ventana abierta. Cuando lo hallaron no había ningún arma por allí, dentro de la habitación o fuera de ella.

—No se detenga ahora, eminencia. ¿Qué fue del revólver?

—El tipo había cogido una lechuza, y ató una cuerdecita desde el resguardo del gatillo del revólver a la pata del ave, a la que mantuvo bajo el brazo izquierdo cuando disparó el arma contra sí mismo. De modo que la lechuza salió volando por la abierta ventana, hacia el monte, con el revólver colgando de su pata.

Frank reclinó la cabeza y se echó a reír de una manera estrepitosa.

—Oh, no estoy sugiriendo que fue eso lo que hizo Kurt Stiffler —afirmé—. Lo mencioné sólo para mostrar que hay maneras de que un hombre pueda matarse con un arma y no la tenga al lado cuando lo hallen, ¿comprende?

Frank se estaba secando las lágrimas de los ojos.

—Lo siento, Red, no me reía de usted. Me reía sólo del cuadro que se ofreció a mi mente, con Kurt dando ese ultimo paseo con un ave bajo el brazo. Un buitre, sin duda. Una lechuza sería demasiado pequeña.

Hice una mueca.

—Un buitre no valdría. Revolotearía por allí, o se alejaría describiendo un circulo y volvería. Pero bien, consideremos lo que realmente pudo haber ocurrido en este caso. Alguien halló la pistola la mañana siguiente y se la llevó; un niño que pasaba por la calle, quizá. El arma podía fácilmente haber estado suficientemente apartada del cuerpo y situada en donde el niño pudo verla. El chico salta por encima de las zarzas, entra de puntillas en el patio y hurta la pistola. No olvide que en la posición en que yacía Stiffler el orificio de la bala no se veía y el niño pudo creer que dormía. Después, el niño se entera de que la pistola estaba junto al cadáver y teme decírselo a alguien. Entonces se deshace de ella.

—Podría ser —dijo Frank—, pero no cedo. Un hombre tendido de espaldas con una pistola cerca de él..., ¿cuántos niños tendrían el valor necesario para meterse en un patio ajeno y acercarse para arrebatar la pistola? Y si el chico se hubiera acercado allí, habría visto que los ojos de Kurt estaban abiertos, y por tanto comprendido que no estaba dormido. Estaría despierto o muerto. Un niño hubiera echado a correr como el diablo sin extender siquiera el brazo para recoger el arma, y usted lo sabe. Un adulto, digamos un vagabundo, se largaría de allí aún más rápidamente, y no se llevarla la pistola aun cuando fuera de oro y estuviese adornada con diamantes.

Me dolía reconocerlo, pero él tenía razón. Yo no había hablado en serio, por supuesto, sobre lo del ave, pero me había figurado seriamente que un niño podía haber hurtado la pistola. Sin embargo, había olvidado completamente que los ojos del cadáver estaban abiertos.

—Otra cosa, Red —dijo Frank—. Quizá él no se imaginara que la pistola iba a ser arrebatada. Y tampoco habría escogido un modo tan tosco de pegarse un tiro, apuntando el arma a la parte posterior de su cabeza, a no ser que quisiera que lo tomaran por un asesinato, en vez de un suicidio. Pero si hubiéramos hallado la pistola cerca de él, la primera cosa en que habríamos pensado sería la sencilla prueba que hice hace unos minutos, para ver si pudo haberse matado de ese modo. Y después de saber quién era y los motivos que tenía para matarse, no habríamos tenido la menor duda que se trataba de un suicidio.

—Está bien —dije—, fue una idea disparatada. Olvídelo.

Frank movió la cabeza.

—No, no lo olvidemos, Red. Sigamos pensando en ello. No sé si un búho puede salir volando con una pistola atada a su pata; no sé tampoco si un niño o un vagabundo pueden arrebatar una pistola que se halla junto a un cuerpo, aunque no ciertamente si el cadáver tiene los ojos abiertos. Un niño se habría asustado por un motivo, un vagabundo por otro. Pero eso no quiere decir que no pueda haber alguna explicación, para la desaparición de la pistola, en la que no hayamos pensado todavía.

—Supongo que la idea de un cómplice está completamente fuera de lugar —sugerí—; alguien aleccionado para llevarse la pistola después de haberse matado Kurt con ella.

Frank parecía pensativo. Luego dijo:

—Me temo que sí, en este caso particular. Suponiendo que en efecto se matara, alguien pudo simpatizar con los motivos que tuvo para hacerlo. Pero no puedo imaginar que ningún amigo suyo se prestara a ir a la cárcel por ayudarle en eso. Ni que Kurt pidiera a nadie que lo hiciera. Han habido casos de un cómplice que ayuda a alguien a suicidarse, pero en circunstancias bastante diferentes.

—¿Por ejemplo? —pregunté.

—Es extraño, pero justamente ayer estaba pensando que nadie se suicida con ayuda de un cómplice, a menos que sea un pacto suicida, y olvidé completamente el caso Winkelman. Hace un par de años, aquí mismo en Tucson. Antes de que trabajáramos juntos. Me ocupé de él, por algún tiempo, con Jay.

—Ni siquiera me enteré de ello, que yo recuerde. ¿Qué sucedió?

—Un tipo llamado Ernest Winkelman estaba en un hospital de Tucson muriendo lentamente de tuberculosis del estómago. Eso es muy penoso, peor que el cáncer e igualmente fatal. Cuando murió, el médico hizo algunos exámenes y luego la autopsia. La muerte habla sido producida por unas docenas de cápsulas de calmantes, una clase llamada dormisona.

Hizo una pausa y agregó:

—No las había traído él y tampoco había esa droga en el hospital. Por lo tanto, alguien se las había traído para ese objeto.

—¿Averiguaron quién era?

—No había duda de que era su esposa. Fue casi la única visita que había tenido en todo el tiempo. No hacía mucho que vivían aquí cuando ingresó en el hospital; por tanto, no había tenido oportunidad de hacer amistades en el lugar, y menos un amigo suficientemente íntimo para exponerse a ir a la cárcel por él de esa manera. La esposa no quiso someterse a una prueba del detector de mentiras; dijo que no creía ni tenía confianza en ello, lo cual es muy corriente; todos dicen lo mismo cuando temen someterse al detector. Pero la mujer negó haberle traído la droga y no le encontramos dormisona, por lo cual no se le acusó. Y me alegro de ello; habría sido horrible tener que acusar a alguien por eso.

—Sí —afirmé—. Comprendo lo que quiere decir con eso de que las circunstancias sean diferentes. Un hombre como ése necesitaría ayuda exterior, pero Stiffler... Oiga, Frank, estaba pensando en algo.

—¿Se refiere a comprobar si Kurt compró una pistola desde que ocurrió el accidente del coche?

—O antes —dije-. Hace sólo cuatro meses que se estableció aquí; por lo tanto, si alguien le vendió un arma en ese espacio de tiempo recordarían su aspecto.

Frank sacó cigarrillos, me dio uno y se puso otro en la boca. Hice funcionar mí “Zippo” y encendimos.

—Vale la pena de probar —dijo Frank—. Necesitamos sólo un par de horas para recorrer todos los lugares de la ciudad donde pudiera haber comprado una. Preguntaremos al jefe, cuando informemos, si debemos poner eso en la agenda mañana. Si Kurt compró en efecto una pistola, un veintidós, especialmente después del accidente, estudiaremos mejor la posibilidad del suicidio e investigaremos sobre quién pudo haberse llevado el arma después que él se matara.

—Perfectamente —dije—. Creo que el jefe se mostrará conforme con ello. Pero no creo que vaya a admitir esa posibilidad del suicidio, Frank. No tiene la imaginación que tenemos nosotros. No le digamos que queremos comprobar si Stiffler compró un arma de fuego. Convenzámosle de que sería una buena idea revisar las recientes ventas de pistolas del veintidós.

—Excelente, Red. Quizá averigüemos que Medley compró una. Pero lo dudo; es un individuo demasiado astuto para eso.

—¿Todavía considera usted a Medley como probable asesino? Vamos, Frank, eso no tiene sentido.

—Bien, veamos si podemos terminar la inspección del vecindario hoy. Sospecho que no vamos a sacar nada en limpio, pero de cualquier modo podríamos terminar esa penosa tarea.

No sacamos nada en limpio.

Recorrimos los dos lados de la manzana donde él vivía y hallamos aproximadamente una docena de personas que lo conocían “ligeramente” o que le habían            hablado; los otros lo conocían sólo de vista, aunque           todos sabían quién era y algo sobre él, pero nada que no supiéramos ya. El accidente, el cuádruple entierro y el examen de testigos le habían dado por lo menos fama local, sin mencionar la noticia del asesinato que había salido en el periódico de esta mañana. Nos hicieron más preguntas a nosotros que las que les hicimos a ellos.

Pero nadie que recordara haber visto a Stiffler el            martes por la tarde.

Dimos con dos mujeres que afirmaban haber tenido amistad con su esposa y que hablaban el español. Habían estado en el piso de Stiffler y la esposa de él había estado en las casas de ambas, pero solo de día, mientras Stiffler estaba en el trabajo. En las pocas ocasiones en que se mencionó la posibilidad de hacer una reunión, Carmelita Stiffler (esa era la primera vez que oía su primer nombre) se había excusado, explicando que su esposo no gozaba de muy buena salud y tenía que pasar las tardes descansando y acostarse temprano. Conseguimos algunos detalles sobre los tres hijos de Stiffler; parece que eran muy inteligentes, tenían buena salud y se            portaban muy bien. Pero, puesto que todos ellos habían   muerto, eso no iba a ayudarnos tampoco.

Entramos en el coche alrededor de las cuatro y media y nos dirigimos hacia la jefatura para presentar el informe.

—¿Qué diablos se figura usted que le ocurriría a Kurt—pregunté a Frank—, para no haber hecho ninguna amistad en su propio vecindario ni en el lugar del trabajo? Indudablemente, tenía poca salud, pero aún con eso, vaya, debiera haber tenido algunos amigos.

—Creo que hallaremos unos cuantos —dijo Frank—. No muchos y no muy íntimos, para cuatro meses. Sumemos a eso la timidez, introversión, carencia de vigor, y una esposa y tres niños para mantenerle ocupado, y es de esperar que hubiera hecho una multitud de amistades. No era un tipo alegre, en toda la acepción la palabra. Pero era bastante amistoso con la gente Nogales como para ir en coche hasta allí para asistir a una boda. Mi suposición es que cuantos amigos tuvo los conoció por medio de la iglesia. Tendremos que verificar eso con el padre Trent, y también sus relaciones con la gente de Nogales. Sólo nos preocupamos de la identificación y de su pasado en general, cuando hablamos con Trent ayer; no sabíamos qué preguntas hacerle.

El capitán Pettijohn parecía estar de mal humor cuando le informamos de lo poco que habíamos averiado.

—Está bien —dijo, frunciendo el ceño—. De modo que Kurt se fue directamente a su casa desde la parada del autobús, deteniéndose sólo en esa tienda de comestibles, y comió en su apartamiento. Pero salió de nuevo su casa, ¿y ustedes, muchachos, quieren hacerme creer que nadie lo vio salir?

—Nadie, que nosotros supiéramos —dijo Frank.

—Creo que más vale que investiguen un poco más mañana —dijo el capitán—.No todos habrán estado en casa hoy.

—Tenemos una lista de los lugares donde no había nadie en casa —dijo Frank—; eran pocos. Pero había sitios en donde hablamos con una mujer solamente, porque su marido estaba trabajando. Tendremos que hablarles al anochecer, o esperar hasta el fin de semana.

El capitán frunció de nuevo el ceño.

—Trabajaron hasta muy tarde anoche y siento pedirles que lo hagan otra vez, pero tenemos que movernos en este asunto. El jefe superior me llamó hace sólo media hora y no estaba contento de lo que pude comunicarle.

—Por mí, encantado de trabajar esta noche, capitán—dije. Miré a Frank y él asintió con un movimiento de cabeza, pero no parecía gustarle eso.

—Bien —dijo el capitán—, he aquí otros hechos referentes al caso. Los trabajadores del ferrocarril cogieron a un muchacho de diecisiete años con un revólver del veintidós encima. Está en la cárcel ahora. Haremos una acusación contra él por ocultación de armas y compararemos las balas de esa pistola con la que fue sacada de la cabeza de Stiffler. Si es igual, ya tenemos algo. Pero no tengo muchas esperanzas al respecto. El chico dice que estaba en El Paso el martes por la tarde y que puede probarlo. Además, lo encontraron en el vagón de un tren de carga que acababa de llegar.

—Pudo haberse metido allí en el extremo de la ciudad —dije.

—Pudiera ser. Pero si hubiera cometido un asesinato aquí, ¿por qué habría ido al extremo de la población saltando luego dentro de un vagón para volver de nuevo? Creo que podemos olvidarle, por lo que respecta al caso Stiffler, a menos que la bala resulte ser igual. Otra cosa. Mandé a Paul y a Harry que pasaran todo el día investigando en la vecindad de Campbell Street. Nadie reconoció una fotografía de Stiffler y nadie había visto nada sospechoso en el vecindario el martes por la tarde. Yo mismo estuve allá, hablando con John Medley. Un caballero muy atento, Frank. No puedo imaginar de dónde sacó usted la extraña idea de que pudiera estar complicado en el asesinato. ¿O lo ve todavía de ese modo?

Frank se encogió de hombros.

—Creo todavía que es de cuidado. No lo perderé de vista hasta que aparezca algo mejor.

El capitán lo miró ceñudo.

—Eso es insensato, Frank. Es algo excéntrico, tiene algunas rarezas, pero eso no le hace un asesino. La única cosa en él que me confundió es el hecho de que trafique tanto en bienes inmuebles y, sin embargo, no tenga teléfono. Pero me explicó eso.

Frank parecía interesarse.

—¿Y la explicación era...?

—Sencillamente, tiene aversión a los teléfonos y a las llamadas inoportunas. Y no lo necesita para el trabajo porque se niega a regatear sobre el precio. Si tiene cotizado un solar por quinientos dólares, no quiere que el agente se moleste para transmitirle una oferta por cuatrocientos cincuenta. El agente está autorizado para vender si consigue el precio pedido y el trato puede ser hecho por correo.

—Tiene sentido —dije—. ¿Algo más de nuevo, capitán?

—Recibí una llamada del padre Trent. El entierro se ha fijado para el sábado por la mañana, a las diez. ¿Quieren trabajar el sábado y tomarse otro día para descansar la semana próxima, en lugar de ello? ¿O han hecho sus planes para el sábado?

Resultó que ninguno de los dos habíamos hecho ningún plan para ese día, y el capitán dijo:

—Como trabajan por la noche, no presenten el informe aquí el sábado por la mañana. Vayan solamente al funeral a las diez e informen después. Ahora vamos a hablar sobre el trabajo de esta tarde, ¿Creen que necesitarán mucho tiempo para terminar en Burke Street?

—No más de un par de horas —expuso Frank—. Quizá menos, si tenemos suerte, ¿Por qué? ¿Quiere que hagamos algo más?

—Bien, cualquiera de estas dos cosas: Primero, creo que ustedes debieran hablar otra vez con el padre Trent. Conseguir más información sobre los amigos que tenía Kurt, puesto que tuvieron poca suerte en el lugar del trabajo y en su vecindario.

—Nos acordábamos de eso —dijo Frank—. ¿Cuál es la otra cosa?

—Una persona de Campbell. La hija de la viuda de Armstrong, que vive en la casa contigua a la de John Medley. Ella y su madre fueron al cine en la tarde del asesinato, pero la hija pudo haber observado algo que su madre no advirtió. Pero creo que ver a Trent es lo más importante, esta tarde.

—La iglesia de San Mateo está en el camino de mi casa —dijo Frank—, a corta distancia, andando a paso regular, de donde vivo. Y no es necesario que vayamos los dos a hablar a Trent, por lo menos esta vez. ¿Le parece bien si entro al pasar, camino de mi casa, y lo veo yo solo?

—Es una buena idea, capitán —observé—. Trent conoce a Frank y pueden hablar más libremente si están solos los dos. Y si Frank hace eso me dirigiré en coche hacia casa pasando por Campbell y visitaré a la muchacha esa, la hija de la viuda.

Al capitán le pareció muy bien. Ordinariamente, en casos de asesinato, trabajamos por parejas, por lo que pudiera ocurrir, pero creo que el capitán se figuraba que ni el padre Trent ni la joven Armstrong resultarían ser personas peligrosas.

Frank llamó a su casa desde allí, usando el teléfono de la sala de sesiones, y luego comimos y volvimos hacia Burke Street. Llegamos un poco antes de las ocho y no conseguimos nada que merezca mencionarse. Hallamos a un hombre que había observado que Stiffler salía entonces de la tienda de comestibles y entraba por la puerta que conducía arriba y a su piso, pero ya nos habíamos figurado que él había hecho eso. Otro hombre creyó haber visto salir a Stiffler por la misma puerta, ya casi de noche, y le pareció que había otro hombre con él. Pero lo había visto de lejos y no pudo hacernos una descripción, ni siquiera vaga, de la persona con la cual estuviera Stiffler: no se había fijado bien. Y cuanto más le interrogábamos, más vaga se volvía la cosa; ni siquiera estaba seguro de que fuera el martes por la tarde. Le dijimos que reflexionara y se esforzase por recordar más, ya que lo visitaríamos más tarde.

Metimos el coche municipal en el garaje de la policía, saqué mi “Buick” del lugar de aparcamiento, y dejé a Frank en la iglesia de San Mateo; luego seguí con el coche en dirección a Campbell, hacia la casa de las Armstrong. La luz de la estancia de Medley estaba encendida y su fonógrafo estaba funcionando, tocando algo lento que no reconocí. Alcanzaba a oírlo desde allí a una distancia de doscientos metros, luego debía tocar muy fuerte. Si lo hubiera tenido tan alto el martes por la tarde, ciertamente no habría oído la detonación de una pistola del veintidós en el patio interior. Registré eso en mi mente para comunicárselo a Frank, y luego subí por la alameda hacia la casa de las Armstrong, una vez allí toqué el timbre.

La muchacha que abrió la puerta era un portento; una joven muy atractiva. El cabello un poco más rojo que el mío, ojos azules y grandes, muy expresivos. Más bien alta, para ser mujer, y delgada, pero rellena por donde alcanzaba a ver, que era bastante, puesto que llevaba lo que las mujeres llaman un “deshabilé”. Tenía quizá veinticinco años, poco más o menos.

Creo que mis maneras fueron un poco torpes, de pura sorpresa, al presentarme, pero lo hice bien.

—Entre, señor Cahan —dijo ella—. Mi madre está en la cocina. La llamaré...

—Hemos hablado a su madre —manifesté—. Pero usted no estaba en casa entonces y querría hacerle unas cuantas preguntas.

Sonrió.

—Por supuesto; siéntese, por favor. Pero debiera ir a ponerme un vestido. No esperaba a nadie esta tarde y...

—Por favor, no lo haga por mí. Esto nos llevará sólo un minuto o dos, no creo que tardemos más tiempo.

—Perfectamente, señor Cahan. —Se sentó y yo escogí la silla desde la cual podía ver mejor.

—¿Su nombre? Sé que su apellido es Armstrong, pero...

—Carolina.

—Por favor, dígame lo que recuerde del martes por la tarde.

—Bien, me temo que no voy a poder añadir nada sobre lo que le comunicó mi madre. Lo discutimos y no pude recordar nada más de lo que ella recordaba.

—Dígamelo de cualquier modo, por favor. Hágase la idea de que no hemos hablado con su madre.

—Muy bien. Veamos, llegué a casa a la hora acostumbrada después del trabajo, alrededor de las cinco y media, y...

—¿En coche, o coge el autobús?

—Voy en coche al trabajo. Mi madre se niega a aprender a conducir, y no lo usaría mientras estoy fuera, de cualquier modo.

—¿Observó si el señor Medley estaba en casa entonces, o si su coche estaba en el garaje?

—No me fijé en eso, pero debía de estar allí porque él se hallaba trabajando en el patio delantero —añadió—. Creo que estaba arreglando el seto. De cualquier modo, mi madre y yo habíamos pensado ir al cine y ninguna de nosotras dos tenía mucha hambre; por tanto resolvimos esperar un poco y comer fuera para variar. Salimos aproximadamente a las siete y media y...

—¿Estaba en casa Medley entonces?

—Mi madre dice que su coche estaba allí, pero yo no me acuerdo. Tampoco recuerdo si la luz estaba encendida o apagada, aunque creo que no habría estado encendida, pues aún había luz afuera a esa hora. Bien, comimos y fuimos al “Prince”, y llegamos a casa poco antes de las diez, porque como no nos gustaba la segunda película del programa, no nos quedamos hasta el final. Estoy segura, y también lo está mi madre, de que el señor Medley se hallaba ya en casa..., bueno, quiero decir que la luz estaba encendida entonces. Y eso es todo. Nos acostamos una hora después, creo, pero no vimos ni oímos nada especial.

—¿Qué piensa usted del señor Medley? —pregunté—. Como persona, como vecino.

—Me agrada. Es un poco afectado, pero es agradable. Y un buen vecino.

Saqué de mi bolsillo la fotografía de Stiffler, me acerqué a la joven y se la di.

—¿Ha visto alguna vez a este hombre por la vecindad, o en alguna otra parte?

La examinó con atención un momento y luego me la devolvió.

—No —dijo—. ¿Es ese el hombre que fue asesinado?

Metí de nuevo la foto en el bolsillo, mientras asentía con un movimiento de cabeza. Y de repente me di cuenta de que no me quedaban más preguntas. Pero se me ocurrió una:

—¿Le gusta bailar el “quare-dance” (Baile en el cual cuatro parejas se colocan de frente desde cuatro lados) —le pregunté.

Me miró con los ojos muy abiertos, por uno o dos segundos, y luego se rió.

—Me encanta, pero...

—Son sólo las ocho y media y el baile está apenas empezando —dije—. Dese prisa, póngase un vestido y vámonos allá.

 

CAPÍTULO VIII - ALICIA RAMOS
 
 

Desperté y bostecé preguntándome qué hora era. No es que me importara realmente, porque de repente me hallé bien despierta y, fuese la hora que fuese, no me volvería a dormir. Era temprano, porque Frank estaba todavía roncando. No es un ronquido fuerte, pero lo hace todo el tiempo y a veces cuando no puedo dormir casi me vuelve loca. Debiéramos tener dos camas, separadas, pero Frank no quiere y las veces que hablo sobre la conveniencia de adquirirlas me recuerda todas nuestras deudas, con ese tono de voz que da a entender que es causa del dinero que gasto en licor por lo que estamos siempre atascados en el aspecto monetario. Pero es que si yo no bebiera a veces, realmente me volvería loca. La vida y todo lo existente es una confusión tan enorme; había tantas cosas que yo deseaba, y miren lo que tengo. Sin ninguna probabilidad de que mejore, porque el está metido en esa ocupación de policía, con una paga pequeña, y nunca mejorará su situación. Por culpa de su raza, si no por otra razón, nunca podrá ser “jefe de detectives”, jefe de policía o algo parecido. Cree que tuvo suerte consiguiendo ese trabajo, pero si fuera mitad de listo de lo que cree ser procuraría hacer otra cosa que proporcionase más dinero, o que tuviera mejor porvenir. A veces hasta pienso que si fuese un policía sin escrúpulos y se dejara sobornar..., pero creo que no lo deseo, realmente. Habría siempre una probabilidad que lo atraparan, y bastaría eso para tenerme desazonada, encima de todo lo demás. Si no fuera tan terriblemente orgulloso y dejara que yo trabajase de nuevo como asistenta, por lo menos parte del tiempo, podríamos atar cabos y ahorrar algún dinero, y quizá salir de este horrible lugar, para Nueva York, Florida o a alguna parte donde se vea el progreso. Pero creo que tiene razón al decir que sería más difícil ganarme la vida en cualquiera de estos dos lugares que aquí en Arizona. Y eso nos detiene. Si siquiera tuviese ambición para hacer algo más, algo fuera de leer y escuchar esa música clásica que le gusta. No pagan por ninguna de esas dos cosas. Gasta tanto dinero en libros y discos como yo en beber, pero lo niega. Y otro defecto de su profesión: trabaja siempre hasta muy tarde y está siempre cansado. Ni siquiera le gusta ya bailar, y solía hacerlo tan admirablemente... Creo que por eso me cautivó. Pero fíjense ahora.

Me levanté un poco apoyándome en el codo para poder ver, al otro lado de Frank, el reloj de su mesilla. Eran las ocho y diez y por un momento pensé que Frank había olvidado poner el despertador y se había quedado dormido. Luego recordé que era sábado, su día libre. Excepto que hoy tenía que asistir a un entierro a las diez: el del hombre que fue asesinado, Kurt Stiffler, caso sobre el cual está trabajando. Frank está harto de ese caso; se siente deprimido por causa de él, como le ocurre alguna vez trabajando, y no piensa en nada más. Anoche me contó todo sobre el mismo; los duros trances en que el tal Kurt se había visto, su permanencia en un campo de concentración, etc. También me habló mucho sobre un hombre llamado Medley. Frank cree que es sospechoso, pero por lo que me contó no veo el motivo.

Di a Frank un ligero empujón que hizo que se volviera y cesara de roncar por unos minutos, y luego me acosté de nuevo con las manos detrás de la cabeza, mirando al techo. El despertador, recordaba, fue puesto para las ocho y media, y podía igualmente descansar aquí en la cama hasta que sonara. Si me levantaba ahora antes que Frank, tendría que hacer el café, y él cree que hace el café mejor que yo; por tanto, dejé que él lo hiciera.

Me sentía bastante bien. Ninguna señal de la pesadez que sigue a las borracheras, porque no tomé ningún vaso ayer y sólo unos cuantos el día anterior, el jueves, para adelgazar. Dios mío, pero me sentía horriblemente el jueves por la mañana, después de esa reyerta de toda la noche con Frank, el miércoles por la noche. Creo que fue mayormente culpa mía, además. Y el pobre Frank, teniendo que ir a trabajar el día siguiente después de eso. Volví a acostarme y dormí hasta el mediodía después que él hubo salido. Pero en cierto modo lo lleva en sí mismo; se siente inclinado a discutir. ¿Por qué sencillamente no me deja sin sentido de un golpe, me lleva a la cama y luego se duerme? Teme hacerlo porque cree que lo abandonaría. Quizá lo hiciera; no lo sabría a menos que ello ocurriera y creo que nunca va a ocurrir. Es demasiado bueno para mí, supongo.

Me quiere, y yo desearía que no me quisiera tanto, de cualquier modo. Porque probablemente lo abandonaré algún día y no me sentiría tan afligida por ello si no supiera que eso le haría mucho daño. Quizá por eso lo acoso tanto a veces y especialmente cuando he estado bebiendo, porque quiero que se enfurezca conmigo y deje de quererme, por su propio bien. Porque todavía le amo, por lo menos en esa medida. Pero es tan terriblemente paciente conmigo...

Me pregunto si sería mejor con Clyde. Frank ni siquiera sabe que Clyde existe; nunca lo ha visto siquiera ni oyó mencionar su nombre. Y las pocas veces que he ido a algún sitio con Clyde, hemos ido temprano, antes del anochecer, y le he forzado a dejarme a una o dos manzanas de casa hacia la una, cuando los bares cierren de modo que Frank no sospecha nada. Pero tampoco amo realmente a Clyde. Quizá no esté en mí amar realmente a ninguno. Quizá esa parte de mí murió hace años, un año después de que me casara con Frank, cuando tuve el aborto y luego me sacaron algunas cosas. mi “tubería”, lo llama Frank... Y ya no puedo tener hijos. Si hubiera tenido hijos, quizá estaría todavía enamorada de Frank, como lo estaba antes, y nada me habría ocurrido jamás. Sin embargo, era una suerte, en cierto modo; debido a que Frank es mejicano, nuestros nenes habrían sido medio de eso, y hay tanta gente que tiene prejuicios... Es necio, pero los tienen, y a veces más contra niños de matrimonios mixtos de los que tendrían si fueran del todo mejicanos. Mis hijos pudieran haber tenido que hacer frente a situaciones difíciles. Pero eso nunca ocurrirá. El que perdí tendría justamente la edad para empezar a ir a la escuela el próximo otoño, y yo ni siquiera estaría pensando en dejar a Frank, supongo. Ni en beber, o al menos, no tanto; podría hacerlo si tuviera un niño, pero de esta manera, ¿qué hay que sea digno de hacerse?

Pero heme aquí, casi con treinta años, y si alguna vez voy a salir de esta rutina en que estoy metida, es hora ya de que me resuelva. Unos años más y habré perdido mi juventud, y será demasiado tarde. O seré una alcohólica.

Sí, Clyde puede ser mi última oportunidad. ¿Y sería realmente feliz con él? Supongo que no. ¿Existe acaso la felicidad? Pero la vida con él sería mucho menos triste y aburrida. Por un lado, cuando quisiera beber, él bebería conmigo, y no se mantendría sobrio ni se mostraría disgustado, como Frank. Y gana más dinero que Frank, creo que casi dos veces más. Viviríamos mejor, pero creo que aún más importante que eso es que no tendríamos que vivir aquí, en este tórrido desierto con sólo escorpiones, cactus y arena, una vez que sales de la población; ni siquiera un río con agua. Dios mío, cuánto me acuerdo de los hermosos lagos de Minnesota, miles de ellos, y los verdes y frescos bosques. Viví allí hasta que entré en la escuela superior, y nunca sabré lo que me hizo venir a Tucson, aun cuando confieso que me gustó al principio. Pero casada con Frank nunca saldré de aquí. No es que quiera volver de nuevo a Minnesota; es tan fría en invierno como Tucson es caluroso en el verano. Pero Clyde me llevará adonde quiera que yo desee ir, si me voy con él. Hasta a Reno, como primera parada, dice, si quiero hacerlo legalmente. No está muy entusiasmado sobre eso, sin embargo, porque para obtener el divorcio en Reno, tendrían que entregarse documentos a Frank, él sabría dónde estábamos, y Clyde teme que nos siguiera con su pistola de policía. No creo que Frank lo hiciera, si le dejase una nota explicando las cosas, pero confieso que no puedo estar segura. No creo que Frank me hiciera nada a mí, pero pudiera querer matar a Clyde; de cualquier modo, no puedo estar segura de que no tratara de hacerlo. Así, quizá Clyde tenga razón al decir que no importa si estamos legalmente casados o no, mientras la gente del lugar adonde vayamos crea que lo estamos y mientras no tengamos hijos; está informado sobre eso, sin duda.

Pero Clyde es vendedor, un buen vendedor, y no digo sólo porque me convenció para ir a algún lugar con él, esas pocas veces. Vende aparatos eléctricos aquí, pero dice que puede vender cualquier cosa en otra parte, hasta helados a los esquimales, y por eso puedo elegir entre ir a California, a Florida, u otro sitio. Pienso que quizá me gustaría San Francisco, por todo lo que sé sobre esa población. Nunca he estado allí. Desde que me casé con Frank no he ido más allá del Grand Canyon y eso está justamente en el mismo Estado en que está Tucson; eso fue en nuestra luna de miel, hace siete años. Y otra cosa, respecto a vivir con Clyde, es que siempre hay la probabilidad de que haga mucho dinero y realmente lleguemos a alguna parte, y seamos alguien, mientras que con Frank sé que nunca estaremos en mejor posición de la que estamos actualmente. Además, a Clyde le gustan todas las cosas que a mi me gustan, el baile, salir, sitios alegres, luces brillantes y ropa elegante. Dice que en San Francisco o donde quiera que vayamos, cuando salgamos a un club nocturno irá vestido de etiqueta —lo cual parecería necio en Tucson— y yo llevaré uno de los muchos vestidos de noche que me comprará.

Aun cuando no dure, será por algún tiempo una vida mejor que esta, y creo que es sólo algún tiempo el que me queda. Si espero mucho, será demasiado tarde.

Bien, lo decidiré antes de que llegue la época del calor.

Frank se despertó; alargó el brazo y miró el despertador. Bostezó y se estiró, y yo cerré los ojos para que no supiera que estaba despierta.

Permanecía acostada allí, preguntándome lo que haría él si supiera lo que había estado pensando. ¿Me pegaría, me mataría? Ninguna de las dos cosas, supongo. No creo que me abandonase siquiera.

Sentí que la cama se movía mientras él se sentaba al otro lado y con los pies buscaba a tientas las zapatillas. La cama se movió de nuevo y oí arrastrarse sus zapatillas por el suelo mientras se dirigía a la cocina. Estaba silbando tranquilamente. ¿Cómo puede alguien silbar escasos minutos después de despertar? Pero yo misma casi podía silbar esta mañana. Me sentía bien, físicamente. Ninguna señal de la pesadez que deja la borrachera. Resolví mantenerme firme, por lo menos una semana, esta vez. No bebería hoy, en todo caso.

Oí el desapacible ruido de la cafetera y decidí levantarme. Podía vestirme aprisa y estar dispuesta cuando Frank volviera, después de preparar el café. Me levanté y me vestí con presteza. A veces se le ocurren algunas cosas por la mañana, y ésta no quería que me irritara, por causa de lo que había estado pensando, supongo.

¿Por qué, me preguntaba, ya no respondo como antes a la llamada del sexo? No puede ser la edad, tener veintinueve años no es ser vieja. Y no puede ser por causa de la operación que sufrí, porque la vida sexual no acabó entonces para mí. Pero quizá empezara ya a declinar en aquel tiempo. Ni siquiera con Clyde lo hallo satisfactorio, aun cuando más que con Frank. Quizá me canse después, sin embargo, cuando Clyde deje de ser algo nuevo.

Pero Frank no puede quejarse. Le dejo hacer su capricho con bastante frecuencia, casi todas las veces que quiere, a menos que esté enfadada con él. ¿Por qué no? Eso no me perjudica. No pongo interés, sin embargo, y a veces me pregunto si se da cuenta de lo poco que saco de ello. Nada en absoluto, generalmente. Creo que no se da cuenta, porque no hay ninguna diferencia ahora. Hasta cuando, tiempo atrás, era la cosa más maravillosa del mundo, me gustaba tomar una actitud pasiva, permaneciendo con los ojos cerrados, y no moviéndome mientras las admirables ondas del tacto fluían por mi ser. ¡Oh, si pudiera ser así de nuevo, sólo una vez!

Estaba de pie frente al espejo, peinándome, cuando Frank volvió de la cocina. Apareció detrás de mí y me rodeó con los brazos.

—Buenos días, cariño —dijo, y me besó en el cuello.

—Buenos días, querido —contesté.

Oh, Frank, pensé, si siquiera fueras todavía mi amor. Si pudiese quererte como te quería. Eres un buen muchacho, no soy justa contigo y probablemente voy a causarte daño. ¿Resultaría la existencia tan amarga para todos como lo es para nosotros?

—¿Puedo ducharme y afeitarme? —preguntó—. ¿O necesitas entrar en el cuarto de baño antes?

—Entra tú —le dije—. No tengo que ir en seguida, — tomaré la ducha más tarde.

Pasé a la cocina, puse la mesa y preparé el desayuno. Frank se toma un buen desayuno si me levanto con tiempo para preparárselo; si no toma sólo café y un bollo dulce o un buñuelo. No suele hacerse huevos ni tocino.

Como siempre, leyó el periódico de la mañana mientras comía. No me gusta que haga eso, preferiría que me hablara, pero no digo nada porque reconozco que tiene que leerlo a causa de su trabajo. Cuando terminamos de comer y tomábamos una segunda taza de le café le pregunté si había algo en el periódico sobre el caso en que estaba trabajando. A veces, no con frecuencia, aparece su nombre en el periódico, si algo en lo que está trabajando es importante, como un asesinato o un gran robo.

—Ni siquiera una línea, Alicia —me contestó—. No había nada nuevo para que continuaran dando información. No llegaremos a ninguna parte, porque no estamos consiguiendo nada.

—Hoy tendrán por lo menos el entierro como noticia —dije—. Supongo que enviarán periodistas.

—Creo que sí —dijo él, suspirando—. Bien querría conseguir una pista que condujera a Medley, o hallar un motivo que pudiera haber tenido.

Eché más café en las tazas.

—Dijiste que tal vez pudiera ser un psicópata. Los locos no necesitan un motivo.

—Sí lo necesitan, Alicia. No suele ser un motivo lógico, pero no obstante tienen que tener uno.

—Por todo lo que me contaste sobre Kurt Stiffler —dije—, quizá Medley lo matara para evitarle sufrimientos.

Frank dejó el periódico y fijó la vista en mí. Su rostro quedó de repente pálido, sin expresión.

—Bueno, dijiste que un motivo absurdo bastaría — sugerí—. ¿O estás suficientemente loco para tomar eso en serio?

Creo que lo estaba. Ni siquiera me respondió.

Después que Frank hubo salido, limpié la casa y estaba preparándome para tomar una ducha cuando sonó el teléfono. Era la voz de Clyde.

—Hola, cariño. ¿Qué hay?

—¡Clyde! —exclamé—. Te advertí que no llamaras los sábados. Es el día que Frank tiene libre y podría responder al teléfono.

—Está bien —replicó alegremente Clyde—. Señora: le vendí hace poco una aspiradora; dijo usted que necesitaba una mejor, ¿no es eso? Pero entiendo, por la manera en que hablaste, que él no está ahí, aun cuando sea su día libre.

—Está trabajando hoy —confesé.

—Luego, ¿qué te parece si fuéramos a algún sitio donde haya alegría y diversión? ¿Desayunaste ya?

Cuando dije que no, él propuso:

—¿Podrías, pues, venir al Glass, Slipper a la una? Estaré allí.

—No debiera hoy, Clyde. Me he impuesto una obligación y quiero continuarla por lo menos unos cuantos días. Comprendo que debería...

—Cariño, tenemos que celebrar algo. Acabo de hacer un trato sobre una gran instalación de cocina para un nuevo restaurante que va a abrirse en Oracle Road. Más de seiscientos dólares de comisión por unas horas trabajo. ¿No merece eso una celebración?

—Caramba, Clyde, creo que sí. —Seiscientos dólares unas horas de trabajo. Más de lo que gana Frank Ramos en un mes—. Está bien, en el Glass Slipper a la una.

Tomé la ducha y me vestí. No eran todavía las doce, por tanto tenía mucho tiempo. Y puesto que iba a salir de mi abstención, de cualquier modo, no quería aparecer fría y sobria, y eché un trago. Se vive sólo una vez. Es extraño, pero Frank me enseñó eso. Cuando era niña solía ir a la escuela dominical y a veces a la iglesia, y creía en un Cielo y un infierno, una vida futura en el Más Allá, hasta que Frank me mostró lo necio que era creer en esas cosas.
 
 
 
 

CAPÍTULO IX - FRANK RAMOS
 
 

Un perro gimiendo en la agonía, a causa del veneno, y piadosamente muerto de un tiro para poner fin a su sufrimiento. (¿Por qué había insistido Medley en contarnos ese episodio con tales detalles?) Un hombre sufriendo con la silenciosa agonía de la culpa y la aflicción; un hombre cuyo mundo se había desvanecido con un tremendo estallido que no le dejó nada en que apoyarse en la vida, incapaz de poner término a su existencia por sí mismo a causa de sus creencias religiosas, fue piadosamente librado de un dolor por un tiro que no sintió.

Pero si había dos, ¿por qué no habría otros? ¿Cuántos? ¿Cuándo pudo eso haber empezado? ¿Antes de que John Medley llegara a Tucson?

Una campana está doblando en el campanario de la iglesia. Seis hombres llevan el ataúd a lo largo del pasillo central. Conozco sólo a uno de ellos, Vaughn, el capataz de las obras de la escuela superior. Debió de haber telefoneado al padre Trent y ofrecido sus servicios por si los necesitaban. Me fijo en los otros cinco; más tarde sabré sus nombres por Trent y Red, y los buscaré hasta encontrarlos.

La campana dobla. Me vuelvo en mi asiento y miro alrededor para ver si ha entrado en la iglesia alguien desde la última vez que miré. No, no veo a nadie más. Veintinueve, había contado. Y conmigo hacían treinta; no me había contado a mí mismo.

John Medley no está presente.

Red Cahan está sentado al otro lado del pasillo, más atrás. Habíamos concertado venir separadamente, sentarnos a parte uno del otro, para observar mejor, y reunirnos y comparar los datos después. Casualmente mi mirada se encuentra con la de Red y él me hace un guiño. Le devuelvo el guiño, pero no creo obrar bien haciéndolo; no parece correcto, aquí y ahora. A pesar de que no creo en nada de esta ceremonia y no creo que Kurt Stiffler, muerto dentro de ese ataúd que conducen a lo largo del pasillo, sepa que están haciendo nada de esto, o le importe. Todo eso es ridículo. Pero, ¿no lo somos todos? ¿Por qué tiré cinco buenos dólares de un dinero ganado con duro esfuerzo, en flores? ¿Por si acaso hubiera habido pocas? No era así; había más de lo que yo esperaba, incluso dos coronas grandes y hermosas, una de sus compañeros de trabajo y la otra de Sig Hoffman, su jefe. Y Hoffman corría con los gastos del funeral, además, me había dicho Trent el jueves por la tarde. De cualquier modo, mi pequeña aportación por un valor de cinco dólares no se habría necesitado, aun cuando formaba una bonita mancha roja en lo que de otra manera hubiera sido una monotonía de blanco. Pero fue una acción necia, a pesar de eso. Especialmente considerando que las había mandado anónimamente porque sabia que Red, como yo mismo, estaría examinando las tarjetas de las flores, y Red pensaría que yo estaba loco al enviar flores al funeral de un hombre al que no conocía. Quizá, pensé con repentino gozo, Red se extrañaría de esas anónimas rosas rojas y pensara que debiéramos seguir la pista por las floristas para descubrir quién las había enviado. Bien, podía distraerle, si se le ocurría esa idea.

Hoffman estaba allí, por supuesto, y el muchacho rubio que había trabajado con Kurt en la oficina. Pero no Rhoda Stern; me alegraba de que no hubiera venido. Estaban las de los obreros de la construcción, y la mejicana, todavía con su pañolón, que vivía en el piso contiguo al que habitaron los Stiffler. Tenía consigo un niño de unos siete u ocho años; probablemente había jugado con los hijos de Stiffler. Había una mujer sola y un matrimonio que vivía en el mismo edificio. Dos reporteros, uno del Star y otro del Citizen. El reportero del Star se había sentado al lado de Red, probablemente con la intención de sonsacarle para conseguir alguna información.

Esos eran todos los que yo conocía. Me fijé en los rostros de los otros; después cambiaría impresiones con Trent por lo que toca a quienes habían estado allí. Le había pedido que observara y se acordase. Me figuro que conoce a casi todos los que yo no conocía. Todos son probablemente feligreses suyos que conocieron a Kurt por medio de la iglesia. Quizá él hubiera sugerido a algunos de ellos a que acudieran.

La campana dobla. Los hombres llegan al frente y colocan el ataúd en las andas, delante de la barandilla divisoria. La campana cesa de tocar. Hay silencio; se oye el ronquido de un avión de reacción en el cielo. Nos sentamos.

Me hallé pensando en Ernest Winkelman, el hombre sobre el cual había hablado a Red cuando señalé que era posible, aunque raro, que un suicida tuviera un cómplice. Por primera vez me preguntaba seriamente si teníamos razón figurándonos que sólo su esposa pudo haberle llevado esas cápsulas de dormisona al hospital. Quizá había dicho la verdad negándolo. Quizá Medley lo conociera, por poco que fuese, y supiera de su sufrimiento y su deseo de una muerte piadosa.

Podía buscar a la señora Winkelman y preguntarle si conocía a John Medley; si un hombre de ese nombre había visitado alguna vez a su esposo mientras éste yacía en la cama muriéndose lentamente. ¿O podía el propio Medley haber estado enfermo en el mismo hospital por aquel tiempo? Eso, por lo menos, lo podría comprobar.

¿Cuántas muertes podían haber pasado por casos de muerte natural o suicidios? Pensaba en los asesinatos no aclarados que habían ocurrido aquí en años recientes; ciertamente, alguno de ellos pudiera haber sido una muerte por compasión, aun cuando no lo hubiéramos considerado como tal entonces.

El padre Trent está diciendo la misa ahora, en un sonoro latín que no puedo entender, y que no podría entender aun cuando hablara el latín tan bien como hablo el inglés y el español. Pero el tono de su voz es confortante y el mismo hecho de que hable en una lengua desconocida la hace casi convincente, casi me hace sentir que hay realmente un Dios, un Dios misericordioso que se interesa por nosotros y por lo que hacemos.

¿Cómo debió haber sonado esa voz en los oídos de Kurt Stiffler hace dos semanas —sí, hace sólo dos semanas— cuando se hallaba en esta misma iglesia, quizá en este mismo banco, escuchándola y viendo cuatro ataúdes, uno grande y tres pequeños, alineados sobre las andas, frente a esa barandilla?

¿O, en un caso como ese, hacen un funeral para cada uno, cuatro funerales, uno después de otro? No, no podían hacer eso a un hombre, no es posible. Tendría que hacer frente a su horror cada vez..

Un monaguillo pasa a Trent el aspersorio, y con él, el sacerdote echa agua bendita sobre el ataúd, y musita una oración.

La misa ha acabado; hay una pausa y una ligera agitación a mi alrededor, Sé que esto no es todo, porque Trent me ha dicho que después de la misa habrá una oración en inglés. Miré de nuevo en derredor; si últimamente hubiera entrado alguien, probablemente estaría en la parte de atrás. Pero nadie ha entrado. ¿Por qué he esperado ver a John Medley? ¿Por qué tenía que haber mandado flores o asistir al funeral? ¿No ha hecho ya bastante por Kurt Stiffler?

Trent está hablando ahora sobre Kurt, sobre su pasado, señalando las cosas que un Dios misericordioso, en su infinita sabiduría, había hecho que le ocurrieran. Pero escucho con atención, por si acaso él recordara y diera ahora algún detalle que no me había revelado antes. Pero no lo hace; esta versión es todavía menos detallada que la que nos facilitó.

En el banco, que está detrás de mí, una mujer se lamenta en voz baja. En español. Es extraño; no oigo las palabras, pero puedo decir que es español. O quizá sea sólo mi imaginación, porque mis oídos me indican la dirección del sonido y sé, por haber mirado alrededor, que la mujer que está sentada ahí es mejicana. Una de las mujeres que habían trabado amistad con Carmelita Stiffler, pero que apenas conocían a su esposo. Probablemente se está lamentando por Carmelita y los niños, no por Kurt, pues las palabras de Trent evocan ahora lo sucedido. Luego explica que, hasta el fin, Kurt conservó la fe y que Dios lo recompensará, y cómo ahora se ha reunido con sus seres queridos en el Cielo. Sería magnífico poder creer eso, y en este solemne marco me siento casi convencido, por un momento. Por lo menos pienso que sería muy confortante poder creer tal cosa.

Se acabó la misa, pero seguimos en nuestros asientos. Los acompañantes se levantan, se dirigen a las andas y cogen de nuevo las asas de plata del ataúd, Y otra vez la campana comienza a doblar en lo alto.

El ataúd es conducido otra vez a lo largo del pasillo, pasando tan cerca de mí que puedo extender el brazo y tocarlo si lo deseo. Pero no tocaría al pobre hombre que está dentro de ese féretro; nadie volverá a tocarlo jamás. Nadie, fuera de los gusanos.

Algunos de nosotros, aproximadamente la mitad, acompañamos el coche fúnebre al cementerio. Red y yo en el “Buick”, y nos acompaña el periodista, que había estado sentado a su lado. El otro reportero no iba. Un “convertible” como aquél, no era muy apropiado para un cortejo fúnebre, pero por lo menos era negro.

—¿Algo nuevo, muchachos? —inquirió el reportero.

Red hizo una mueca, mostrando los dientes.

—Sí. Estoy enamorado.

—Quiero decir sobre el asesinato. ¿Se ha averiguado algo?

—Más vale que lo pregunte al capitán Pettijohn, si quiere una confirmación sobre ello. No hemos conseguido nada, ni llegado a ninguna parte; ni siquiera estamos a la mitad del camino.

—Es lo que me figuraba. Pero fue un robo y asesinato, y en esos casos se coge pronto al hombre, o no se lo coge nunca.

—Ciertamente —dijo Red—, la muerte de Stiffler no fue agradable.

—Podría haber sido peor —dijo el reportero—. Pudo haber vivido unos cuantos años más.

No nos llevó mucho tiempo la parte final, en el cementerio. La tumba de Stiffler estaba al lado de otras cuatro casi recientes. Imaginé en lo que habría ahora dentro de esas otras fosas, después de dos semanas, y procuré no pensar.

Después que hubo acabado volvimos a la iglesia de San Mateo. Nos adelantamos al padre Trent y le esperamos allí, y cuando llegó nos concedió media hora en su despacho. Como yo esperaba, conocía a todos los que habían estado en el funeral, excepto algunos que nosotros ya conocíamos: los dos obreros, el muchachito rubio de la obra, y uno de los dos reporteros. Nos dio nombres y direcciones. Una de las direcciones era de Nogales, de la pareja a cuya boda habla asistido Kurt poco antes del accidente.

Informamos al jefe y recibimos órdenes de continuar con lo que estábamos haciendo. Pasamos el resto del día con ello y nos enteramos de que Kurt había tenido algunos amigos y que, como sospechábamos, a la mayor parte los había conocido por medio de la iglesia. Ninguno había sido amigo muy intimo, pero eso era de esperar, pues hacia sólo cuatro meses que estaba allí, y un introvertido no traba amistad realmente íntima en ese espacio de tiempo, especialmente cuando su salud no es buena.

Hicimos la visita a Nogales, finalmente, y regresamos justamente a la hora de terminar; por una vez siquiera, el jefe no nos había señalado horas extraordinarias.

Y por una vez siquiera llegué a casa a tiempo para cenar con Alicia, supuesto que no hubiera abandonado su abstinencia y empezado a beber de nuevo. Y no creía que lo hiciera; se había mostrado realmente firme en su decisión de perseverar un poco esta vez. Además, estaba tan tremendamente atractiva ayer y esta mañana...

Y ella misma me dio la respuesta a la pregunta que me había estado obsesionando durante tres días. “Quizá Medley lo matara para evitarle sufrimientos” Una respuesta tan sencilla y tan concisa no había podido vislumbrarla.
 
 
 
 

CAPÍTULO X - FERN CAHAN
 
 

Cinco de los muchachos estaban en la sala de sesiones cuando entré. Cuatro de ellos discutían sobre el equipo de “Los Vaqueros» de Tucson y el quinto era Frank. Estaba solo, sentado en el rincón, pareciendo que hubiera perdido su último amigo. No parecía amodorrado porque hubiese bebido, sólo estaba malhumorado.

—Animo, muchacho —le dije—. Aunque estemos trabajando y sea domingo, la vida no es tan mala.

El gruñó simplemente; ni siquiera levantó la vista.

Seguramente algo le estaba royendo. Me preguntaba si tendría disgustos familiares. Vi a su esposa una vez, en el Baile del Policía, hace un par de años. Bien parecida, creo que se llama Alicia. Aparentemente se llevaban bien, pero Frank nunca la menciona ni habla de ella. Ni siquiera sabría que esta casado, si no tuviera que llamar a casa cuando tiene que trabajar hasta muy tarde. No parece salir mucho con ella, tampoco. Quizá sea eso lo desacertado, pues comprendo que a una mujer no le guste estar metida en casa todo el tiempo. Pero, diablos, sólo estoy haciendo conjeturas.

Conozco a muchos hombres y a unas cuantas mujeres, pero no a muchos matrimonios. Creo que un soltero no tiene muchas oportunidades para conocer cuando están de juerga, y si algunas de las mujeres con las cuales se cita tienen marido, no desea que lo lleven a su casa y se lo presenten. Los matrimonios parecen andar por su lado y también los solteros. Cuando un soltero como yo conoce finalmente a una muchacha cree que es su ideal, y se siente como si estuviera en vísperas de hacer una declaración de amor, no tiene a nadie con quien discutirlo, y eso se necesita discutirlo mucho, Y quiere además presentar a la chica por ahí, en parte para que la vean, porque esta orgulloso de ella, y en parte porque hay todavía una sombra de duda en su mente y quiere saber si otras personas la aprecian lo mismo que él. Pero no va a presentarla a sus otros amigos o amigas alegres. Por tanto, sólo puede contar consigo mismo, cuando más necesita ayuda y consejo.

No es que tuviera muchas dudas sobre Carolina, ni que estuviese enamorado de ella, Dios mío, eso habría sido para mi como una hecatombe. Pero, no obstante, es un paso tremendo que hay que dar. Me da la impresión de que hace años que la conozco, y no desde el jueves por la tarde. Le hablé media hora por teléfono el viernes por la tarde y me cité con ella para ayer sábado por la noche. Fuimos al cine. No vi gran cosa de la película. Besarla era como..., bien, no sé a qué compararlo, porque nada igual me ocurrió antes. Sólo que nunca habrá más besos, y algunas caricias quizá, a menos que nos casemos. Cuando se ha andado tanto con damas, como lo he hecho yo, uno puede adivinar cuándo una chica está poniendo obstáculos por el momento y más tarde cederá, y cuándo lo da a entender y no hay ninguna probabilidad de que uno vaya a conseguirlo, fuera del matrimonio, La mayor parte de las chicas me molestan, pero no Carolina. Pero no quiero términos medios, lo quiero todo, toda ella y todo el tiempo, y menos no me bastaría. Por tanto, creo que estoy enamorado de veras.

Desearía ahora haber ahorrado dinero. Pero viviríamos bien, aun cuando ella dejara enseguida su trabajo. Por una parte, no tendríamos que buscar un sitio para vivir. Ella y su madre tienen esa casa y es más grande de lo que necesitan para las dos, además de que la señora Armstrong se quedaría sola allí si me llevase a Carolina. Difícilmente podría vivir sola en esa casa, especialmente teniendo en cuenta que no sabe conducir un coche. Eso significaría tener que vivir con la suegra y eso dicen que es malo, aunque no veo por qué. La señora Armstrong me gusta, y creo que yo también a ella. Apuesto a que con lo que estoy pagando por mi habitación cubriría el alquiler de la casa de ellas, y todo el dinero que he estado gastando tontamente dando vueltas por ahí, pagaría los gastos de nosotros tres. Aunque supongo que la señora Armstrong tiene dinero propio, una renta, unos ingresos del seguro u otra cosa. Las dos no pueden vivir en un sitio tan magnífico como ese, sólo con lo que gana Carolina como mecanógrafa en la compañía eléctrica. No pagan mucho a las mecanógrafas.

Creo que siempre comprendí que si alguna vez cedía al encanto de una muchacha, tendría que ser de repente, de un golpe, como ocurrió en efecto.

Esta bien, caeré. Pero, ¿y si ella dice que no?

Tenía que hablar a alguien o mi cabeza iba a estallar. Me senté al lado de Frank y dije:

—Frank, estoy pensando en casarme con Carolina Armstrong.

El se volvió y me miró tan sorprendido que olvidó que había estado compadeciéndose de sí mismo.

—¿No es esto un poco repentino, Red? Creía que estaba usted inspeccionando el terreno.

—Ha sido repentino, sí —afirmé.

En ese mismo momento se asomó Carmody y dijo que el capitán necesitaba a Paul y a Harry. Por tanto, comprendí que teníamos para un rato y empecé a contar a Frank todo lo referente a ello.

—Me gustaría conocer a la muchacha, Red. Una cosa, sin embargo. Tuve ocasión de conocer a la señora Armstrong y parecía ser una mujer muy gentil, sincera y sana y, para su edad, hermosa. Si su hija no se convierte en algo peor, usted habrá hecho un buen negocio. Uno no puede siempre juzgar a una muchacha por su madre, pero con bastante frecuencia es una buena indicación. ¿Cuántos años tiene Carolina?

—Veinticinco. Ocho años menos que yo. ¿No es mucho, verdad, Frank?

—La edad no importa con tal que los dos tengan la suficiente. Y mi opinión es que los casamientos repentinos salen bien en igual proporción que los otros. Cuando Alicia y yo nos casamos hacía poco tiempo que la conocía, no más del que hace que usted conoce a Carolina. —Se detuvo lo bastante para que yo pensara que quizá eso era todo lo que iba a decir, pero prosiguió—. Y nunca me he arrepentido. Todavía la quiero con pasión.

Parecía como si hablara para sí mismo, en esa última frase, en vez de hablarme a mí. Aguardé un momento y encendí un cigarrillo, esperando que dijera algo con respecto a que Carolina y yo podíamos salir con Alicia y él. Pero no fue así. En vez de eso dijo:

—Sólo una cosa, Red. ¿A usted y a Carolina les gustan las mismas cosas, la misma clase de diversiones y lo demás?

—Coincidimos en todo —repuse-. Puedo jurar que de todo lo que hemos hablado: artistas de cine, orquestas, bailes, carreras, y otras cosas por el estilo, hallamos que tenemos casi los mismos gustos. Hasta en los deportes, como el béisbol. Ella no pone atención en los grandes partidos de campeonato, pero le entusiasman “Los Vaqueros”. Vamos al partido mañana por la noche.

—Me alegro mucho, pues —dijo Frank—. Ahí está Carmody haciéndonos señas. Creo que debemos esperar una reprimenda.

Entramos en el despacho del capitán. Estaba atareado con unos papeles y sólo nos dijo que nos sentáramos un momento. Me sentía tranquilo; la conversación con Frank había hecho que tomara una determinación. No iríamos al partido de béisbol mañana por la noche si podía persuadirla para que diéramos un paseo en coche por el campo, a la luz de la luna. Quizá tuviera que rogarla mucho, usar mucha persuasión, y cuanto antes empezara mejor. Y ella empezaría a pensar seriamente en mí, si no lo había hecho ya, al saber que yo tenía intenciones serias con respecto a ella, y no quería simplemente divertirme. Tenía que ser mía y, ahora que estaba seguro de eso, cuanto antes mejor. Estaría ahora inquieto y nervioso hasta que tuviera una respuesta.

El capitán levantó la vista, de repente, hacia mí.

—Hallaron a un hombre inconsciente en la calle, detrás de Geechy Pete, en Meyer Street, esta mañana a las seis. Pudo haber sido golpeado o haberse caído dándose un porrazo en la cabeza. O le robaron o no llevaba encima cartera ni tarjeta de identidad. La ambulancia lo condujo al puesto de socorro de Benbow. Conmoción muy seria: unas cuantas magulladuras y contusiones. Esta todavía inconsciente, pero creen que volverá en sí en cualquier momento. Ustedes dos vayan allá y estén a la expectativa, para hablarle cuando vuelva en sí.

El puesto de socorro de Benbow está en Franklin Street, casi frente a Meyer. Nos resulta muy conocido: es donde la ambulancia conduce a todos los lesionados del distrito Skid Row, en Meyer Street. Y Geechy Pete es un salón de limpiabotas donde se hacen apuestas, aun cuando no hemos podido comprobarlo todavía.

—¿Iba bien vestido el sujeto, o era un vago? —preguntó-. Si lo era, el hecho de que no llevara cartera encima no tendría mucha significación.

—Iba medianamente bien vestido —dijo el capitán—. Me han explicado que su ropa es de buena calidad, pero estaba arrugada y sucia. Y no estaba completamente sin dinero: llevaba tres billetes y algún cambio, en el bolsillo de la camisa. Pudiera ser un comerciante de juerga. Pero el hecho de que llevara dinero suelto en el bolsillo de la camisa no significa que no lo hubiesen robado. Cuando uno ha estado bebiendo, se mete cambio en cualquier sitio, y un ladrón, especialmente si tenía prisa, buscaría la cartera y no se entretendría en registrar un bolsillo de la camisa.

—Perfectamente, capitán, nos vamos —dije, y me levanté.

—Un momento, capitán —manifestó Frank—. ¿Hay alguna indicación de que esto se relacione con el caso Stiffler?

—No. Si fue un robo, sin embargo, pudiera tratarse del mismo sujeto que agredió a Stiffler. Sólo que habría obrado tan brutalmente esta vez. Pero, no, no hay nada que lo indique.

—¿Abandonamos, pues, el asunto Stiffler? ¿O simplemente nos quita este trabajo a Red y a mí y va poner a algún otro en ello?

—Ninguna de las dos cosas —respondió el capitán.

Miró ceñudo a Frank, y prosiguió:

—Ustedes no pueden creer que vamos a abandonar un caso de asesinato no resuelto. Eso queda en los registros, y en cualquier momento que conseguimos nuevos indicios volvemos a trabajar sobre ello. Pero una vez que hemos averiguado todo lo posible, no mantenemos a los hombres trabajando permanentemente sobre el caso.

—No hemos averiguado nada todavía respecto a la compra de pistolas del veintidós, mi capitán.

—Y el domingo seria un mal día para ir a los sitios donde venden esas armas. Tengo eso pendiente para que ustedes dos lo hagan mañana. Tampoco hay todavía informe de la ciudad de Méjico. Si contestaran mi carta con cierta rapidez, o sea a las cuarenta y ocho horas de haberla recibido, debiéramos tener la respuesta mañana. Si no hay nada, pondré una conferencia con el jefe, Gómez.

—¿No habría sido mejor telefonearles al principio?

—No —dijo el capitán—. Era necesario explicarles muchos puntos, y eso sólo se podía hacer por carta. Pero ahora que tienen todos los detalles, una llamada telefónica hará que se apresuren, si no han hecho nada todavía.

El capitán frunció de nuevo el ceño.

—¿Me está usted censurando, Frank?

Frank se sonrojó un poco.

—Lo siento, si pudo parecerlo, capitán. Lo dije sin pensar. A propósito, ¿quiere que yo haga la llamada telefónica por usted mañana? Sé que Gómez habla muy bien el inglés, pero si no está allí...

—Haré la llamada personalmente, hay otra cosa sobre la cual quiero hablarle. Bien, muchachos, pueden irse ahora. Llamen cuando tengan alguna información sobre el herido y les diré si deben continuar.

—Sólo una cosa más, capitán. Sobre Medley —dijo Frank, y vaciló.

—¿Qué tiene que decirme sobre Medley?

—Sé que usted lo cree fuera de toda sospecha, capitán; pero quisiera hablarle otra vez. No quiero decir ahora mismo, por supuesto, pero en cuanto sea posible.

—Yo hablé con él, Frank. Y está usted loco si cree que Medley es un asesino. ¿Qué podría usted preguntarle que no le hayamos preguntado ya? ¿Y qué posible motivo podría haber tenido para matar a Stiffler? Si hubiera alguna relación entre ellos dos la habríamos encontrado ahora.

El rostro de Frank parecía estar tenso.

—Sé que usted pensará que estoy loco, pero creo que es él quien lo está realmente. Un psicópata. Creo que mató a Stiffler por el mismo motivo que le impulsó a matar a su perro cuando fue envenenado y estaba agonizando. Y creo que es muy probable que haya matado a otras personas por el mismo motivo.

El capitán Pettijohn miró fijamente a Frank durante largo rato, y luego se echó a reír. El capitán no ríe a menudo, no es exactamente un hombre alegre. Pero se suelta y es realmente ruidoso cuando se decide.

Finalmente cesó de reír y se secó los ojos con el pañuelo.

—Frank —dijo, muy sosegadamente—, no me estaba riendo de usted, sino de esa extravagante idea. Mi consejo es que olvide usted eso antes que alguien crea realmente que usted está loco. Ahora, muchachos, apresúrense o ese hombre habrá vuelto en si cuando ustedes lleguen allá.

Sacamos el coche y yo conduje. Frank permanecía sentado mirando al frente, con el rostro tan pálido como puede ponerse el rostro de un mejicano.

—Ese condenado...

—No debiera haberse reído de ese modo —convine-. Pero, Frank, creo que no tiene usted razón. Creo que está haciendo una montaña de un guijarro... o de la muerte de un perro. Una vez maté un gato cuando quedó ciego de vejez. Eso no quiere decir que yo vaya por ahí matando gente por compasión.

—Ese condenado mojigato —repitió—. Si no me costara el empleo, le habría...

—Cálmese, Frank —insinué—. Non illegitimus carborundum.

Frank me había enseñado eso; decía que era una expresión latina equivalente a: “No hay que dejar que los bastardos le agobien a uno”.

Me hizo una mueca y estaba sosegado cuando llegamos al puesto de socorro. Gracias a Dios, o de otro modo habríamos tenido un día áspero y yo no quería discutir; sólo quería pensar en Carolina Armstrong. Mientras no estábamos realmente trabajando, claro.

Siempre tengo la atención puesta en lo que hacemos. Pero, a veces, hay momentos sobrantes para soñar.

El hombre había vuelto en sí cuando llegamos; salió de su estado de inconsciencia diez minutos antes, pero sabiendo que nosotros estábamos en camino no le habían preguntado nada. El ayudante que hacía las veces de médico interno nos condujo a la sala. Era una sala de dos camas, pero una de ellas estaba vacía.

El hombre que allí yacía no ocupaba mucho espacio en la cama. Tendría una edad entre los cuarenta y los cincuenta años, quizá un metro y cincuenta y cinco centímetros de estatura, y no podía pesar mucho más de cincuenta kilos. Estaba echado de lado, porque había un grueso vendaje en la parte de atrás de su cabeza. No habían tenido que rasurarle la cabeza para atárselo. Su rostro necesitaba un afeitado; estaba cubierto de un rastrojo que no podía decirse si era negro o gris. Nos miró de soslayo con unos ojuelos temerosos.

—¿Qué ocurrió? —preguntó.

—Eso es lo que queremos preguntarle. En primer lugar, ¿cómo se llama usted?

Respondió a eso y luego esperé que preguntara:

“¿Dónde estoy?” o “¿Qué día es hoy?”, pero me chasqueó; dijo llamarse Harvey Klinger, y no hizo más preguntas. En vez de ello inquirió:

—¿Qué me ocurre? ¿Me hallo en muy mal estado?

—Dejemos que el médico se lo diga y le quite esta preocupación, y hablará mejor —señaló Frank.

El ayudante dijo al hombre, con aire de aburrimiento:

—Ligera conmoción. Unas cuantas magulladuras. Alcoholismo, pero no agudo. Podemos soltarlo a las seis, esta tarde, si no hay complicaciones. Se puede emborrachar de nuevo hacia las siete.

El hombrecillo se lamió los labios.

—Creo que quizá haya acabado por esta vez. Dios mío, me siento muy mal; tal vez me lo merezco. —Luego hizo una ligera mueca.

Pensé que era hora de volver sobre lo que nos interesaba.

—¿Sabe usted quién le agredió?

—Sí. —Se humedeció otra vez los labios y pareció como si se esforzara por recordar—. Lo conocí en un bar. Un sujeto llamado Jerry; he olvidado su apellido, si me lo dio. Dijo que era marinero. ¿Qué podía estar haciendo un marinero en Tucson? Ni siquiera hay un río por aquí.

—¿Le han robado?

—No lo sé. ¿Acaso...?

—Usted tenía unos cuantos dólares sueltos en el bolsillo de la camisa. Pero si llevaba una cartera, se la quitaron.

—Creo que no me robaron, pues. Tenía veinte dólares la última vez de que me acuerdo, pero supongo que gasté los restantes. La cartera la dejé en mi habitación del hotel.

—¿Hotel? Luego, ¿no vive usted en Tucson?

—No, en Benson. Tengo un establecimiento allá.

—¿Vino aquí por negocios?

—Vine para insistir sobre uno, si necesita saberlo. Vengo cada seis meses o cosa así, sólo por unos días. Tengo que hacerlo. La cosa me fastidia mucho, hasta el punto de no poder casi soportarlo. Dejo el coche en un garaje para no tener que conducir, me voy a un hotel, dejo la cartera y saco sólo veinte dólares, así si me achispo no pierdo mucho.

—Bien —dije—, no le robaron. Pero lo lesionaron ¿Sabe con qué fue golpeado?

El movió la cabeza. Y dio un respingo, porque le dolía.

—¿Quiere declarar bajo juramento que ese marinero llamado Jerry lo agredió, si es ese el caso, y así cualquier descripción que pueda hacernos de él bastará para que lo cojamos?

—Diablos, no. Como que no estoy seguro de que yo mismo no empezara la pelea. Cuando bebo, olvido..., olvido lo menudo que soy. Me enfrentaría con el propio Rocky Marciano si viera que se estaba metiendo conmigo.

Frank se rió entre dientes.

—Es una buena cosa que usted no beba con frecuencia, señor Klinger, de otro modo no llegaría a viejo.

—No puedo beber con frecuencia. De ningún modo lo puedo hacerlo en Benson. Mi mujer dirige allí la W.C.T.U., la Liga Cristiana de Templanza de las Mujeres. Y además es más robusta que yo..., ¿quién no lo es?, y si alguna vez yo echara unos tragos y armara camorra con ella..., hermano, antes desearía habérmelas con Rocky Marciano.

—¿Le queda bastante dinero en esa cartera para pagar la ambulancia y su alojamiento aquí en el hospital? —preguntó Frank—. El establecimiento corre con los gastos si uno es pobre, pero tengo la impresión de que usted es solvente.

—Dejé unos cien dólares allí. —Se las arregló para apartar la vista lo suficiente para fijarla en el ayudante.

Este asintió con un movimiento de cabeza y dijo:

—La mitad de eso bastaría para cubrir fácilmente los gastos.

Mi mirada se encontró con la de Frank, y él hizo una seña afirmativa; por tanto, observé:

—Eso es todo, pues, señor Klinger. Pero con esa            abolladura en la cabeza, más vale que se atenga a lo que dijo respecto a que tenía bastante por esta vez.

Será mejor que emprenda el viaje de regreso e invente una buena historia por el camino.

—Muy bien. Gracias, así lo haré.

Di unos pasos en dirección a la puerta, pero pensé en algo más y retrocedí.

—Otra cosa. La próxima vez que usted haga esto, deje la cartera en el hotel, si quiere, pero por lo menos lleve un pedazo de papel con su nombre y dirección.

El se enderezó, apoyándose en un codo.

—¡Ah! ¿Y han avisado a mi mujer? Estaría aquí ahora mismo si ustedes le hubieran telefoneado cuando me hallaron. Ella cree que estoy en la Phoenix comprando una serie de artículos para el establecimiento.

Abajo, en el vestíbulo, Frank y yo nos miramos, reímos y le pregunté:

—¿Quiere llamar a nuestro querido jefe o lo hago yo?

—Yo lo llamaré —dijo él—. Le daré la formidable noticia desde aquí y veré cuál es el siguiente destino. Necesitaba esa risa. Ahora puedo hablarle sin tener que insultarle por teléfono.

—Pero, ¿todavía cree usted que Medley mató a Stiffler?

—Red, no estoy loco. El sí lo está. Lo mató, en efecto —dijo Frank, y se dirigió al teléfono.

Casi me lo hizo creer.

Pero es disparatado. Aun cuando hubiera alguna prueba, y no la hay, es totalmente disparatado. ¿Qué podría trastornar de tal modo a un hombre, volverle loco, para que se sintiera impulsado a matar por compasión?
 
 
 
 

CAPITULO XI - JOHN MEDLEY
 
 

El martes por la tarde, a las ocho, oí tocar el reloj y me acordé que hacía una semana salí a buscarlo. Era tan conmovedor... Inspiraba tanta compasión ese muchacho alemán... Desde el momento en que lo vi y le hablé por vez primera, conocí que Dios me había guiado bien.

Era igual que un muerto. Nunca habría sido de otro modo. Ni hubiera vivido mucho tampoco, aun cuando hubiese tenido un cuerpo más sano, porque su voluntad de vivir se había extinguido. Pero mientras viviera habría sufrido, y la aflicción mental puede ser tan intensa como el dolor físico. He conocido eso durante ocho años.

Era tan digno de compasión ese joven alemán. Sus ojos eran como espejos de la desesperación; su espíritu había muerto ya y su mente y su cuerpo, consumidos por el dolor, se disponían a morir también.

Por las noticias del periódico sobre ese horrible accidente y sobre su actuación en el examen de testigos y en el múltiple funeral, había sospechado que fuera así, pero Dios no me había dado ninguna señal, entonces. Hasta más de una semana después, el domingo por la tarde, no llegó una señal, y aún entonces no era clara y precisa.

Era tan agradable la tarde de un domingo de abril...Metí una pequeña Biblia en el bolsillo de mi chaqueta y anduve la docena de manzanas que separan mi casa de Himmel Park, en la avenida Tucson. Allí está la iglesia a donde voy a veces. No pertenezco a ninguna secta, ni he pertenecido nunca a ninguna. Fui un librepensador hasta hace ocho años, cuando por causa del horrible crimen que cometí entonces, encontré a Dios, O quizá El me encontró a mí. Ocurrió eso en un lugar abierto y es en los lugares abiertos donde me he hallado más cerca de El desde entonces. Puesto que Dios está en todas partes, todo el mundo es un templo, y es una insensatez separar pequeñas porciones de él y llamarlas iglesias. La mayor catedral es menuda y ridícula comparada con la verdadera catedral cuya bóveda es el Cielo.

En Himmel Park —un nombre muy apropiado: himmel es una palabra alemana que significa “cielo”— encontré un banco a la sombra desde el cual podía observar a los jóvenes que estaban jugando al tenis en las pistas de hormigón; los observé por algún tiempo, escuché los gritos alegres de los niños en los columpios, y luego saqué el Nuevo Testamento de mi bolsillo. Lo abrí, en el Apocalipsis, de San Juan. Si hay alguna parte de la Biblia que sea superior a las otras, es ese libro.

Estaba leyendo el pasaje: “Y él tenía poder para dar vida a la imagen de la bestia, para que la imagen de la bestia hablara, e hiciera que todos los que no adorasen la imagen de la bestia fuesen muertos”.

¿Se han parado a pensar alguna vez en el simbolismo de la bestia del Apocalipsis? Dios, por mediación de San Juan, nos lo revela, aunque veladamente. El deja a cada uno de nosotros la interpretación de ese magnifico símbolo, y acaso nunca pretendió que su significado fuera el mismo para todos. Para mí la bestia del Apocalipsis es la Clemencia, la clemencia del fin y de la muerte, que es el mayor don de Dios. Y hace que me sienta muy gozoso el que por seis veces Dios se haya servido de mi como instrumento para la concesión de ese don.

Pero divago. Apenas había acabado de leer las palabras “fuesen muertos” cuando oí pronunciar en voz alta el nombre Kurt Stiffier. No era la voz de un espíritu, sino una voz real. No obstante, ¿podría haber sido una señal? No lo sabía, pero escuché.

La voz había venido de detrás de mi. Volví la cabeza y miré por encima del banco y hacia abajo. Un joven y una muchacha que tendrían dieciocho o diecinueve años, estaban sentados sobre el césped, justamente detrás de mi banco, Tenían unas raquetas al lado, en el suelo, y llevaban una ropa propia para jugar al tenis; la muchacha, que era muy bonita, llevaba pantalones cortos y su piel tenía un color dorado oscuro debido a la acción del sol. El muchacho llevaba pantalones de deporte y una camisa de manga corta. Era muy rubio y bien parecido.

Fue él quien pronunció el nombre de Kurt Stiffler, y escuché lo que estaba diciendo a la muchacha sobre el alemán. Estaban tan absortos en su conversación y en su mutua contemplación, que ninguno de los dos reparó en mí ni sabía que estaba allí. De cuando en cuando, un grito más agudo de lo acostumbrado de uno de los niños que jugaban en el declive, hacía que perdiera una palabra o una frase, pero pude oír lo principal de lo que el mozalbete estaba diciendo a la muchacha, y la voz de ella, cuando ocasionalmente hacía una pregunta, era aún más claramente perceptible, a causa de su tono más alto.

El muchacho rubio, según parece, trabajaba con Kurt Stiffler en la oficina provisional del solar de la nueva escuela superior que Sig Hoffman está construyendo al sur de la ciudad. Aparentemente, la muchacha había leído la información sobre el trágico accidente, pero no había sabido hasta ahora que el mozo conocía a Kurt y trabajaba con él. El muchacho le estaba dando detalles sobre el alemán, sobre su vida antes de la tragedia y su conducta desde entonces.

Con respecto a esto último, usaba las palabras “muerto en vida”, describiendo a Kurt, y decía que dudaba que se recobrara nunca de lo que le había ocurrido, en parte porque, además de su natural dolor, se sentía culpable y se consideraba enteramente responsable de lo que había sucedido, pues no se le podía librar por medio de persuasivas palabras de su preocupación, ni convencerlo de que no debía echarse toda la culpa sobre sí mismo. Dijo, también, que Kurt se hallaba en un estado desastroso físicamente, aun antes del accidente. Carecía de vigor y resistencia para poder cumplir siquiera con las obligaciones de su ocupación y, generalmente, apenas si podía llegar hasta la parada del autobús después de la jornada de trabajo. El muchacho decía que Hoffman había creado ese empleo para Kurt por pura generosidad. Luego dijo que compadecía mucho al alemán y deseaba poder ayudarle en algo, pero que le era Imposible hacer nada a este respecto.

Procuró mostrarse amistoso con él, pero no pudo ganar su confianza. Probablemente, pensaba, las diferencias de edades lo impedían.

—Si se halla en tan mal estado —dijo la muchacha—, es extraño que no se quite la vida.

—Probablemente lo haría, si no fuera católico —le respondió el mozo. Luego su voz cambió—. ¡Eh! Vamos a ver si hay una pista libre para jugar, Olvidábamos para qué hemos venido.

Me volví mientras ellos se levantaban y salían de allí, y un momento después pasaron junto a mi banco; los seguí con la vista mientras se dirigían a las pistas de tenis, balanceando las raquetas con la mano.

Metí otra vez el Nuevo Testamento en mi bolsillo y permanecí quieto allí, asombrado. ¿Habría sido una señal de Dios que hubiera estado leyendo esas palabras “fuesen muertos” en el mismísimo momento en que oí pronunciar el nombre de Kurt Stiffler? ¿Era yo una vez más escogido por El para ser su instrumento en un acto de clemencia? ¿O había sido una simple coincidencia y en modo alguno una señal?

Cerré los ojos y, sin mover los labios, hice la pregunta, pero no me llegó ninguna respuesta.

Sin embargo, no leí más. Me volví en el banco y por algún tiempo observé a los niños que estaban jugando. Me preguntaba si Kurt y su esposa —¿cómo se llamaba?, su nombre había salido en el periódico, por supuesto, pero no me podía acordar— habían traído alguna vez a sus tres niños aquí los domingos por la tarde, y si yo por casualidad los habría visto.

¿Era una coincidencia o una señal? Una cosa parecía clara; la muerte sería una dicha para Kurt Stiffler. Indudablemente sólo sus creencias religiosas le impedían quitarse la vida. No todos opinan de igual modo, y para algunos, el suicidio no es un pecado. El pobre hombre al cual entregué las cápsulas de dormisona en el hospital no consideraba que él obrara mal poniendo fin a su dolor y así, para él, no había nada de malo en ello, Si Stiffler cree que obraría mal suicidándose, eso sería malo para él. Dios nos da a conocer lo que es justo para nosotros. Si El me está escogiendo a mí para poner fin al tormento de Stiffler en vez de inducir a Stiffler a hacerlo por sí mismo, es que Dios tiene sus motivos para quererlo así aunque no podamos comprender esos motivos. Quizá algún día habré servido a El bastantes veces para haber expiado mi crimen y mi pecado; si es así, El me dará una señal y quedaré libre. Hasta entonces, tengo que soportar todo lo que venga, y también los sueños.

Esa noche y todo el día del lunes luché con el problema. El lunes por la noche me llegó la respuesta. No fue con palabras, pero era un claro pensamiento que yo sabia que no era mío; Dios lo había puesto en mi mente. Dejaba, esta vez, la decisión final para mí. Había de traer a Kurt Stiffler a mi casa y hablarle, observarlo, y finalmente decidir yo mismo si merecía la gracia la muerte y si estaba preparado para ello. Dios estaba poniendo a prueba mí discernimiento.

Y así, hace ahora una semana, fui a ver a Kurt Stiffler. Fue fácil engañarlo, pues había urdido un plan sencillo pero hábil. Le dije que era un amigo de Hoffman y que éste me había sugerido que fuera a verle para pedirle un favor. Dije que esta noche, en casa, esperaba cerrar un trato con un hombre que viene de Méjico para visitarme con ese fin, que estaría también allí otra persona interesada, un alemán que ha poco tiempo que estaba en el país, y que los dos iban a venir a mi casa a las nueve. Y que aun cuando me hablaban algo de inglés, temía que pudiera surgir algún malentendido sobre alguno de los puntos a tratar por lo cual había telefoneado a mi amigo Sig y le había preguntado si conocía a alguien que hablara el español y el alemán, así como también el inglés, y Sig había dicho que él, Kurt, sin duda estaría dispuesto a ayudarme.

Sabía que él, porque debía tanto a Hoffman, no se negaría, y no se negó. Sólo vaciló un poco, diciendo que todavía no hablaba muy bien el inglés, pero cuando aseguré que era inglés más que suficiente para el objeto, vino conmigo.

Nadie me vio ir a su casa y nadie nos vio salir de ella juntos y dirigirnos a mi coche estacionado a la vuelta de la esquina. Si nos hubiera visto alguien que pudiera identificarme después, no habría habido algún peligro para mí, porque no habría terminado entonces mi misión; hubiera sido una señal de Dios, señal de que El había quitado de mí la decisión, y que Kurt Stiffler debía vivir. Poco después, desconcertado por el hecho de que mis conocidos, los hombres de negocios, no hubieran aparecido, tendría que conducir de nuevo a Kurt a su casa, su inmundo y reducido apartamiento (¿Cómo pudo soportar el seguir viviendo allí, donde vivieron los cinco miembros de la familia? Pero era significativo que hubiera podido hacerlo; si hubiese tomado una habitación para él en otra parte, ello habría demostrado que por lo menos estaba procurando encontrar un modo de vivir él solo, y resignarse a su pérdida)

Pasaba el tiempo y el alemán y el mejicano no llegaban. Permanecimos allí sentados y hablamos y yo traté de hacer que hablara...

Interrumpí mis pensamientos; el ventilador estaba funcionando, pero de repente pareció que hacía un calor sofocante en mi habitación, y no quería pensar esta noche en lo que ocurrió una semana atrás, ni en Kurt Stiffler. ¿Por qué siempre siento esto aun cuando sé que lo que hice era justo y que Dios quería que lo hiciera?

Salí afuera, más allá de la puerta de entrada. La noche era fresca y agradable.

Se oyó la voz de la señora Armstrong:

 —¡Hola, señor Medley!

Miré en dirección a su casa y le devolví el saludo, no preguntándome qué querría. Vi que había un coche aparcado frente a su casa, un gran convertible negro. La señora Armstrong gritó luego:

 —Venga. Estamos celebrando algo; es una gran noticia.

Había justamente la suficiente luz para que pudiera ver a varías personas reunidas a la entrada de la casa de las Armstrong. No estaba de humor para ir allá, pero un no puede excusarse a gritos a una distancia de más de cien metros, y además no tenía ninguna excusa razonable para ofrecer. Por tanto, hice señas en vez de contestar, y me dirigí, por la acera, hacia ellos; estaba demasiado oscuro para arriesgarme a atravesar el terreno irregular de los solares.

Mientras subía los escalones del pórtico vi que había tres personas allí, la señora Armstrong, su hija Carolina y un hombre al cual no reconocí inmediatamente en la oscuridad, hasta que se levantó y me alargó la mano.

—¿Me recuerda, señor Medley? Soy Cahan.

Era uno de los dos agentes municipales que estaban investigando sobre la muerte de Stiffler. ¿Qué estaba haciendo aquí, con un vaso en la mano?

—Por supuesto que le recuerdo —contesté.

—Gran noticia, señor Medley —dijo la señora Armstrong—. Tengo el gusto de anunciarle los esponsales de mi hija. Justamente cuando pensaba que nunca iba a librarme de ella.

—Quiere usted decir que se ha prometido... con...

—Estaba tartamudeando. Red Cahan se rió.

—Sí, conmigo, señor. Y creo que se me debe felicitar.

Lo felicité, le cogí de nuevo la mano y le di un apretón realmente efusivo esta vez.

—Pero..., no sabía que usted conocía a mis vecinas, señor Cahan. ¿O las conoció usted... antes del miércoles pasado?

—Fue ese día cuando conocí a la señora Armstrong —dijo él—. Pero no vi a Carolina hasta el jueves por la tarde, hace ahora cinco días. Por tanto, continúe usted y diga que esto es muy repentino. —Hizo una mueca y añadió—: Pero así soy yo. Y como los dos tenemos el cabello rojizo, creo que somos un poco iguales. ¿Puedo traerle una cerveza?

Iba a decir que mi esposa y yo nos habíamos prometido con la misma rapidez, hacía ya treinta años, y luego me acordé que les había dicho a él y a su compañero que era soltero.

—Lo siento —repuse—, no bebo cerveza, señor Cahan; me produce gases. Pero hay que beber algo, la ocasión lo requiere, y tengo en casa una botella de jerez muy bueno, el mismo que les ofrecí a usted y a Frank Ramos el miércoles pasado, sólo que ustedes estaban de servicio entonces, como debiera haber comprendido. ¿Qué le parece si me deja contribuir con la botella a la celebración?

—Excelente —dijo él—. Con tal que se siente usted y me permita a mí ir a buscarla.

—Le aseguro que no me importa...

—Muy bien —declaró él—. Me siento tan animoso que estoy en disposición de ánimo como para ir corriendo hasta la próxima puerta y traerme la botella. ¿Dónde está?

Le dije dónde estaba y cogí una silla.

—Parece un joven muy simpático —comenté.

Carolina extendió el brazo y me apretó la mano.

—Es más que eso: es admirable y estoy loca por él.

—Piensan casarse dentro de un mes —aseguró la señora Armstrong—. No me importa el repentino noviazgo, pero ¿no cree usted que debieran esperar más tiempo para casarse?

—No responda a eso, señor Medley —dijo Carolina—. Porque si su respuesta no es favorable, me pondré furiosa con usted. Y mi madre lo quiere, de cualquier modo. De aquí a un mes es cuando Red tiene sus vacaciones, dos semanas, y no vamos a desperdiciarlas. Nos vamos a la ciudad de Méjico para nuestra luna de miel.

—Y luego van a vivir aquí —agregó la señora Armstrong—. A Dios gracias, no me costó mucho convencerlos de eso. Sería horrible para mí estar sola en una casa como esta. Les dije que si no querían vivir aquí conmigo, vendería la casa y me iría a vivir con ellos. Eso los decidió.

—Madre, sabes que no tuviste que hacer esa amenaza. Queríamos vivir aquí y tú no lo ignoras.

No estaban discutiendo, realmente. Nunca he visto una madre y una hija más unidas que las Armstrong, y Red Cahan parecía llevarse bien con las dos. Un joven excelente. Tengo la impresión de que su compañero es el más brillante de los dos y, desde mi punto de vista, creo más peligroso (excepto que no puede haber ningún posible peligro ahora), pero de los dos Red es el que resulta más agradable y con el cual es más fácil llevarse bien. Sincero y franco. No me fiaría mucho de Frank Ramos, aun cuando no puedo decir por qué.

Cahen volvió con mi botella y tuvo una pequeña controversia con la señora Armstrong respecto a cuál de los dos entraría en la casa para abrirla y traer los vasos. Fue Cahen.

—Si dos personas tienen el cabello rojo y se casan —preguntó Carolina—, ¿todos sus hijos nacen pelirrojos?

—En Life with father así era, en efecto —dije.

Y hubiera deseado no haber hablado, pues un escalofrío recorrió mi espina dorsal. En aquel momento había olvidado que Life with father era la pieza teatral que había visto con mi esposa ocho años atrás en la noche que desde entonces he considerado siempre como la noche del horror, la noche en que casi me volví loco; quizá estuve loco por algún tiempo, después de eso, hasta que encontré a Dios y su respuesta. Pero sólo horas antes de aquel infierno, nos habíamos reído con aquella divertida comedia.

Amaba a mi esposa más intensamente de lo que puedo expresar. Era una muchacha alta, algo desgarbada; tenía dieciocho años cuando nos casamos. Yo tenía veintiséis. Pero se convirtió en la mujer más hermosa que haya existido jamás. En algunas mujeres se observa eso: se desarrollan lentamente y ganan belleza con cada año que pasa. Esa noche, la víspera del día en que cumplía cuarenta años, Dierdre (hasta su nombre era hermoso) estaba más encantadora que nunca. Una belleza fascinante; se la habría tomado por una reina. Su rostro y su cuerpo eran soberbios. Solía bromear con ella, cuando la veía desnuda, diciéndole que si alguien le cortara los brazos no se distinguirla de la Venus de Milo. Pero no la amaba solamente por su belleza; aquellos veintidós años de vida conyugal habían transcurrido como un bello sueño, tan admirablemente nos llevábamos el uno con el otro. Con mirada retrospectiva me parece que nuestro matrimonio era perfecto. Quizá era menos que eso, pero estaba tan cerca de la perfección como un hombre pueda esperar. ¿Por qué Dios era tan bondadoso conmigo, cuando ni siquiera creía en El entonces? Nunca lo comprenderé Pero, ¿qué hombre podrá jamás comprender los caminos del Señor?

Vivíamos en Chicago, entonces, pero no fue allí donde aquello ocurrió. Yo estaba de vacaciones y habíamos hecho una excursión en coche hacia el oeste, a través del país, despacio, parándonos en algunos de los parques nacionales, pasando un fin de semana —y gastando unos cuantos dólares— en Las Vegas. Habíamos llegado a Los Angeles y ese punto había de ser el término de nuestra excursión. Habíamos ido ya bastante en coche, y puesto que también queríamos comprar un coche nuevo, determinamos vender el viejo en Los Angeles, por lo que nos dieran, y regresar a Chicago en avión. Habíamos resuelto celebrar el cumpleaños de Dierdre un día antes de la fecha, a fin de que yo pudiera pasar el día siguiente consiguiendo ofertas de unos cuantos negociantes, sobre el coche, y luego, si lo vendía, aseguramos un asiento en el avión para el próximo vuelo que hubiera.

Comimos en el Brown Derby, de Beverly HiIls, y luego fuimos en coche a la parte baja de la ciudad y vimos la comedia. Llevaba en el bolsillo un precioso reloj de pulsera constelado de diamantes, como regalo para ella; pensaba dárselo, dondequiera que nos halláramos, después de la medianoche, cuando realmente empezaría su cumpleaños. Después de la función tomamos un cóctel en el bar contiguo al teatro, y le pregunté si deseaba algo más antes de regresar al hotel. Al principio dijo que no, y luego sugirió:

—Johnny, ahora me he acordado de algo. Hace dos días que estamos aquí y posiblemente nos vayamos mañana, si vendes el coche pronto; y no he visto el mar. Nunca he visto el océano Pacifico, y seria una vergüenza estar tan cerca y que regresáramos a casa sin haberlo visto.

Convine en que sería una lástima.

—Es una hermosa noche de luna llena —dije—. Podemos ir en coche a Santa Mónica o a alguna otra parte y parar un rato junto a la playa. Vayamos.

Ella quería conducir y dejé que lo hiciera. Ninguno de nosotros dos conocía bien la ciudad, pero nos figurábamos que si seguíamos marchando hacia el oeste tendríamos que alcanzar el océano en alguna parte, y las playas a lo largo de la costa son casi continuas. Pero debimos haber perdido la orientación, porque después supe que estábamos avanzando al norte, por Sepúlveda, hacia el desfiladero en que aquello ocurrió.

El accidente y el asesinato.

Semejante al accidente de Kurt en algunos aspectos, muy diferente en otros.

A Dierdre le gustaba conducir velozmente, y así lo estaba haciendo entonces. La carretera por delante estaba libre; parecía no haber ningún peligro. Sólo un coche estaba a la vista, acercándose a nosotros. No había ninguna indicación de que el conductor estuviera embriagado hasta que, escasamente a una distancia de una docena de yardas, se desvió y entró en nuestro camino, avanzando derecho hacia nosotros con el inminente riesgo de un choque frontal. Si ese hubiera sido el caso, los dos habríamos muerto instantánea y misericordiosamente.

Dierdre maniobró con rapidez y nos deslizamos a un lado. No chocamos con el coche, ni siquiera lo rozamos. Pero yendo todavía por lo menos a setenta y cinco, nos salimos del borde de la carretera, cayendo por un declive de dos metros y dando contra un árbol.

Igual que Kurt, yo salí ileso. Mucho más comprensible en mi caso que en el suyo, pues nuestro coche era un convertible, mientras que el suyo no lo era, y él estaba al volante. Sólo si la portezuela del lado del conductor se abre súbitamente de par en par, puede éste salir ileso en un caso semejante.

Fui lanzado contra el suelo. Recibí un golpe que casi me aturdió, y salí rodando. Pero no sentía dolor. Traté de levantarme para volver atrás y llegar al coche, donde Dierdre estaba gritando, pero una pierna no me obedecía: estaba rota. Me arrastré. El coche estaba tumbado de lado y Dierdre aparecía a través del parabrisas. Su rostro estaba... irreconocible: había perdido un ojo. Tenía un brazo casi separado del cuerpo y brotaba abundante sangre de la descarnada herida donde el cristal le había cortado un pecho. Una gruesa lámina de cristal sobresalía del abdomen y estaba roja de la sangre que surgía por la herida. Y ella estaba gritando, gritando, GRITANDO.

Mi mano estaba posada sobre una piedra. La usé y cesaron los alaridos. Luego yo mismo me encontré gritando, mientras me hundía en una oscuridad que debiera haber sido la muerte, pero que no lo fue.

Desperté en un hospital. Tenía una pierna fracturada, las costillas rotas, varias lesiones que curarían, y una que no.

No estaba enfermo, pero tampoco sano. Perdí el habla por algún tiempo. No hablaba, ni siquiera para contar lo que había ocurrido. Si entonces hubiera podido hablar, sin duda les hubiera dicho la verdad, que la había matado, que la había asesinado. No me habría importado que me hubieran impuesto la máxima pena. Hubiera recibido con gusto la muerte.

Porque yo la había matado. Es cierto que casi con seguridad habría muerto por la pérdida de sangre, si no por otros daños, antes de que llegara el auxilio, pues pasó casi una hora antes de que llegara una ambulancia. Es casi igualmente cierto que Dierdre, aun aparte de su tormento, no habría querido vivir tan mutilada. Pero no sé si me hice esas reflexiones, si la compasión fue mi único motivo, o si era que yo no podía soportar aquellos horribles gritos.

Al parecer, no sospechaban que yo fuera culpable. Después de seis semanas en el hospital me llevaron a un sanatorio y me recobré físicamente, excepto que tuve que andar con un bastón por algún tiempo. En mi mente, sin embargo, persistía la conmoción, y estaba tan desesperado que temían que me quitara la vida. Y lo habría hecho, si hubiera podido; pero algo me detuvo. Más bien, Alguien me detuvo, pues sé ahora que fue Dios, y que se sirvió y se sirve de mi, y que no quiso ni quiere que yo muera por mi propia mano. Pero lo haría hoy, esta noche, si El me diese la señal de que he expiado mi culpa sirviéndolo, y que estoy ahora libre. Libre para reunirme con Dierdre, porque al encontrar a Dios me fue revelada la admirable verdad de la inmortalidad del alma y sé que volveré a ver a Dierdre, y no como la última vez que la vi, pues eso sería el infierno y es el Cielo lo que espero con ansia.

Poco después les pareció que mi estado era ya normal y me sacaron del sanatorio. Regresé a Chicago y procuré por algún tiempo recobrar de nuevo los hilos de mi vida. Vivir me resultaba tan difícil como morir. Me di cuenta, entonces, de que sólo encontrando a Dios —el Dios en el cual no había creído— podía volver a ser normal. Lo busqué en las iglesias, y no lo encontré. Lo busqué luego en el yermo, y lo encontré allí.

Eso me ocurrió al norte de Wisconsin. Fui allí a buscar soledad bajo el cielo abierto, pero llevaba ropa de caza y una escopeta, fingiendo que había salido a cazar, para que la gente no desconfiara.

Dios me guió hacia una liebre que tenía una pata rota y estaba muriéndose de sed y hambre. Y mientras yo miraba a la liebre y sus ojos angustiados me miraban a su vez, una voz dijo: “Mata, John Medley”. Claramente. Y di muerte a la liebre, y quedé tranquilo. Porque esta vez sabía que había cumplido la orden de Dios y con eso lo había encontrado a El. Sabía que sólo hubo compasión en mi corazón, cuando había matado. Y lo sabia, porque ahora Dios me lo había dado a conocer infundiendo la idea en mi mente: que El se serviría de mí como su instrumento y que me daría una señal o me haría saber de otro modo cuándo tenía que matar, y cuándo mi culpa había sido expiada. Porque había matado ya una vez, a la única persona que había amado en mi vida, y sin una señal de Dios. Y hasta que Dios la quite, la marca de la bestia estará sobre mí, y esa bestia es la Clemencia.

—Su vino, señor Medley.

Cogí el vaso que me ofrecía Cahan y le di las gracias.

Por indicación mía brindamos por Carolina primero, por Cahan después, y por su noviazgo luego.

Unos minutos más tarde, en un momento de silencio, pregunté a Cahan —pues era muy natural que yo lo preguntara y podía hasta haber parecido extraño si no lo hubiera hecho— si se había averiguado algo sobre el caso Stiffler.

 —Nada —dijo él—. Eso parece un callejón sin salida. Daba la impresión de que decía la verdad, pues había hablado con demasiada espontaneidad para haber estado mintiendo. Y lo dejó en eso; si hubiera tratado de engañarme, habría continuado dando rodeos.

Un callejón sin salida, había dicho. Y lo era.

 Pero en la vida no hay interrupción. La vida continúa. La juventud se enamora, se casa y tienen hijos, y esta joven pareja se casaría y pronto vivirían al lado de mi casa. Y dentro de unos años tendrían varios hijos. ¿Pelirrojos? Sin duda.

Será magnífico. Quizá pueda poner un columpio para ellos en el patio interior de mi casa. No hay ningún árbol suficientemente grande para eso en el patio de las Armstrong.

Sí, la vida continúa, y debe continuar.

Espero que Cahan y yo seremos buenos vecinos, y no dudo de que lo seremos. Dudo, sin embargo, que se interese, como yo, por los libros y la música, o por el ajedrez, de modo que por ese motivo, si no hay ningún otro, probablemente no trabaremos una verdadera amistad. Pero, de cualquier modo, yo no suelo tener amigos íntimos, Y hallaremos cosas de que hablar por encima del seto, y de cuando en cuando me sentaré en el pórtico de su casa en una noche calurosa, como ahora, o los haré venir a la mía para que se entretengan oyendo la música; tengo también algunos discos de canciones populares por si acaso no les gusta la música clásica.

Pensando en la amistad, me acuerdo ahora del jefe de la policía, el cual me visitó la otra tarde y pasó algún tiempo conmigo. He aquí un hombre del cual podría hacer un amigo, si me atreviera a tener amigos. ¿Cómo se llamaba? Oh, sí, Pettijohn. Y qué extraña coincidencia que viva ahora en una casa construida en un solar que me compró a mí. De algún modo ello estableció un vinculo entre nosotros dos, aun cuando supongo que no fue mucha la coincidencia; he comprado y vendido una buena cantidad de solares en los últimos años.

Pero me agrada mucho, aun habiendo tenido tan poco trato con él, y sentí que el agrado era mutuo. Es muy afable, y tiene aproximadamente mi edad, o sólo es ligeramente más joven, aunque no tiene menos de cincuenta años. Es un buen hombre, y religioso. No recuerdo como surgió el tema de la. religión en nuestra conversación, pero hablamos de ello. Si, ahora me acuerdo. El mencionó el sitio y el precio de un solar que hacía poco había adquirido, para fines de edificación, la iglesia en la que él tiene un cargo especial, y me preguntó si creía que habían hecho una buena compra. Luego me habló sobre la casa que había construido en el solar que antes fue mío, y sobre su familia: su esposa y una hija.

Deseaba haber podido hablar tan libremente en reciproca correspondencia. Hay veces en que lamento, desde que vine a Tucson, haber dicho a la gente que nunca he estado casado. Entonces, era porque no quería que me hicieran preguntas sobre mi esposa. Recientemente siento con frecuencia grandes deseos de hablar sobre Dierdre y la maravillosa vida de que gozábamos juntos. Pero me haría aparecer ridículo cambiar mi historia ahora, y tengo que mantenerme en el punto de haber sido siempre soltero.

En el pórtico de la casa de las Armstrong, yo bebía jerez.

Había silencio, pero era el silencio de la satisfacción, un silencio feliz que no deseaba romper. Estaba pensando, si yo pudiese tener siquiera un fragmento del afecto que ellos se tienen...

—Las nueve y veinte —dijo Cahan—. ¿Cree usted, señora Armstrong, que es demasiado tarde para dar pequeño paseo en coche? Usted y el señor Medley vienen con nosotros, por supuesto.

La señora Armstrong se rió.

—Pero ustedes no querrán que les acompañen unos vejestorios como nosotros, de modo que vayan usted y Carolina. —Se dirigió a mí, luego—. Lo siento, señor Medley, no quise hablar por usted. Quizá a usted le gustaría ir con ellos, y en ese caso yo iré también.

Moví la cabeza.

—Muchas gracias, pero tengo que estudiar unos documentos en casa. En verdad, estaba justamente pensando en excusarme.

Tomé el último sorbo de mi vino y me levanté, poniendo el vaso sobre la baranda del pórtico.

Cahan se estaba levantando también, y cogí de nuevo su mano y se la estreché.

—Felicitaciones otra vez, joven. Y también a usted señorita Amrstrong.

Trataron de hacer que me llevara el resto del vino pero rehusé, por supuesto. Había contribuido con la botella a la celebración y era una ofrenda bastante pequeña.

Después de despedirme, me fui a casa y cuando de nuevo en ella, el reloj de pared tocó una vez: las nueve y media. Y me acordé de haberlo oído tocar así hacia ahora un semana, poco antes de...

Había fingido oír que se acercaba un coche. Kurt estaba en el sitio más próximo a la ventana y le dije si quería mirar afuera para ver si el coche paraba. Se dirigió a la ventana, y resolví seguirlo y mirar también. Me acerqué por detrás de él, con la mano en el bolsillo hasta el último momento, no fuera que estuviera viendo mi imagen en el cristal. Cuando estuve inmediatamente detrás de Kurt, fingiendo mirar por encima de su hombro, levanté la pistola y apreté el gatillo. Y lo sujeté mientras caía. Murió sin sufrimiento, el pobre murió no sabiendo, ni siquiera por una fracción de segundo, que iba a morir, y sin tiempo para sentir el más ligero dolor al llegar la muerte.

No, no siento el menor remordimiento.

Pero, ¿por qué, pues, temo la llegada de la noche, y el momento de acostarme?

Porque sé que llegarán los sueños. ¿Por cuánto tiempo aún, oh Dios mío, tendré que continuar siendo tu instrumento? ¿Cuánto tiempo aún, antes de que me concedas esa gracia que has dado a otros por medio de mi mano?

 

CAPÍTULO XII - FRANK RAMOS
 
 

Red estaba solo en la sala de sesiones cuando entré. Estaba de espaldas a mí y miraba por la ventana. No creo que me hubiera oído entrar.

—¿Dónde están todos los otros? —pregunté.

—Fuera, en una misión —dijo. Se volvió y vi que su rostro estaba radiante—. Estamos de observación—añadió.

No me gusta mucho estar de observación, lo cual significa vigilar desde allí por si acaso ocurre algo. Se hace muy aburrido y preferiría estar afuera haciendo algo.

Y sé que Red lo siente también así y aún más, incluso; por eso su radiante aspecto me desconcertó, hasta que él soltó la gran noticia:

—Frank, estoy comprometido para casarme.

Moví la cabeza.

—Bien, muchacho. Lo felicito. ¿Es la chica de quién estaba usted hablando hace unos días o es una nueva?

Empezaba a enfurecerse; luego vio que yo estaba bromeando e hizo una mueca.

—La misma. Y nuestro noviazgo va a ser corto. Nos casaremos cuando tenga mis vacaciones.

—Buen negocio —dije—. No sirve demorarlo si uno está seguro..., y creo que usted tiene suficiente edad para estar seguro. Pero, ¿cuál es el caso en que están ocupados todos? ¿Y cómo es eso?

Había mirado el reloj cuando entré; era casi la hora de empezar y no parecía probable que todos menos Red y yo hubieran llegado lo bastante temprano como para haberles dado ya instrucciones y enviado a su destino.

—Es un robo, un atraco en la carretera, en Fehrman, hace una hora y media.

Red se sentó, encendió un cigarrillo y apagó la cerilla con un movimiento de la mano. Fehrman es un supermercado de la calle Veintidós, en el camino hacia la base de las fuerzas aéreas, en Davis-Monthan.

—Dos sujetos —prosiguió— sorprendieron al gerente cuando acababa de abrir la caja de hierro para repartir el cambio a los cajeros de la primera tienda. No sé cuánto había en la caja, pero todo se lo llevaron.

—Eso está fuera de los limites de la ciudad —dije—.¿Cómo no se está ocupando de ello el sheriff?

—Lo hace, pero nosotros estamos también en el asunto. A menos que nos hayan engañado, los atracadores se dirigieron hacia la parte baja de la ciudad. Parece que son de fuera de la población, y tenemos buenas descripciones, por eso estamos ayudando a los muchachos del distrito, registrando los hoteles y casas de huéspedes, por si acaso se hubieran metido en uno de esos sitios. El jefe recibió la noticia mientras estaba en su casa, llamó a los otros muchachos y mandó que salieran en seguida desde sus casas para ese trabajo sin venir por la jefatura.

—Usted debe de haber llegado algo temprano, para saber todo eso —afirmé.

—En efecto. Llegué quince minutos antes de la hora, y el jefe estaba ya aquí. Me dio la información y me dijo que le informara también a usted, por si acaso saliera de improviso algo que hiciese necesaria nuestra intervención.

Me senté.

—Cuénteme —le dije.

Las descripciones eran buenas, perfectas, mucho mejores de lo corriente. Con ellas uno podría imaginar fielmente a esos hombres. El gerente y uno de los cajeros habían sido más observadores de lo que son la mayoría de las personas. Los habían visto alejarse en un coche que podía haberse identificado fácilmente, pero no habían ido muy lejos con él. Estaba en la orilla de la acera, a una distancia de tres manzanas, y sin duda era un coche robado, tal vez poco antes y solamente con ese fin. Nadie los había visto cambiar de automóvil, por tanto no sabíamos nada por ese lado. Y esa era la información, excepto que por las descripciones y la manera en que habían operado se podía casi asegurar que no eran de la localidad. Y si estaban en algún sitio de la ciudad tenía que ser en un hotel o una casa de huéspedes, y había probabilidades de cogerlos. Si habían salido de la población, tendrían tras de sí una buena cantidad de kilómetros ahora y era cosa del sheriff o de la policía del Estado.

Descansamos un rato y luego Red dijo:

—Oiga, Frank, me gustaría que conociera a Carolina.

Dije que sin duda la conocería pronto.

—¿Qué le parece si fueran esta noche usted y su esposa? Sabe, Carolina quiere que yo conozca algunos de sus amigos. No conozco todavía a ninguno de ellos, y los ha invitado para esta noche. No es realmente una fiesta, sino una pequeña tertulia. Sólo unas cuantas personas y nada de ceremonias. Pero me dijo que llamara a todos los que quisiera y..., bien, seria una buena ocasión para que usted y Alicia la conocieran.

—Ciertamente me gustaría, Red. Pero por lo que sé creo que Alicia tiene otros planes. Tendré que consultarlo con ella primero.

—Sin duda alguna. Pero, ¿por qué no telefonearle ahora y asegurarse? Si ustedes dos no pueden venir, me dará tiempo para encontrar a algún otro. Me figuro que debiera tener a alguien allí, a mi lado.

Era una penosa situación. Sabía que no era conveniente llevar a Alicia, porque..., bueno, puedo ya predecir mejor cuándo va a estar bebiendo y cuándo no. Estaba bien ayer, pero esta mañana, desayunando, aparecía melancólica y eso es una indicación bastante segura de que empezará a beber; quizá lo ha hecho ya. Da vergüenza, ¿por qué no ve lo que está haciendo? ¿Por qué, hasta cuando no bebe y está de mejor talante, se indigna y discute conmigo si insinúo siquiera que eso es un problema? Oh, más tarde o más temprano comprenderá que es un problema, y tendrá que encararse con él. A veces casi aguardo con satisfacción que la cosa empeore, porque tendrá que empeorar, me temo, antes de que mejore.

Pero no tenía ninguna excusa para no telefonear ahora, o por lo menos simular que telefoneaba. Me dirigí al teléfono que usamos para las llamadas particulares, que no pasan por la centralita, y marqué mi número. En el momento en que lo oí sonar comprendí que no debiera haber llamado. Con Red escuchando allí, no podía hablar a Alicia y transmitirle la invitación, porque si decía que sí, a pesar de eso no podríamos ir, probablemente, y..., caramba, por supuesto que no podríamos ir, aun cuando Alicia se mantuviera serena. No había ninguna duda de que estaría bebiendo en la tertulia y eso haría que se soltase, y, de cualquier modo, si íbamos tendríamos que pedir a Carolina y Red que vinieran a nuestra casa y, tarde o temprano, ocurriría lo desagradable.

Por lo tanto, cuando oí la voz de Alicia decir “¡Hable!”, no respondí. Parecía estar alegre y yo no podía adivinar por esa sola palabra si había empezado a beber. Mantuve el auricular apretado contra mi oreja para            que su voz no llegara hasta Red, y estuve esperando. Luego la voz de Alicia, tranquila y con un tono muy claro, dijo:

—¿Clyde?

¿Clyde?

Otra pausa y luego el teléfono sonó en mi oído con un golpe seco mientras ella colgaba. No sé si mi rostro mostraría algo, pero me alegraba de que estuviera de espaldas a Red. Mantuve el teléfono en mi mano hasta que estuve seguro de que podía hacer que mi voz sonara de un modo natural antes de que colgase y me volví hacia él.

—No contestan —dije—. Probablemente salió de compras. Probaré otra vez más tarde.

Me senté; tenía que sentarme. No conocía a nadie llamado Clyde. Pero Alicia sí, y había supuesto que la llamada telefónica era de él. ¿Significaba eso lo que yo temía que significara? ¿Qué otra cosa podía querer decir? Traté de hallar algunas justificaciones, pero parecían bastante forzadas.

Había tenido absoluta confianza en Alicia, hasta aquel momento. Nunca tuve sospechas. Acepté la acción de beber como su vicio, o, para ser más benévolo, como su enfermedad, y nunca me di cuenta de que el beber pueda tener otras consecuencias, aparte de las físicas; el derrumbe de la moral. Alicia tiene, o cree tener, un hondo sentimiento contra mí. Pero...

Pero puede haber, tiene que haber, una justificación. Tenía que reprimirme para no entrar de rondón en el despacho del jefe y decirle..., decirle alguna excusa para salir, correr a casa, hablar a Alicia y averiguarlo. Tenía que saberlo.

Pero debía esperar. No era conveniente que me fuera a casa ahora. Si la respuesta no fuese convincente, podría hacer algo que lamentaría después. Podría matarla o tratar de encontrar y matar... a Clyde; quienquiera que fuera. Vaya su alma al infierno. Ciertamente, si Alicia ha estado manteniendo relaciones con alguno, cualquiera que sea, podría yo muy bien cometer alguna violencia si lo supiera con certeza de repente. Esta noche habré aceptado la posibilidad hasta el punto de poder considerarlo con calma. ¡Y qué alivio si sé que hay alguna razonable explicación!

Pero, ¿me atrevo a aguardar alguna? No lo sé ya. Quizá fue la modulación de su voz: “¿Clyde?” Uno no dice un nombre de esa manera, como no sea... Y el tono era ciertamente confidencial.

Sin embargo debo tomarme tiempo antes de hablarle, porque si es cierto que tenemos que resolver algo, sea lo que sea, lo resolveremos sin violencia, pues no quiero hacerle ningún daño. ¿Estoy loco porque todavía la amo y todavía la deseo? Si quiere que la perdone, puedo hacerle comprender la causa cuyo resultado es éste y hacer que se ponga al cuidado de un médico y cese de beber? ¿Puede salir lo bueno de lo malo? ¿O puedo perdonar, cuando pienso en este hombre, en este Clyde que estaría tocando su cuerpo, acariciando su piel.

Dios mío, no dejes que piense en eso.

Entró Carmody.

—El jefe quiere verles, muchachos —dijo.

Pasamos al despacho del capitán. Estaba reclinado en su sillón giratorio, fumando. Nos hizo una seña para que nos sentáramos, y así lo hicimos.

—¿Le ha informado Red sobre el asunto del Frank? —preguntó, y cuando hice una señal afirmativa con la cabeza, dijo—: Bien, pero ustedes probablemente no tendrán que intervenir. Parece ser que los atracadores van a través de la ciudad, adelantándose hacia Phoenix.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Red.

—Simplemente, hablé al sheriff. Uno de sus hombres estuvo registrando un puesto de abastecimiento hacia la parte norte, en Oracle Road, y averiguó que hacía media hora había parado allí un coche para tomar gasolina, e iban en él dos hombres que se ajustaban bastante bien a las descripciones hechas. Avanzaron hacia el norte y eso los situaría fuera de la jurisdicción en estos momentos. La patrulla del Estado les cerrará el paso en Florence.

—Lamentable -dijo Red. Y cuando el jefe le miró, Red hizo una mueca, y explicó—: No quiero decir para los atracadores; quiero decir para nosotros. Ahora, los muchachos de la patrulla se llevarán la fama. ¿Qué deseaba de nosotros, mi capitán?

—No mucho. Sólo que estoy sin nada que hacer por el momento y pensé que mientras ustedes estaban esperando podíamos discutir el caso Stiffler. El jefe me ha estado apremiando un poco sobre el mismo.

Se volteó en el sillón giratorio y apuntó un dedo acusador hacia mí.

—Ahora bien, Frank, olvide esa disparatada idea que tiene de John Medley. Especialmente ahora que lo he visitado personalmente, sé que usted no tiene razón y le prohíbo que lo moleste en modo alguno. Usted no tiene que verle ni hablarle. ¿Comprendido?

—Sí —dije.

—Bien, luego he aquí cómo está la cosa. Hemos investigado sobre Stiffler tanto cuanto nos ha sido posible hacerlo, y hallamos que su historia era limpia aquí y en la Ciudad de Méjico. No tenía enemigos y nadie ganaba nada en absoluto con su muerte..., excepto el dinero que a la sazón llevara encima.

Nos miró y prosiguió:

—En mi concepto, eso lo hace un simple caso de asesinato con robo. Por qué lo mataron en el patio de la casa de John Medley, o, más probablemente, lo llevaron allí después de matarlo, es un poco extraño, pero hay muchas maneras en que pudo haber ocurrido. Por ejemplo, lo mataron en la calle, y si su cuerpo lo hubieran dejado allí podían haberlo encontrado pronto, posiblemente antes de que el asesino, que iba a pie, pudiera alejarse del vecindario. Por lo tanto, el criminal arrastra el cuerpo hacia la sombra de un árbol, hacia la oscuridad.

—También pudo haber sido de esta manera —dijo Red—. Alguno podía haberlo matado dentro de un coche. Entraron en la callejuela para deshacerse del cuerpo y pararon detrás de la casa de Medley. El asesino saca el cuerpo del coche y resuelve llevarlo una docena de metros más lejos, para ponerlo donde sea seguro que no van a encontrarlo antes de la mañana.

El capitán hizo una señal afirmativa con la cabeza.

—Una u otra de esas dos maneras, probablemente. En cualquier caso, desde la callejuela. Las luces de la casa de Medley estaban encendidas; hasta con las cortinas echadas uno podría haberlo adivinado, mirando desde la parte de delante o de atrás, y que había alguien en la casa entonces. Eso no inquietaría al que quisiera sólo arrastrar un cadáver dentro del patio desde la callejuela, pero no puedo concebir que lo hicieran desde el lado de Campbell Street, cerca de la casa, en la parte delantera. El árbol no se vería desde allí, y eso es un detalle significativo.

Pensé qué ocurriría si Alicia adivinó que era yo quien estaba en el teléfono, después que había cometido el error de pronunciar ese odiado nombre. Si es así, me dije, ella sabe que yo estoy enterado. ¿Huiría quizás, por miedo de mí, con él? ¿Habrá una nota esperándome en lugar de Alicia cuando llegue a casa esta noche? Estoy casi seguro, ahora que reflexiono acerca de ello, que ella debió haber sospechado que era yo; ¿no hubo una ligera manifestación de temor, algo así como un penoso suspiro, poco antes de que ella colgara? ¿O había yo imaginado eso?

—Bien —dijo el capitán—, ¿algunas ideas o sugerencias? —Me miró a mí primero y yo moví la cabeza.

—No creo que haya nada por hacer que no lo hayamos hecho ya, mi capitán —dijo Red—. Si aclaramos el caso será porque tengamos una oportunidad para ello algún día. Por ejemplo, no sabemos que el asesino se deshiciera de la pistola. Y todos nosotros pensaremos, de toda persona que desde ahora en adelante cojamos con una pistola del veintidós encima, que puede ser el asesino. Pues aun cuando se deshiciera de la pistola, puede cometer un crimen similar algún día; la mayoría de los atracadores repiten sus crímenes..., y si lo cogiéramos en otro podríamos también sacarle una confesión sobre el caso Stiffler.

Fue una larga disertación para Red. ¿Acaso el estar prometido lo ha convertido en un vehemente hablador?

El capitán, con aire solemne, hizo una señal afirmativa con la cabeza.

—Eso es acertado, Red. Lo expondré al jefe justamente de ese modo si me apremia de nuevo sobre ello. O le diré que seguiremos todas las indicaciones que él quiera hacer. Bien, otra cosa; hay un asunto sobre el cual probablemente les pondré a trabajar mañana. Les entregaré ahora el legajo sobre el mismo; podrán examinarlo mientras esperan ahí fuera.

Abrió un cajón de su escritorio y empezó a buscar por entre los pliegos guardados allí.

Está bien, pensé, cederé respecto a la investigación sobre Medley. Puedo no tener razón, quizá, Y no hay ninguna oportunidad de resolverlo, si ni siquiera le puedo hablar. Antes de ahora, en los últimos días, ya hice algunas cosas que al jefe no le gustarían si tuviera conocimiento de ellas, Y no me llevaron a ninguna parte. Busqué a la viuda de Ernst Winkelman, el hombre al cual entregaron las cápsulas de dormisona en el hospital. Se había marchado hacia el este, y ni siquiera pude averiguar a qué lugar. ¿Qué probaría ello, en cualquier caso, si la encontrara y ella dijese que su esposo había conocido a John Medley? Me había pasado una tarde entera rebuscando en mis recuerdos todos los casos de muerte en Tucson que pudieran haber sido asesinatos por compasión o en los que, como en el caso de Winkelman, se hubiera proporcionado a un hombre el medio de suprimirse. Había pensado en tres o cuatro posibilidades, y podía aún avanzar más y comprobarlas, pero lo más que llegaría a saber era que Medley conocía a las víctimas o había tenido contacto con ellas. ¿Y qué probaría eso? Quizá tampoco las conociera ni hubiera mantenido relación con ellas. No había encontrado ningún punto de contacto entre él y Kurt Stiffler. ¿Era posible que hubiera escogido a Stiffler solamente a causa de la de información dada por los periódicos? No; tuvo que haber otra cosa fuera de eso, pero probablemente nunca lo sabría. El mejor punto de ataque pudiera ser tratado de seguir retrospectivamente la pista de Medley antes de que viniera a Tucson, para ver qué le podía haber ocurrido para trastornarlo; averiguar también si había estado alguna vez recluido en una institución para enfermos mentales. Pero no podía hacer una investigación como esa por mi propia cuenta.

Sí, cedería respecto al asunto Medley. Pero tal vez pueda conseguir que él me mate a mí, y entonces el jefe lo atendería. Del modo que me siento en estos momentos, no me importaría demasiado.

El capitán se incorporó para entregar el legajo a Red, y sonó el teléfono. El atendió en seguida a la llamada.

Quizá, pensé, lo que me está ocurriendo es una señal para que siga a Medley personalmente y no haga caso de la oposición. Lo peor que el jefe puede hacer es despedirme, y en estos momentos eso no me importa en absoluto; nada hay que me importe ya.

Tal vez si Alicia me abandona, o si me ha abandonado ya, debiera seguir el ejemplo de Ernst Winkelman y librarme yo mismo de mi penosa situación. Ni siquiera necesitaría que Medley me proporcionara cápsulas de dormisona: tengo una caja de ellas. Casualmente tuve un poco de insomnio los días en que nos ocupábamos del caso Winkelman, cuando interrogamos a su esposa creyendo que ella se las habla traído. Ordinariamente uno necesita una receta médica para conseguirlas, pero tengo un amigo que es farmacéutico y me vendió dos docenas de ellas. Resultó que no hicieron efecto, y, de cualquier modo, el insomnio empezó a ceder; sólo tomé unas cuantas de ellas y quedaron veinte, en algún sitio de la casa. Más que suficientes, más de las que había tomado Winkelman. Y ese seria el modo más fácil de morir, pero creo que no quiero morir, que no lo quiero, aun cuando Alicia...

Salí de repente de mis reflexiones al oír el inesperado tono de excitación de la voz del jefe mientras hablaba por teléfono.

—Sí, Paul. Permanezcan ahí mismo; uno de ustedes en el vestíbulo y el otro en la callejuela; enviaré en seguida a Red y a Frank. Pero no se precipiten, sean cautelosos.

Dejó el teléfono y empezó a hablarnos rápidamente.

—Es Paul Geissler, llamando desde el hotel Carey. Los atracadores son tres. Esta vez la descripción concuerda casi exactamente, y el empleado recuerda que salieron del hotel esta mañana temprano, bastante antes de haberse efectuado el robo, y regresaron en la que habría sido la hora adecuada. Están en su habitación ahora. Paul dice que él y Harry no entraron para prenderlos porque la habitación tiene una ventana junto a una salida para incendios y eso debía ser protegido también. Ustedes dos se sitúan en la salida de emergencia y Paul y Harry permanecerán en la puerta. Aprisa.

Mientras salíamos rápidamente, gritó:

—¡No olviden sus pistolas!

El sabía que no las teníamos porque nos quitamos la pistolera y la chaqueta en la sala de sesiones y habíamos entrado a su despacho en mangas de camisa.

 Pero no las habríamos olvidado.

Pensaba, pesimista, mientras me ataba la pistola al cinturón, que quizá seria mi suerte que me mataran hoy de un tiro, y era una admirable ocasión para ello. Alicia recibirla una pensión, y podría llevarse a Clyde con ella, el condenado.

Verificamos también las armas. Yo llevo una pistola especial “S&W.” del treinta y ocho con cañón de cuatro pulgadas; Red lleva una pistola “Colt” del treinta y ocho con armazón del cuarenta y cinco, y el cañón igual al de la mía. A Red le gustan mucho las dos. Cree que el peso adicional de la armazón hace que el tiro sea más preciso, y probablemente es así.

El “Carey Hotel” es pequeño y barato, del tipo “sólo para hombres”. Cuatro pisos y aproximadamente una docena de habitaciones en cada uno de ellos. Fuera de un menudo vestíbulo, la planta baja está ocupada por una quincallería. Estaba a sólo dos manzanas de distancia, por lo que fuimos andando tan de prisa como podíamos sin llamar la atención.

Hallamos a Paul en el vestíbulo, hablando al empleado del hotel, que estaba muy asustado. Era un joven bien parecido, de cabello rubio y ondulado y llevaba gruesas gafas con montura de concha.

—El... —dijo Paul, moviendo un pulgar para indicar al empleado— les dará la llave del dos cero seis; esta vacío. Ellos están en el tres cero seis, exactamente encima del dos cero seis. Ustedes dos vayan allá y salgan por la salida de emergencia, suban un tramo de escalera y tomen posición. Sean cautelosos. Harry está en la callejuela; él verá cuando estén ustedes preparados y regresará aquí. Nosotros guardaremos la entrada.

Cogí la llave que me ofreció el empleado.

—¿Va a llamar primero o entrará de repente?

—Llamaré —dijo Paul— bastante fuerte, para que ustedes me oigan desde la escalera de emergencia. Eso atraerá su atención hacia la puerta. Pueden estar seguros de que ellos no mirarán a la ventana y ustedes pueden asomarse y ver lo que hay. Si sacan sus pistolas, ya saben lo que tienen que hacer.

Ciertamente, sabíamos lo que teníamos que hacer, disparar sobre sus espaldas. Eso seria lo lógico si ellos estuviesen sacando las pistolas para disparar sobre Paul y Harry a través de la puerta. La conciencia tiene que echarse por la borda, a veces. Si eran pistoleros, no jugarían limpio con nosotros, si tuvieran una oportunidad para obrar de otra manera. Y si Red y yo quisiéramos proceder de un modo noble, ello podría costar la vida de Paul o de Harry.

—¿Los dos llevaban consigo pistolas cuando cometieron el robo? —pregunté.

—Sí —dijo Red—. Olvidé decirle eso. Uno de ellos llevaba un revólver y el gerente dijo que estaba completamente seguro de que la pistola del otro era una “Luger”.

Mala clase de pistola, la “Luger”. No sé por qué no me agradan las personas que las usan. Ni, para el caso, las personas que usan cualquier otra clase de arma con fines criminales.

—De acuerdo —dije a Paul, y Red y yo subimos la escalera, andando sin hacer ruido; entramos en la habitación del segundo piso tan silenciosamente como nos era posible y nos mantuvimos callados. No hay muchas probabilidades de que le oigan a uno desde la habitación de encima, pero no aprovechaba aventurarnos más de lo que debíamos.

Red se dirigió hacía la ventana, pero yo me senté sobre la cama y me quité los zapatos. Cuando él vio lo que yo estaba haciendo retrocedió e hizo lo mismo. En la salida de emergencia, después que hubiéramos subido un tramo de. escalera, nos hallaríamos justamente en la parte exterior de su ventana y probablemente estaría abierta; hasta el más ligero roce al andar podría delatamos.

Afortunadamente nuestra ventana se abrió sin hacer mucho ruido. Red empezó a pasar por ella, pero le tiré hacia atrás y miré hacia afuera hasta que observé a Harry Berg arrimado a un poste del alumbrado, al otro lado de la calle. Había estado esperando que llegáramos y nos hizo una seña con la cabeza, dando a entender que la cosa iba bien hasta allí. Salimos y avanzamos hacia la escalera de emergencia; llegamos a los primeros peldaños y subimos, manteniéndonos tan arrimados a la pared como podíamos. Red se mostraba de nuevo animoso y quería llevar la delantera; por lo tanto, dejé que marchara delante. Cuando llegamos al último escalón pudimos ver que la ventana estaba abierta de par en par. Eso significaba que tendríamos que movernos muy silenciosamente, pero era una oportunidad en cierto modo; la persiana interior estaría levantada también, si la ventana estaba abierta. Si la persiana hubiera sido bajada no podríamos prestar ninguna ayuda a Paul y a Harry, a menos que los hombres tratasen de escapar pasando por la ventana.

Para situarnos uno a cada lado de la ventana, uno de nosotros iba a tener que arrastrarse a lo largo del pasillo de la escalera, por debajo de ella. Red estaba ya agachándose para hacerlo, pero puse la mano en su hombro y lo empujé hacia atrás. Hice señas con la cabeza y lo hice recular un trecho suficiente para que pudiéramos cuchichear sin que nos oyeran desde dentro. Le dije que tenía que ser yo quien pasara al otro lado de la ventana. Red es ambidextro, y puede disparar casi tan bien con la mano izquierda como con la derecha. Yo no podría acertar a un elefante a diez pasos con la mano izquierda. Por lo tanto, este lado de la ventana no era bueno para mi; no podría disparar al interior de la habitación sin avanzar lo suficiente para mostrar todo el cuerpo.

Red comprendió, por supuesto. Así, cambiamos las posiciones y empecé a arrastrarme a gatas por debajo de la ventana. Lo habríamos pasado mal si alguno de dentro de la habitación hubiera sacado la cabeza para tomar un poco de aire fresco, pero no se asomó nadie.

Me puse de pie al otro lado y miré hacia la calle. Harry estaba todavía allí. Le hice señas con la cabeza y él empezó a andar en dirección a la puerta de entrada.

Estábamos a la expectativa. No sé lo que pensaría Red, pero yo esperaba que no hubiera tiros, que cederían fácilmente. Y las probabilidades eran de que así lo harían; al fin y al cabo, no habían tenido que matar a ninguno en el atraco y los criminales sólo ofrecen resistencia cuando se buscan por haber cometido un asesinato, pues están ya oliendo lo que les espera y se figuran que no tienen nada que perder. No, estos muchachos no habían matado. Pero tal vez habrían matado en cualquiera otra parte y creerían que se les buscaba por eso. O podían estar enardecidos por haber tomado heroína. Mucha de esa droga es introducida aquí por la frontera.

Esperaba que no fuera así. Odio las pistolas y el tener que manejarlas. No quería disparar sobre ninguno —a no ser que el tal se llamara Clyde—, y quería aún menos que dispararan sobre mí. Eso no es peor que cualquiera otra manera de morir, si uno recibe el tiro en la cabeza, como en el caso de Kurt, o en el corazón. Pero quizá sería mi suerte, si hoy me mataran, que recibiera el tiro en el vientre. La bala me alcanzaría entonces justamente donde me había alcanzado la única palabra que Alicia dijo por teléfono.

Dios mío, eso había sido menos de media hora antes. Era todavía temprano aquella mañana; habrían pasado otras siete horas antes de que llegara a casa, si sobrevivía a este día.

Estuvimos esperando, fuera de la ventana, probablemente sólo cinco minutos, pero parecieron cinco años. Luego oímos la llamada a la puerta. Paul no había bromeado cuando dijo que llamaría fuerte, y mientras les estaba gritando que abrieran en nombre de la ley, Red y yo sacamos la pistola y nos asomamos al interior.

Había dos hombres en la habitación, unos tipos de rufianesco aspecto que se ajustaban perfectamente a la descripción. Los dos llevaban solamente unos pantalones cortos. Uno de ellos estaba sentado al borde de la cama y el otro parecía estar paseando por la habitación con una botella en la mano, aunque ahora se mantenía quieto.

En esa primera ojeada pensé que todo iba a ir bien; ninguno de los dos parecía moverse. Y recuerdo que pensé gracias a Dios cuando vi la botella, porque si estaban bebiendo ello significaba que no se hallaban bajo los efectos de ninguna droga: Un adicto de la heroína no toma alcohol.

Pero estaba cantando victoria demasiado pronto. Era sólo la ilusión del primer vistazo, cuando creí que no estaban dispuestos a hacer nada. Había dos armas sobre la cama, una un revólver y la otra una “Luger”. Es decir, habían estado allí. La “Luger” estaba ya en la mano del hombre que estuvo sentado al borde de la cama y que ahora estaba de pie, apuntando con la pistola hacia la. puerta.

—¡Suéltela! —grité, y el hombre giró para colocarse de cara. a la ventana, y la boca de la condenada pistola dio vuelta con él. Quizá no hubiera disparado, al advertir que dos de nosotros estábamos en la ventana, ambos con las pistolas preparadas; quizá hubiera soltado la “Luger” y levantado las manos. Pero podía ser también que hubiera apretado el gatillo, y nosotros no podíamos esperar a averiguarlo. Red y yo disparamos casi simultáneamente. Y como si nuestro tiro fuera una señal, Paul y Harry empezaron a disparar a través de la puerta, que fue empujada con violencia hacia dentro. El hombre de la “Luger” estaba otra vez sobre la cama: Yacía ahora de espaldas; la bala de Red y la mía, alcanzándole casi al mismo tiempo, lo habían dejado seco, de golpe. La “Luger” estaba todavía en su mano, pero el hombre ya no se interesaba por ella. El otro había llegado hasta el borde de la cama; permanecía agachado con las rodillas junto a ella. Pero si habla ido allí para coger el revólver, mudó de opinión. Tenía los brazos tan levantados por encima de su cabeza que parecía querer tocar el techo. La botella estaba en el suelo y el whisky se escapaba de ella.

Mientras Red y yo nos encaramábamos a la ventana para saltar adentro, Paul y Harry avanzaron hacia el interior de la habitación. Paul estaba ahora recogiendo las armas de los pistoleros. Al fijar la vista en el hombre alcanzado por nuestros disparos silbó y dijo:

—¡Precioso tiro!

Fui allá y miré. Había dos orificios de bala en el pecho desnudo, separados unos dos centímetros, y ambos sobre el corazón. No podíamos haberlo hecho mejor si lo hubiéramos ensayado. No sé cuál habría sido la intención de Red, pero yo no había apuntado al corazón ni a ninguna otra parte. Simplemente había disparado con rapidez y sin apuntar casi. De cualquier modo, los dos lo habíamos matado y no queríamos recordar si fue mi pistola o la de Red la que había funcionado primero. Yo creía saberlo, pero no estaba seguro.

Recordaba algo, una punzada en el brazo derecho que había sentido cuando las balas empezaron a atravesar la puerta. Me quité despacio la chaqueta.

—¡Condenación! —exclamé—. ¿Se dan cuenta, muchachos, de que estaban disparando hacia la ventana cuando apretaron el gatillo allá fuera?

Paul Cieissler me estaba mirando y su rostro palideció de repente.

—Frank, ¿no estará usted...?

Pero no tuvo que terminar la pregunta, porque entonces yo me había quitado ya la chaqueta. Y había una mancha de un rojo subido en la manga de mi camisa, aproximadamente equidistante entre codo y el hombro. No había sentido ningún dolor, sólo ahora empezaba a doler un poco.

—Nada serio, Paul —dije—. No pudo haber dado en el hueso, de otro modo me habría estremecido. Sólo sentí una punzada.

Empecé a subirme la manga y él se acercó y me ayudó. Su rostro estaba muy pálido.

—Dios mío, Frank, yo hice eso. Harry disparó sólo una vez y lo hizo contra la cerradura de la puerta. Yo fui el que abusó del gatillo. Cuando empezaron los tiros creí que estaban disparando sobre nosotros a través de la puerta, y no sabía que la ventana estuviera en línea recta.

Ya tenía la manga subida por encima de la herida que no era tan mala como había creído. Esperaba hallar dos orificios en el brazo, pero era sólo un surco profundo, tan profundo como podía haberlo sido sin haber heridas separadas. Sentí un escalofrío a lo largo de la espina dorsal al recordar que Harry usaba el calibre cuarenta y cinco. Si una de sus balas hubiera pasado una pulgada más a la izquierda, habría quebrado el hueso y yo probablemente hubiera quedado inútil del brazo derecho por el resto de mi vida.

Sangraba mucho y, ahora que lo notaba, empezaba a dolerme mucho también.

—Red, llévelo aprisa al puesto de socorro — dijo Paul—. Nosotros podemos solucionar las cosas aquí.

—Ayúdenme a ponerme de nuevo la chaqueta —dije-. Hay ya sangre en ella, de todos modos, y no quiero andar por la calle de esta manera.

La chaqueta era oscura y la sangre no se notaría. Arrollé un pañuelo limpio alrededor de mi brazo y por encima de la herida, para evitar la pérdida de sangre.

—Escuche a Paul —dije—, no quiero que el jefe se enfurezca con usted por esto. Quizá podamos urdir una historia. Podríamos doblar el colchón encima de esa «Luger», para apagar el ruido, dispararla en seguida y...

Me detuve mientras me daba cuenta de que no surtiría efecto. El otro pistolero estaba todavía vivo y sería transferido al departamento del sheriff, pues el atraco había sido fuera de los limites de la ciudad. Allí lo interrogarían y nuestra historia terminaría por descubrirse. La verdad trascendería.

Harry estaba sosteniendo mi chaqueta. Debió de haber estado pensando igual que yo, porque dijo:

—De nada valdrá. Y todo lo que saque, lo tengo merecido. Vamos, dese prisa, Frank. Está usted sangrando.

Metí el brazo lesionado en la manga de la chaqueta y empecé a introducir el otro brazo en la otra manga; luego, como un condenado necio y sin ningún motivo para ello, me desmayé.
 
 
 
 

CAPÍTULO XIII - ALICIA RAMOS
 
 

En el instante en que lo dije quise haberme mordido la lengua. Pero había estado esperando una llamada de Clyde y nunca lo hubiera pensado. Frank nunca había llamado tan temprano, sólo media hora después de haber salido de casa. Siempre llama hacia la tarde o al anochecer, tan pronto como puede decirme si va a trabajar hasta una hora avanzada o va a estar en casa para la cena. No comprendo cómo sé que era Frank, pero lo sé. ¿Por su respiración? No lo sé, creo que eso es imposible. Pero en el instante en que pronuncié ese nombre, supe que era Frank el que estaba al teléfono. Cualquier otro, fuere cual fuere el motivo para no responder en seguida cuando dije “Hable”, habría dicho algo cuando pregunté: “¿Clyde?”

Pero Frank debía haber sospechado algo; ¿por qué, si no, habría llamado a esa hora sin decir nada? Por supuesto, no pude creer que yo fuera tan necia como para revelarlo todo tan indiscretamente, pero debió de haber llamado para cerciorarse de que yo estaba en casa. Oh, si creía poder adivinarlo por el sonido de mi voz, para ver si había estado bebiendo o no. No recuerdo que hubiera habido recientemente ninguna llamada telefónica en que yo respondiera y nadie me contestara; por lo tanto, él debió empezar justamente hoy a controlarme de ese modo. Pero quizá pudo haber llamado a esta hora otros días, cuando yo no estaba en casa; ha habido muchas de esas ocasiones esta última semana.

Bien, esto acaba con la posibilidad de que me encuentre en casa, pensé. Tengo que marcharme hoy, en seguida. He resuelto hacerlo, de cualquier modo, y de nada sirve hacer una escena primero. Odio las escenas. Le dejaré una nota...

Por supuesto, lo primero que debía hacer era llamar a Clyde. Por lo tanto lo llamé, y hablé de prisa explicando lo que había ocurrido.

—Bien, Clyde, esta es tu oportunidad —dije—. Si realmente me diste a entender que querías llevarme contigo, ahora es la ocasión. Si no, me voy, de cualquier modo.

—Nena, por supuesto que lo pretendía, naturalmente que te llevaré conmigo. Pero escucha..., ¿cuánto hace que hubo esta llamada telefónica?

—Cinco minutos, quizá —dije—. Te he llamado en seguida, pero me ha llevado un momento marcar el número.

—Bien, más vale que salgas de ahí aprisa. Quizá te lo imaginaras, pero pudo haber sido Frank..., y si resolvió regresar apresuradamente a casa y aclarar la cosa contigo estará ahí en cualquier momento. No te molestes en arreglar el equipaje ni en dejarle una nota. Sal de ese infierno en seguida.

—Clyde, cariño, conozco a Frank. Debo conocerlo, después de siete años de estar con él. Y no va a regresar apresuradamente. Quisiera hacerlo, pero se dominará. Va a tener que pensarlo un rato primero y determinar lo que hará al respecto. No hace las cosas de un golpe, como nosotros. Compréndelo.

—Espero que tengas razón en eso, nena. Adelante, pues, arregla el equipaje..., pero cosas ligeras y llévate sólo lo que realmente valga la pena de llevar. Siempre podemos comprar algo para ti donde vayamos. Y bien, escribe tu notita. Pero no menciones mi nombre.

—Por supuesto, Clyde. Ni siquiera tu primer nombre, por si acaso me equivocara creyendo que era Frank quien estaba al teléfono. ¿Piensas realmente que esté equivocada en eso?

—¿Por qué habría de pensar nada al respecto? No voy a preocuparme de tales pequeñeces. Hace semanas que estoy harto de esta ciudad y he permanecido en ella sólo por ti. Si crees que era ese mejicano tuyo, persiste en tu creencia, si ello nos ha de sacar de aquí hoy. Te quiero, nena, pero no me agrada este lugar.

—Tampoco a mí, Clyde. Perfectamente, puedo estar lista dentro de media hora. ¿Vienes a recogerme?

—Diablos, no. Quizá tu marido sea bastante astuto para sospechar que está ocurriendo algo; ¿por qué debiéramos aventurarnos en el último momento? ¿Cómo sabes si no se puso rápidamente en camino? Podría ya estar ahí, ahora que hemos estado hablando un rato. Tal vez resolvió ir y observar junto a la casa para ver si hacías justamente lo que vas a hacer. Nada. Déjame pensar un momento.

—Está bien —dije, y esperé.

Unos segundos después, él contestó:

—Escucha, más vale que hagas esto: Llama a un taxi cuando estés lista... Espera, tienes dinero, ¿verdad?

—Poco más de veinte dólares. Tenemos unos ciento cuarenta en una cuenta conjunta; cualquiera de los dos puede sacar de ella, y...

El me interrumpió.

—Olvida la cuenta conjunta. Sólo quería asegurarme de que tenias dinero para un largo trayecto en coche. Veinte es más que suficiente. Cuando cojas el taxi te diriges a..., ¿conoces a alguien en el “Pioneer Hotel”?

—No.

—Bien, tomas allí una habitación y me esperas. Te inscribes con el nombre de... Mary Wentworth. ¿Has entendido? Recuérdalo, o no podré encontrarte cuando vaya a recogerte. Mary Wentworth.

—Mary Wentworth —dije—. No lo olvides tú tampoco. Pero, ¿qué dices de un largo trayecto en coche? El “Pioneer” está exactamente en la parte baja de la ciudad.

—Iba a hablar sobre eso, quería decirte antes tu nombre y el del hotel. No vayas primero allí, por si acaso. Dirígete hacia Oakbar Lodge, a la salida de la población. Eso es quizá un viaje de quince kilómetros y tendrás mucho tiempo para asegurarte de que Frank no te está siguiendo... Frank o algún otro. Procura que no te siga nadie. Si él está receloso, pudiera tener un detective particular en ese trabajo.

—¿Frank emplear un detective particular? No seas tonto.

—Bien, a uno de sus compañeros, quizá. De cualquier modo, asegúrate de que no te sigan. Bebes algo en el Oakbar, luego pides por teléfono otro taxi y vuelves al “Pioneer”. Y te inscribes allí. ¿Te acuerdas del nombre?

—¿Lo estás preguntando porque tú lo has olvidado ya?

Se rió.

—Muy bien, nena. Una vez estés allí, te quedas en tu habitación y mandas que te suban algún refresco, si te aburres esperando, pero no bajes al bar.

—Perfectamente, Clyde. ¿Cuándo estarás allí?

—Tan pronto como pueda, Alicia, pero no te impacientes. Pudiera ser que no llegase hasta la tarde. Todo lo que tienes que hacer es arreglar el equipaje y escribir esa nota, pero yo tengo mucho trabajo. Tengo que cobrar unas comisiones, cerrar una operación bancaria, enviar direcciones...

—¿A dónde, Clyde? ¿A dónde vamos?

—Te lo diré cuando estemos en camino. Pero te gustará. Adiós, nena. Vaya, me alegro de que la cosa acabe de este modo.

Yo también me alegraba. Pero de repente me inquieté pensando que podía equivocarme en mi suposición de que Frank no volvería a casa, y me apresuré. No tendría que tomar una ducha o asearme, resolví, porque dispondría de mucho tiempo en la habitación del hotel y podría igualmente hacerlo allí luego. Tampoco preparé mucho equipaje, solamente una maleta. Me parecía excelente no llevar conmigo todos los vestidos y las cosas de las cuales estaba ya cansada, pero que no había querido tirar porque pensaba que todavía habrían de durar mucho.

Escribir la nota fue un poco más difícil. Empecé mal varias veces. Luego comencé exponiendo a Frank todo lo que había de malo en él, en nuestra vida en común y en Tucson, y entonces me di cuenta de que podría estar escribiendo todo el día si lo hacia de ese modo; por tanto, lo rasgué y escribí una más breve:
 
 

“Frank: Lo siento, pero ya no te quiero y me voy con otro. Por favor, no procures encontrarme; simplemente, no somos el uno para el otro y no habría nunca armonía entre nosotros.”
 
 

Y la firmé. Breve y exacta en su totalidad excepto por lo de “lo siento”, pero hasta eso era cierto de algún modo. No sentía marcharme, mas lo sentía por Frank. Pero él es tan estúpido; debiera haberlo comprendido cuando dejé de quererle y él también dejó de quererme a mí. Entonces nos habríamos separado amistosamente, hace dos o tres años, y no hubiera ocurrido todo esto.

Hice exactamente como me dijo Clyde, excepto que indiqué al conductor del primer taxi el «Rodeo Club» en vez del “Oakbar Lodge”. El “Rodeo” está fuera de la población, en otra dirección, pero igual de lejos, y servirla lo mismo para el caso. No quería ir al “Oakbar” porque Frank solía llevarme allí cuando nos casamos; necesitaba olvidarle, y estar allí me haría pensar en él. La única vez que estuve en el “Rodeo” fue una tarde con Clyde, de modo que en ese sitio estaría bien. Hasta ahora, nadie me seguía.

Marchamos a través de la planta baja de la ciudad y estábamos avanzando hacia el oeste, por Congress Street; pasábamos justamente frente a un pequeño hotel, el “Carey”, y de repente hubo un tiroteo allí y mucha gente empezó a correr en aquella dirección. Habíamos pasado ya la calle y no pude ver nada, pero pedí con presteza al conductor del taxi que parara. Experimenté la más horrible sensación, recordando que Frank era un agente de la policía secreta y llevaba una pistola, y pudiera estar allí, interviniendo en aquello y quizá hasta recibiendo algún balazo, y pregunté al conductor del coche si podía esperar unos minutos, pues quería apearme. Redujo la velocidad, miró a su alrededor y dijo:

—Señora, no puede ser; tiene que bajar y llevarse la maleta. No hay aquí ningún lugar donde pueda aparcar para esperarla.

Entonces me di cuenta de que había procedido tontamente y le dije que era igual, que continuara.
 
 
 
 

CAPÍTULO XIV - FRANK RAMOS
 
 

El médico se llamaba González, pero hablamos en ingles porque había un ayudante que lo observaba mientras él curaba y vendaba la herida, y cuando uno habla en español delante de un hombre que no lo entiende, éste se siente excluido, y si tiene prejuicios puede que piense que se está hablando mal de él.

Me sentía terriblemente avergonzado por haberme desmayado y pregunté al médico por qué me habría sucedido, con una herida tan ligera y cuando no hubo conmoción.

—Conmoción síquica —dijo. Y al darse cuenta de lo cerca que había estado de la muerte—: ¿Tenía usted algo más en el pensamiento?

—Creo que sí —repuse-. Acababa de matar a un hombre. Por primera vez, en doce años de servicio como policía.

—Ha tenido suerte —dijo él—. Bien, no lo pondré en cama, pero más vale que se eche un rato en ese diván. Quédese aquí hasta el almuerzo. Después de eso lo examinaré y probablemente lo enviaré a su casa.

—Dios mío —comenté—, más de dos horas. Esto es sólo una herida superficial. ¿Está usted bromeando?

—No estoy bromeando Ramos. Usted perdió mucha sangre por el camino, hasta llegar aquí. Esa no es la razón de que usted se desvaneciera la primera vez, porque todavía no había perdido entonces mucha sangre. Pero podría hacer que usted se desvaneciera ahora empezara a andar por ahí.

—Muy bien —dije, y me dirigí al diván.

—Hay revistas ahí encima, si quiere leer —indicó él, pero más vale que se eche a descansar, o a dormir si puede. Se sentirá mejor.

—Será mejor —repuse—; de cualquier modo, no deseo leer ahora.

—¿Cree que podrá dormir? Si es así, diré a su compañero que se vaya. Pero ha estado esperando, y probablemente querrá hablarle, si está usted en buena disposición de ánimo para ello.

—No tengo ganas de dormir —contesté—. Por lo tanto, hágale entrar.

Poco después entró Red. Me hizo una mueca y dijo:

—Hola, gran tirador. Fue un fantástico tiroteo que se armó allá. ¿Cómo se siente ahora?

—Muy bien —dije—. Sin embargo, ese condenado médico me dice que debo quedarme aquí hasta después del almuerzo.

—Haga lo que le ordene el médico. Escuche, hasta que no vaya a informar no tengo que cumplir ninguna orden. ¿Quiere que me dé una vuelta por su casa y coja alguna ropa para usted? Tiene manchas de sangre.

—La que llevo está muy bien para irme a casa —observé—. Afortunadamente traía encima un traje oscuro y la sangre no se notará mucho cuando esté seca. La manga de la camisa está indecente, pero no se verá cuando me ponga de nuevo la chaqueta. Sí, puedo bien ir a mudarme a casa. Tal vez el jefe querrá que vuelva allá después de esto, ¿o podré pasar el resto día descansando?

—¿El resto del día? Caramba, Frank, hablé a González al llegar aquí y dice que va a estar usted sin trabajar por lo menos una semana, más probablemente dos. Baja por enfermedad, además; ello no perjudicará sus vacaciones. Esa bala atravesó algún músculo, no sólo la piel, y va a tener el brazo dolorido por algún tiempo.

—No discutiré, pues —dije—. Sin embargo, me siento como un necio por haberme desmayado.

Red hizo de nuevo una mueca.

—He visto desmayarse hombres, habiendo disparado sobre ellos, y aun cuando no fueron alcanzados. Terminaron de descargar primero, sin embargo, y cayeron cuando todo se acabó. Reacción retardada, o algo por el estilo.

—Sea lo que fuere —agregué—, todavía me siento como un tonto por haber caído de ese modo. ¿Ha telefoneado usted al jefe?

—En cuanto llegamos aquí. Sin embargo, ya sabía lo ocurrido por Paul. Muy pronto va a venir aquí para hablar con usted. Escuche, sobre lo de Carolina, probablemente más vale que usted no aparezca. Aun cuando el brazo no duela mucho ahora, le dolerá luego. Arreglaremos las cosas para que usted la conozca en otra ocasión.

—Muy bien —afirmé.

—Bueno, el jefe estará aquí muy pronto. ¿Puedo hacer algo más por usted, o traerle algo? ¿Tiene cigarrillos?

—Estoy provisto de todo.

—¿Vuelvo después del almuerzo para conducirle a su casa?

—Es innecesario, Red. No sé cuánto tardará González en venir, después del almuerzo, para examinarme y entregarme los papeles de salida. Gracias, pero cogeré un taxi.

—Muy bien, Frank. Le veré luego.

Se fue, yo permanecí echado y me puse a pensar. Pensaba que pude estar equivocado con respecto a Alicia. Había muchas explicaciones. Por un lado, pudiera no haber sido ella; uno no puede identificar con certeza una voz por dos palabras proferidas por teléfono, Hable y Clyde. Me había parecido sólo la voz de Alicia, pero la voz de cualquier mujer que sonara siquiera ligeramente como la suya pudiera haberme engañado con unas pocas sílabas. Y si bien no se comete con mucha frecuencia una equivocación cuando uno marca su propio número, yo podía muy fácilmente haberme equivocado esa vez; no prestaba atención a lo que hacía mientras movía el disco porque no deseaba realmente conexión con mi propio número. Estaba sólo fingiendo una llamada telefónica para no tener que discutir con Red. En semejante caso, ¿como podía mi subconsciente haberme inducido deliberadamente, pero sin que yo me diera cuenta de que lo hacía, a marcar un número equivocado? Muchas de las cosas que hacemos y que tomamos por equivocaciones no lo son en modo alguno para nuestro subconsciente. Y si había ocurrido de ese modo, lo que había dicho la mujer era completamente natural: Hable. Y cuando no le llegó ninguna respuesta, ¿Clyde? El nombre de su esposo, probablemente. ¿Qué me había hecho pensar que podía descubrir algo deshonesto en dos palabras? ¿O reconocer la voz de Alicia por tres silabas?

Y aun cuando no hubiera marcado mal el número, aun cuando hubiera sido la voz de Alicia, había otras explicaciones igualmente sencillas e inocentes. Mi mujer conoce a gente que yo no conozco, en parte porque mi trabajo con frecuencia me retiene muchas horas, y he de reconocer que no salgo ya mucho con ella. Puede tener amigos en los bares o en cualquiera otra parte sin mantener relaciones ilícitas con ellos. Puede tener amigos de los cuales yo nunca haya tenido noticia, y el hecho de llamar a alguno por su nombre no significa nada en estos tiempos. Es sociable y nada orgullosa y por todo lo que sé llama por su primer nombre al lechero, al lavandero y al repartidor de periódicos, y eso no quiere decir que duerma con ninguno de ellos. Pudo haber estado esperando a esa hora una llamada de alguien llamado Clyde, por algún motivo de carácter doméstico o personal completamente inocente, y era natural que hablara de ese modo. No pensó que fuese yo, a esa hora de la mañana, pero si hubiera llamado por la tarde, cuando ella esperaba que yo llamara, probablemente habría dicho, ¿Frank?, después de unos segundos de silencio, con igual naturalidad.

Ciertamente, si había sido Alicia la persona con quien hablé, y si ella estaba esperando una llamada telefónica de alguien llamado Clyde, aun así yo habría cometido un desatino haciendo una montaña de un grano de arena. A Dios gracias, no había corrido hacia casa lleno de ira bajo aquel primer impulso procurando aclarar el asunto con ella.

De cualquier modo, veía claramente ahora cuán equivocado había estado, fuere cual fuere la verdadera explicación. Alicia y yo hemos sido siempre sinceros el uno con el otro, por lo menos en las cosas importantes. Si alguna vez se enamorase de algún otro, me lo diría, y hasta que no ocurra eso no tengo por qué sospechar siquiera otra cosa.

Entró el capitán Pettijohn, con aspecto alegre y animado. Acercó una silla al lado del diván y se puso bastante serio al preguntar cómo me sentía. Cuando le dije que me encontraba bien, hizo un gesto.

—Usted y Red hicieron un buen trabajo. Y tengo buenas noticias para ustedes. Ofreció una recompensa de quinientos dólares, para el que cogiera al hombre que ustedes mataron, la Asociación de Banqueros de Wisconsin. Vivo o muerto, y mi opinión es que se alegrarán de que haya muerto. Estaba convicto de robo en tres Bancos de aquel Estado. Forzó la cárcel hace dos meses y entonces anunciaron la recompensa. El otro, el más joven, no había hecho mucho, excepto, por supuesto, ayudar en lo de esta mañana, pero no le buscaban antes de eso.

Pensé que no deseaba recibir ninguna recompensa por matar a un hombre, pero no podría rechazarla, pues todos los del departamento me señalarían como un caso raro si mostrara un rasgo de generosidad al no aceptarla.

—Paul y Harry se niegan a participar en ella; ya lo discutimos. Dicen que el hombre había ya muerto cuando entraron en la habitación, y que usted y Red debieran repartirse los quinientos.

—Tonterías —repuse—. Paul y Harry los encontraron en el “Carey”. Debieran participar aun cuando no hubieran subido.

El capitán hizo una señal afirmativa con la cabeza.

—Se lo expuse de ese modo, pero no se avinieron a ello. Bien, esas recompensas toman algún tiempo en hacerse efectivas, de modo que ustedes cuatro tendrán mucho tiempo para decidirlo. Podrían discutirlo con Harry y hacer tres partes, pero no creo que consigan que Paul Geissler toque un centavo siquiera, después de su torpe acción al disparar sobre usted. Se siente tan avergonzado de eso, que no creo que ustedes tres reunidos pudieran hacerle quedarse con una parte de esa recompensa sin tumbarlo de un balazo primero.

—Dejémoslo estar, pues, hasta que llegue el dinero.—dije—. Quizá sea más fácil convencerlo entonces.

—Excelente. Vamos al siguiente punto. Sé lo que ocurrió allá, pero necesito su opinión, ya que usted es el único que fue herido, antes de decidir si debiera aplicar algunas medidas disciplinarías a Paul Ceissler. El cree que debo despedirlo. Tuve que disuadirle de quitarse el distintivo y marcharse. Pero lo que hizo no admite excusa, al disparar a ciegas a través de una puerta cerrada cuando sabia que sus compañeros estaban al otro lado de ella. Me inclino a creer que ponerlo de nuevo e simple uniforme por unos cuantos meses seria lo mejor y ello aliviaría su conciencia, además.

Hice un gesto.

—Si su conciencia está en tan mal estado, deje que ella lo castigue; hará el trabajo mejor que usted. No, capitán, Paul es un hombre demasiado bueno para ponerlo de nuevo en uniforme sólo por una equivocación. Cualquiera se puede excitar cuando empieza el tiroteo, pero ha aprendido la lección. Si alguna vez surge de nuevo una situación como esa, preferiría tenerle a él al otro lado de la puerta antes que a ningún otro.

—Está bien, si usted opina de ese modo. Dejaremos que su conciencia lo castigue; usted se ha apuntado un tanto en eso. El quiere venir a verle para disculparse, sin embargo. Ahora hablemos sobre usted.

—¿Qué hay con respecto a mí?

—Frank, esto puede parecer absurdo, pero creo que ha sido mejor que le ocurriera este percance, el ser alcanzado por una bala, en tanto que no fue nada serio. Usted no tenía muy buen aspecto últimamente, y no creo que se haya sentido muy bien tampoco. Quizá en parte sea culpa mía, por tenerlo trabajando duramente. Pero no creo que eso sea todo, aun cuando el resto de ello no es cosa que me incumba.

Calló unos instantes, y añadió:

—Creo que necesita unos días de descanso, que le vendrán muy bien. Usted no tiene las vacaciones hasta fines de otoño, pero estuve pensando, antes de que surgiera esto, en hablarle y sugerir que me dejara adelantar la fecha de sus vacaciones. Ahora no hay problema: el doctor González me dice que usted no debiera volver al trabajo por lo menos en una semana o dos. Así, estará de baja ahora dos semanas por enfermedad, y tendrá sus vacaciones regulares en otoño. ¿Qué le parece esto?

—Excelente —dije.

—Le entregaré por adelantado un cheque por sus dos semanas; de este modo si quiere efectuar un corto viaje podrá hacerlo, Y si desea algún anticipo además de eso, Frank, creo que podré arreglárselo.

—Gracias, capitán —contesté—. Pero eso no será necesario.

Estaba pensando que si Alicia y yo fuéramos a algún sitio donde el hospedaje resultase caro, podría necesitar un poco más de dinero, pero teníamos algo, y además podría conseguirlo con bastante facilidad solicitando un préstamo con documento firmado. El interés sería probablemente más alto que cualquier cantidad que el capitán pensara anticiparme, pero prefería hacerlo de ese modo.

—De todos modos —dijo el capitán—, tómese un buen descanso, Frank. Y si no le importa que se lo sugiera, deje de beber. Usted lo ha estado haciendo con exceso últimamente, ¿verdad?

—Perfectamente, capitán. Me portaré bien —dije simplemente. Y él se fue.

Cerré los ojos y permanecí allí echado procurando determinar a dónde llevaría a Alicia. No es que me opusiera a que ella tomara la decisión final, por supuesto, si escogía algún lugar que estuviera dentro de lo razonable. Pero yo podría también tener preparadas algunas sugerencias. De improviso, Los Angeles me pareció el mejor sitio; no fui allí desde antes de casarnos, y Alicia no había estado nunca. Estaba a la distancia conveniente, poco más de setecientos kilómetros, y, además, la estación lluviosa terminaba ahora y el tiempo seria espléndido. Luego recordé que Los Angeles sería un mal sitio para toda persona que no dispusiera de un coche para pasear, y no sabía aún si estaría bien para conducir. Hasta que no supiera eso no podría hacer muchos proyectos, especialmente teniendo en cuenta que Alicia no sabe conducir. El tener que estar sin coche podría inducirme a elegir un lugar completamente diferente. Tendría que acordarme de preguntar a González cuándo me soltaría.

Pero con coche o sin él, llevar ahora a Alicia a hacer un corto viaje seria lo mejor que podría hacer por ella. Eso pudiera ser algo decisivo y, estando juntos todo el tiempo, durante esas dos semanas, yo podría quizá recuperar algo del terreno que notaba que habla estado perdiendo. El capitán estuvo en lo cierto al decir que yo trabajaba demasiado, pero no eran demasiadas horas para mí, sino para Alicia. La dejaba sola a menudo, y raramente ella bebía mucho, si es que bebía, en mis días libres, cuando estábamos juntos. Ciertamente, el haber recibido esta ligera herida pudiera ser al fin y al cabo una oportunidad para los dos.

La puerta estaba abierta; casualmente vi pasar a González y lo llamé para hablarle sobre la cuestión del coche. El quiso saber si mi automóvil tenía transmisión automática, y cuando le dije que no, que tenía cambios normales, pero que funcionaban fácilmente, indicó:

—Bien, pruébelo. Si no le causa dolor eso no le perjudicará. En realidad usted debiera usar algo ese brazo, pero no hacer esfuerzos para levantar pesos, sin embargo. ¿Proyecta un pequeño viaje?

Cuando le dije lo que estaba pensando, hizo una señal afirmativa con la cabeza.

—Creo que todo irá bien, Ramos. Especialmente cuando esté conduciendo por la carretera; allí apenas tendrá que manejar los cambios y no le causará molestias. Cuando conduzca por la ciudad use muy poco el brazo derecho. Y cuando el coche esté parado, puede largar la mano izquierda y hacer el cambio, Incluso en marcha si sujeta la rueda del volante con la mano derecha. No estoy haciendo conjeturas; una vez conduje durante tres días con un dolor tan agudo en el hombro derecho, pues era un caso de bursitis, que tenía que hacerlo todo con la mano izquierda. Difícil, pero puede hacerse. ¿Quiere que le suban el almuerzo en una bandeja o desea comer abajo?

Le dije que prefería ir abajo.

—Bien, almorzará usted en el comedor particular, conmigo —contestó—. Quiero ver si le causa molestia usar ese brazo para comer. Después de eso probablemente lo enviaré a su casa.

—¿Dónde está el comedor particular?

—Mandaré a alguno para que se lo indique. Por lo general como a las doce y medía; si comemos más tarde de eso será porque surgió un caso urgente. Ahora échese otra vez y descanse hasta entonces.

Me eché de nuevo, pues me había sentado en el borde del diván para hablarle. Un momento después entró Red con mi cheque. Dijo que si quería endosarlo cuidaría de hacerlo efectivo para mí. Pero le respondí que no era necesario y que yo me ocuparía de ello.
 

—Es usted afortunado —comentó—. Me gustaría haber conseguido ese bonito “regalo”. Con dos semanas libres apuesto a que podría convencer a Carolina para casamos ahora, en vez de hacerlo de aquí a un mes.

—Usted no desearía una luna de miel con un brazo dolorido —le dije—. Pero si tiene tanta prisa por casarse, ¿por qué no trata de que el jefe le dé las vacaciones ahora, en vez de más tarde? No hay en este momento muchos agentes de vacaciones, y no necesita retenerlo a usted; por tanto, apuesto a que se alegrarán de hacerlo.

—Es una buena idea —replicó—. Hablaré con el jefe, y si lo aprueba se lo diré a Carolina esta noche.

—Eso es arriesgado —dije—. Si usted lo pide al jefe y luego la muchacha dice que preferiría esperar, queda en una mala situación.

—Ciertamente, pero todavía desearía que me hubiesen alcanzado a mí en el tiroteo. En tal caso, si pudiera convencer al jefe para que me dejara empezar mis vacaciones al término de esas dos semanas de permiso por enfermedad, tendría una luna de miel por todo lo alto. No creo que no supiera arreglarme para gozar de ella, con un brazo dolorido.

Hablamos sobre el dinero de la recompensa y él convino en que, puesto que la otra pareja había hallado a los hombres, debiéramos tratar de convencer por lo menos a Harry para que tomara una parte con nosotros. Pero podía comprender cuánto le había afectado a Paul Geissler el incidente y no creía que, dada su disposición de ánimo, debiéramos hacer nada para que mudase de opinión.

Red explicó que el capitán le había dicho que no se molestara en volver allá hasta después del almuerzo; por lo tanto, disponía de tiempo, y quería saber si me sentía con ánimo para conversar o si debía largarse y dejarme descansar. Le dije que me sentía con ánimos; por lo tanto, se quedó y charlamos por algún tiempo. Hablamos de mis proyectos y de los suyos, y creo que nos sentimos más amigos de lo que nos habíamos sentido nunca. Creo que la perspectiva de casarse había cambiado mucho a Red, para mejor, y que el matrimonio hará todavía más por él.

Cuando se hubo ido, a las doce y unos minutos, me puse a pensar en nuestras relaciones y me dije que, después que hubiera vuelto al trabajo, tendría que arreglar las cosas de suerte que Alicia y yo pudiéramos ser amigos de Red y Carolina. Aun cuando Alicia no se moderase en la bebida, y aunque yo tuviera que explicar alguna vez por qué no acudíamos a una cita con ellos. Red no se sorprendería, y probablemente tampoco Carolina. Mejor era eso que proseguir con el modo de vida que llevaba, lo cual estaba haciendo de mí un ermitaño e impedía que Alicia y yo tuviéramos los amigos convenientes.

Surgió en efecto un caso urgente y era más de la una cuando González envió a un ayudante para que me llevara al comedor particular. A la sazón yo tenía mucha hambre y usar el brazo para comer me causó escasa molestia. Me dolía, pero eran unas punzadas constantes que sentía también cuando no usaba el brazo. Al terminar de comer, González me dijo que la cosa iba bien y que podía irme a casa.

Recorrí las dos manzanas que había hasta el Banco, hice efectivo el cheque y saqué cien dólares más de nuestra cuenta; puesto que podría conducir, eso sería bastante, si Alicia elegía Los Angeles, y hasta podíamos partir esa misma tarde si ella quisiera y estuviese lista entonces; eso sería mejor que partir por la mañana, pues podríamos atravesar el páramo de noche y evitar el calor.

Vacilé un momento, preguntándome si debiera telefonear a Alicia para que lo pensara por lo menos, y decidiese en seguida. Pero tendría que explicarle cómo me hirieron, y eso la angustiaría. Si ella me viera mientras se lo contaba, podría comprender que estaba perfectamente y que no era nada por lo cual tuviera que preocuparse.

Puesto que el paseo hasta el Banco no me había causado ninguna molestia, me dije que no había necesidad de coger un taxi para ir a casa; podía ir en autobús y ahorrarme un dólar.

Ya en casa, abrí la puerta y grité:

—¡Alicia!

Y cuando ninguna voz, ningún ruido, vino a quebrar el silencio, comprendí, aun antes de que viera el papel escrito, que ella se había marchado y que no la volvería a ver más. Y me daba cuenta de que, en lo más hondo de mi ser, había sabido eso desde que oí pronunciar el nombre de “Clyde” por el teléfono y que sólo me había estado engañando a mí mismo, fingiendo para mí mismo, tratando de tenerla conmigo sólo un poquito más, dejando que una parte de mi ser dijera a la otra que todo iba perfectamente.

Leí la nota y luego pasé a la cocina para ver si había algún licor. Sí, lo había. Por lo menos me había dejado eso.
 
 
 
 

CAPÍTULO XV - JOHN MEDLEY
 
 

Era realmente una tarde hermosa, posiblemente la más espléndida del año. La temperatura estaba muy por debajo de los treinta grados, y con la poca humedad de Tucson, aun aquel calor resulta agradable, a menos que uno pase demasiado tiempo en contacto con el sol. Dentro de mi casa la temperatura había llegado sólo a veinticinco grados y no había tenido que poner el ventilador. El cielo era claro y azul; soplaba sólo una ligera brisa. Raramente, aun aquí, halla uno un día tan perfecto.

Pasé la tarde fuera de la casa, regando el césped. Uso un rociador que va al extremo de la manguera y que se fija en el suelo con una aguda punta. Hay que ponerlo en un nuevo sitio cada quince o veinte minutos. Muchas veces he pensado en instalar un sistema de riego más eficaz. Pero es justamente una de las cosas que uno no parece estar muy dispuesto a hacer, y debiera haberme ocupado de ello ya cuando compré la casa. Casi no había hierba entonces, y ahora que tengo un césped bastante bueno, me disgusta la idea de dejar que los obreros caven zanjas en él para colocar la cañería. Uno debiera pensar con anticipación en esas cosas, pero muy raramente se hace así.

El riego me llevó bastante tiempo, hasta casi el anochecer, pero esperé a terminar antes de prepararme la cena. Cuando, después, salí un momento fuera, pude ver que los invitados de las Armstrong estaban ya allí. El coche de Red Cahan estaba parado frente a la casa, con otros dos coches más.

Por un momento sentí haber rechazado aquella misma mañana la invitación de la señora Armstrong para unirme a la tertulia. Pero no me habría adaptado. Todos ellos son jóvenes; hasta la señora Armstrong es joven de espíritu. Y yo no lo soy. No es que me importe lo más mínimo. Justamente lo contrarío, en verdad. Me complace que envejezca; cada año que pasa significa un año menos que tengo que soportar. Además, no me conviene acercarme demasiado a esa gente, por mucho que me agraden. No me conviene comprometerme con ellos.

Entré de nuevo, pensé poner algún disco en el fonógrafo y resolví no hacerlo; me puse cómodo en mi sillón favorito y busqué mi página en el libro que había estado leyendo. Una novela corriente, pero que me habían recomendado, y justamente, como superior a la mayor parte de ellas. La acción se situaba en Italia, a fines del siglo quince y, por feliz coincidencia, uno de los personajes era una figura que siempre me ha fascinado, el gran Savonarola. Un hombre que se adelantó mucho a su época.

Estuve leyendo quizás durante media hora, cuando llamaron a la puerta. No esperaba a nadie; por lo tanto, supuse que sería una de las Armstrong o acaso Red Cahan, y que vendrían para pedirme prestado algo o para hacer un segundo esfuerzo y persuadirme a que me uniera a ellos. Mientras me dirigía a la puerta me preguntaba si, en este último caso, debiera aceptar. Quizá sí, pensaba, si no permanecía allí más de una hora.

Pero cuando abrí la puerta vi que me había equivocado. El hombre que estaba afuera era mejicano y al principio creí que no lo conocía. Luego lo identifiqué: era Frank Ramos, el compañero de Cahan. Un agente. ¿Vendría a verme como policía?

—Buenas noches, señor Medley. ¿Me recuerda?

—Por supuesto —contesté—. ¿No quiere usted entrar, señor Ramos?

Entró, adelantándose a mi, para que yo pudiera cerrar la puerta tras él. Cuando me volví y pude verlo a plena luz, noté que su rostro parecía diferente, de algún modo. Había algo en él que me recordaba la expresión de aquel pobre muchacho, Kurt Stiffler, cuando estuvo aquí, en esta misma habitación, hace esta noche ocho días. Pero no, el rostro de Ramos no parecía tan desolado ni tan vacío como eso, aunque no era el rostro de un hombre feliz. Y... ¿me lo imaginaba o había estado bebiendo? Mientras permanecía allí de pie, parecía oscilar de un modo apenas perceptible.

—¿Quiere usted sentarse? —le pregunté.

Me dio las gracias y se sentó, en el mismo sillón en que se había sentado Kurt. No había ninguna coincidencia en eso, por supuesto; aparte de mi sillón, en el que había dejado el libro abierto, era el único asiento cómodo de la habitación. Los otros eran simples sillas.

Ocupé de nuevo mi asiento y puse a mi lado el libro. Luego le pregunté qué deseaba de mí.

Vaciló un momento antes de responder, como si estuviera escogiendo las palabras, decidiendo cómo debiera empezar. Luego dijo:

—Si a usted no le importa, quisiera hablarle un rato, no como policía. En verdad, usted puede hacer que me quiten el empleo, si lo desea, simplemente diciendo al capitán Pettijhon que vine aquí. Me prohibieron que hablara con usted.

—Comprendo —dije, aun cuando no lo comprendía—. ¿Puedo preguntarle, señor Ramos, si se siente usted bien? Parece estar un poco cansado.

Sonrió, pero no era una sonrisa muy franca.

—Me temo que lo esté. Tuve un día terrible: maté a un hombre, recibí un balazo y mi esposa me abandonó.

—¿Dice usted que recibió un balazo? —Terribles como eran las dos otras cosas recogí esa porque, de ser cierto, él no debería estar dando vueltas por ahí, sino en un hospital—. ¿Quiere usted decir que fue herido?

Hizo un gesto con la mano derecha.

—Sólo una herida superficial, arriba en el brazo. Me recuperé de ella mucho más pronto que de las otras cosas.

—Me alegro de que no fuera nada serio —dije—. Y siento saber lo demás. ¿El hombre al que usted mató es el que lo hirió?

—No, no ocurrió así. Fui herido por casualidad. Pero el hombre al cual maté..., pero justamente se me ocurre que no sé cuál era su nombre; no lo pregunté. Lo maté hace casi doce horas y todavía no sé cómo se llamaba.

—Un nombre no importa —dije—. Pero usted se interrumpió. Usted estaba diciendo que el hombre al cual maté...

—Tenía una pistola apuntada hacia mi —dijo él—. Por eso el hecho de que yo lo matara no debiera preocuparme. Pero me preocupa. Me recobraré de ello, pero me preocupa. Aunque no tanto como perder a mi esposa.

—Quizá ella se dé cuenta de que cometió una equivocación y vuelva a su lado.

—No —dijo él—. Si sólo hubiera huido de mí, sí. Pero se fugó con otro hombre. Aun cuando rompiera con él nunca volvería, pues sabe que yo sé eso.

—¿La quería usted mucho?

—Sí —dijo él, y porque lo dijo tan sencillamente, comprendí que era cierto.

Luego sonrió de nuevo.

—Pero no vine para descargar mis penas sobre usted, señor Medley. Ni para pedirle que me ayude a salir de ellas como ayudé a Kurt. Me recobraré de mi dolor y volveré a estar bien. Quizá usted tuviera razón al suponer que Kurt no se recobraría.

“¿Lo sabe, o está andando a tientas?”, me pregunté.

—¿Usted realmente cree que maté a ese muchacho?—dije.

—Sí —contestó él—. No espero que usted lo reconozca. No vine aquí para sacarle una confesión. Y aun cuando usted resolviera hablar sin reserva, su palabra prevalecería sobre la mía si más tarde cambiara su historia. Esta es una conversación privada y personal. Sin embargo, lo comprenderé, si usted no me cree en eso.

—Le creo a usted —le dije—. Pero tengo curiosidad por saber por qué.. — Pero, espere, ¿puedo ofrecerle un vaso de vino? ¿O ha estado usted...?

—¿Si he estado bebiendo? No en las últimas horas. Descorché una botella esta tarde, pero vi que ello no me iba a aliviar, y por tanto lo dejé. He estado paseando la mayor parte del tiempo desde entonces, y se me ha disipado. Sí, tomaré un vaso de vino; es decir, si usted también lo toma; no voy a beber solo.

—Por supuesto. ¿Prefiere vino seco o dulce? Hice nueva provisión hoy y tengo de los dos.

Dijo que lo preferiría seco, por lo que pasé a la cocina, abrí una botella de Borgoña, y me llevé la botella y dos vasos. Puse una mesita entre nuestros sillones y eché el vino delante de él para que pudiera ver que no estaba añadiendo nada al suyo.

Luego me senté de nuevo y, cuando cogimos nuestros vasos, levanté el mío.

—Para que se recupere de su herida. De todas sus heridas.

El tocó mí vaso con el suyo.

—Y para que usted se recupere de las suyas.

¿Sabe algo respecto a... Dierdre? ¿Me ha seguido la pista hasta aquí; habrá tenido noticia del accidente y adivinado la verdad? No, no puede haber llegado a eso; está haciendo conjeturas. Todos los hombres tenemos heridas.

—Señor Ramos —dije—, ¿quiere decirme exactamente por qué vino usted aquí esta noche? Sospecha que yo haya cometido un asesinato; no obstante, dice..., y le creo, que su visita no es oficial. Si yo hubiera matado a ese muchacho, usted difícilmente habría esperado a que lo confesara buenamente, ¿no es verdad? ¿Por qué vino usted aquí, entonces?

Tomó un sorbo de vino, con aire pensativo, como si estuviera considerando seriamente su respuesta. Luego dejó el vaso.

—Me marcho esta noche. Puede que no vuelva; eso es algo que he de resolver, el lugar a donde vaya. Pero tengo que considerar cuidadosamente muchas otras cosas y no deseo tenerle a usted en mi pensamiento. Simplemente quiero saber si tengo razón o no en mi suposición sobre usted, o si el jefe y Red están en lo cierto al creer que yo estoy loco...

—Cuando usted cree que soy yo quien está loco.

—Olvide que usé esa palabra. No tiene ninguna significación. Creo que usted mató a Kurt Stiffler... y probablemente a otros.., por piedad. Por el mismo motivo usted mató al perro envenenado. Creo que usted nos contó el caso del perro con tales detalles porque era lo único que nos podía contar sin peligro. Pienso que le haría a usted mucho menos desdichado si pudiera contar las otras cosas.

—Continúe —dije. No podía decir a este hombre la verdad, pero tampoco, de repente, podía mentirle. Ni deseaba hacerlo.

—No, no creo que usted me lo confiese, y por otro lado espero que no lo haga. Ello me pondría en una mala situación. —Tomó otro sorbo de vino, y prosiguió—: Estoy tratando de comprender. Señor Medley, ¿cree usted en Dios?

—Por supuesto.

—¿Haría a usted cualquier cosa que El le ordenara hacer, con palabras o con signos?

—¿No lo haría toda persona que creyera en El?

Suspiré profundamente. Tomó otro sorbo y vio que el vaso se había vaciado. Cogí la botella con un gesto de invitación para que acercara el vaso. Vacilaba.

—Me pregunto —dijo— si podría tomar un vaso del vino dulce que usted dijo que también tenía. Este es bueno, pero me gustaría tomar un poco del otro.

—Por supuesto —repuse.

Me dirigí a la cocina y allí abrí una botella de vino de Tokay, lo traje de vuelta y llené su vaso.

—Gracias —dijo—. ¿Le importa que continúe haciendo consideraciones en voz alta?

—De ningún modo —le dije—. Usted es un hombre muy extraño, Frank Ramos.

Sonrió, y su sonrisa era más natural. Estaba olvidando sus propias penas por el momento.

—Soy un hombre muy reflexivo —contestó—. Pero me estoy preguntando por qué un hombre podría creer que Dios quiere servirse de él como un instrumento de piedad. Pienso que pudiera ser porque él necesita imperiosamente esa clase de piedad para sí mismo; quisiera morir, pero por algún motivo no puede. Espera que lo descubran, además. ¿Por qué dejó usted el cuerpo de Kurt en el patio de su propia casa, cuando fácilmente lo podría haber llevado a cualquier otra parte? Sólo si usted... o por lo menos su subconsciente.., deseara que la policía fuese guiada hacia usted, esta vez.

Este es un hombre hábil. Casi empiezo a temerle. A él y a mí mismo. Mi espíritu necesita tanto desahogarse, la confesión sería un alivio tan grande... Sin embargo, tiene razón en eso también; no puedo. No puedo, porque de este modo pondría término a mis servicios para Dios antes de que él me haya manifestado que está dispuesto a que lo haga. No daré ninguna respuesta.

Los ojos de Frank Ramos me asustan, porque me miran benévolamente.

—Pero las cosas empiezan en alguna parte. Señor Medley, ¿maté usted alguna vez a alguien, no por piedad, ni por una orden de Dios? ¿Quizá a alguien a quien usted quisiera mucho?

¡Fue por piedad! Fue porque la quería..., no porque no pudiera soportar el verla de aquel modo y oír el clamor de sus gritos. Fue por piedad, aun cuando Dios no me lo había ordenado, aun cuando entonces yo era un ateo. Fue piedad, se lo digo.

¿Había dicho eso en voz alta? No, sólo fue en mi mente. Pues mis manos estaban tapando mi rostro, ocultando mis ojos, porque no quería que él viera en ellos la tortura que sufría.

No podía aguantar más.

Bajé las manos y dije:

—No deseo hablar más esta noche, señor Ramos. Usted me perdonará si parezco desatento, pero debo pedirle que se vaya.

Se fue muy dócilmente.

Ahora recorro la habitación pensando. ¿Por qué no me confieso a mí mismo y a Dios que maté a Dierdre por otro motivo, y no por piedad? Si la piedad hubiera sido la causa, ¿por qué debiera yo necesitar disculpa? Y si reconozco finalmente la plenitud de mi culpa, ¿no podría Dios perdonarla enteramente, y extender su misericordia también a mi?

Rezo mejor arrodillado junto a la cama, por tanto entro en el dormitorio y enciendo la lámpara de la mesilla de noche. Allí, junto a ella, hay una o dos docenas de cápsulas verdes. Sé lo que son, porque son de las que llevé a aquel pobre hombre aquejado de tuberculosis del estómago.

Y una paz profunda entra en mi corazón, porque ésta es la señal que he esperado. Sí, Ramos las puso allí cuando dio la excusa de querer un vino diferente y me hizo ir a la cocina, pero Dios le hizo dejarlas. Dios lo habría detenido si El no hubiera sabido lo que iba a ocurrir: que esta noche yo vería y reconocería ante El la plenitud de mi culpa. Estoy perdonado, y Dios me llama.

Rezaré y le daré las gracias; pero habrá tiempo de hacerlo después de que haya tomado las cápsulas. Necesitaré un vaso de agua.
 
 
 
 

CAPÍTULO XVI - WALTER PETTIJOHN
 
 

Frank Ramos asomó la cabeza dentro de mi despacho y preguntó:

—¿Atareado, capitán?

—Entre, Ramos —dije—. Siéntese. Ha vuelto un día antes, ¿eh?

—Sí. Tenía que atender un asunto personal y quería ocuparme de el antes de empezar el trabajo aquí. ¿Cómo está todo?

—Tranquilo. Usted tiene muy buen aspecto, Frank.

 En efecto; tenía mejor aspecto del que yo le había visto en mucho tiempo. Y parecía ser más feliz.

—Me siento muy bien —dijo—. Quizá debiera recibir balazos con más frecuencia.

Eso me recordó su herida.

—¿Cómo está el brazo? ¿Seguro de que está preparado para empezar a trabajar de nuevo?

—El brazo está bien —dijo él, y lo flexionó—. Una ligera punzada a veces, pero se ha curado completamente. Sí, estoy preparado.

—¿A dónde fue?

—Fui en coche a Méjico, hasta Torin.

Le pregunté dónde era eso y dijo que estaba un poco más allá de Guaymas.

—En la costa, pues —observé—. ¿Fue a pescar?

—Entre otras cosas. Los primeros días sólo tomé el sol en la playa y descansé.

—¿Es mejor que Guaymas?

—Mucho más pequeño y más tranquilo. Me gusta, pero a usted probablemente no le agradaría. Uno puede desenvolverse bien en Guaymas sin hablar español, pero pudiera encontrarse con dificultades en Torin. ¿Cómo está Red?

—En su luna de miel. Quería tener sus vacaciones cuanto antes y se las concedí. Se casó unos días después de que usted se fuera. Estará de vuelta el lunes.

—Usted va a mantenernos juntos, ¿verdad, mi capitán?

—Sin duda alguna. Pero hasta el próximo lunes puede usted trabajar con Carl Davis. Jerry está enfermo, con gripe, y debiera volver entonces. Frank, los muchachos están reuniendo dinero para comprar un regalo a Red; ocurrió demasiado de repente para que lo adquiriéramos antes de su partida. ¿Quiere participar?

—Creo que debiera hacer más que eso y comprarle uno por mi cuenta —dijo él—. Al fin y al cabo, es mi compañero.

—Buena idea. Oiga, Frank, cuando estaba allá no habrá visto los periódicos de Tucson, ¿verdad?

—No. Me mantuve aislado. ¿Por qué?

—Ocurrió una cosa extraña. John Medley se suicidó. Tomó cápsulas calmantes.

—¡Caramba! —dijo Frank—. ¿Cuándo ocurrió?

—Probablemente el día en que usted se marchó, por la noche. Sin embargo, su cuerpo fue hallado al cabo de tres días. La suegra de Red, que vive en la casa contigua, se inquietó, pues hacía mucho que no le había visto por allí y su coche permanecía en el garaje; Red fue allá, se asomó a la ventana y le vio. Estaba sobre la cama, pero completamente vestido. Sabe, Frank, me hice algunas reflexiones y me pregunto si usted pudo tener razón con respecto a él. Me refiero a su suposición de que Medley hubiera matado a Stiffler... y acaso a otros. Pudo haber sido un psicópata. No creía que lo fuera, pero nunca se sabe...

—Llegué a creer que me había equivocado —dijo Frank—. Pero realmente parece extraño que se quitara la vida. ¿Dejó una nota?

—No. Hubo que efectuar una investigación, por supuesto. Examinamos sus bártulos, todos sus papeles; pero no encontramos nada, excepto que nos enteramos de una cosa un poco extraña. Estuvo casado. Su esposa había muerto hacia siete años en un accidente de automóvil, no mucho antes de que él se trasladara aquí.

—Es raro, pero supongo que tuvo que tener algún motivo para decirnos que nunca se había casado.

—Lo admito —repuse—. Otra cosa. Pudo haber sido sólo una coincidencia, pero las pastillas que tomó eran de dormisona y no son muy corrientes. ¿Se acuerda usted del caso Winkelman? ¿De la mujer que creímos cómplice del suicida porque llevó a su esposo, cuando estaba en el hospital, unas cápsulas de calmantes? Eran de dormisona también. Si Medley era un psicópata, un asesino por compasión, eso es justamente lo que haría.

—Medley pudo haber tenido otros cien motivos diferentes para quitarse la vida, capitán.

—Ciertamente —contesté—. Pero hubiera preferido que dejara una nota. Si lo hubiese hecho, podríamos quizá borrar unos cuantos casos de nuestros libros.

—Lancé un suspiro, y añadí—: Bien, al menos no matará a nadie más.

—No —dijo Frank—. Creo que ya no lo hará.
 
 


FIN


 *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *    *
 
 

  Para hacerme llegar tus comentarios, sugerencias o si
 deseas colaborar con Liter@net por favor, envía un E-mail

e-mail
 

LITER@NET